| PROHIBICIÓN.
Justicia y ley sobre tabaco y alcohol
Alexander Sánchez G.
Pocas veces opino sobre asuntos que conciernen directamente en nuestro quehacer político y social. Esta vez, me impulsa la inquietud generada en torno a la ley contra el consumo en lugares públicos de tabaco o más directamente, de cigarrillos.
No voto en contra de la ley... hasta cierto punto, le doy la bienvenida.
Me lleva a meditar un poco, la incertidumbre a que parece llevarnos esta nueva ley que incursiona en la represión de una droga que desde los tiempos precolombinos ha estado presente en la vida de las poblaciones americanas y, por tanto, de los panameños.
Antiguamente, el tabaco era consumido en estado natural y, según los antropólogos, era utilizado en rituales. Es decir, que el tabaco ha formado parte de la espiritualidad de nuestros pueblos desde antaño. No así otras drogas igualmente peligrosas por cuanto afectan con igual o peor virulencia y que fueran introducidas durante la conquista y colonización de América: el alcohol, ligado íntimamente (también), a la espiritualidad hispanoamericana.
Por un lado, se enfrentan el factor amerindio y, por otro, el factor latino-cristiano. Sabemos que el alcohol, a través del vino, es la droga sacramental del cristianismo de igual modo que el tabaco lo ha sido de los amerindios y, posteriormente de los afro-caribeños. Subyacen aquí, entonces, elementos sociológicos interesantes, para estudios más sesudos y mejor documentados.
Sabemos que hasta un 30% de todas las cardiopatías coronarias, el 60% - 90% de los casos de enfermedad pulmonar obstructiva crónica y un 30% aproximado de todas las muertes por cáncer son generadas por el consumo de tabaco. Hay documentación estadística más profunda sobre el asunto. Pero ¿qué decimos del alcohol?
¿Hay, acaso, que apelar a las estadísticas de los diarios de nuestras ciudades latinoamericanas, para comprender la magnitud de los efectos ocasionados por el consumo del alcohol? Igual y equitativamente a la reglamentación del consumo de cigarrillo habría que crear una ley que regule y reglamente el consumo de esta otra droga social, tan común y más mortífera incluso que otras drogas ya reprimidas y combatidas.
Pero, qué puede hacer el Estado ante este problema, cuando se sabe que los alarmantes niveles de corruptibilidad harán permeables los esfuerzos por combatir desde su raíz el problema de consumo de cualquier droga, porque la peor de todas ya ha echado raíces profundas en nuestras sociedades. La indolencia de nuestros gobernantes y la carrera desenfrenada en pos de la desinformación de las masas incluso desde las políticas educativas y jurídicas, mermará todo esfuerzo por hacer equitativa la aplicación de cuantas leyes surjan en este sentido.
Sabemos también que la represión de los que no paguen la consabida coima a la hora de la represión, agravará más el problema de credibilidad y sumergirá aún más a las masas en la indiferencia.
Igual de caras a la ciudadanía son las muertes por cáncer y otras cardiopatías, que aquellas muertes culpables e inocentes, ocasionadas por los accidentes de tránsito y reyertas entre borrachos. De igual modo que encarecerán el precio del cigarrillo, deben encarecer el costo del alcohol. Del mismo modo que buscan erradicar la venta al menudeo de los cigarrillos, deben prohibir la venta de cervezas frías y otros licores en restaurantes y bodegas. Del mismo modo que incomoda el humo del cigarrillo a los no fumadores, afecta el aliento y el comportamiento de los ebrios a los no consumidores de alcohol. Pero más importante aún... del mismo modo en que sumergen al delincuente en las inmundas e inhumanas cárceles del sistema penitenciario, deben caer bajo el peso de estas mismas leyes los que las escriben, cuando incumplan el mandato de los electores. La justicia no debe discriminar entre un delincuente y otro.
El autor es poeta
Además en opinión
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