| PROCESO.
Audiencias y política
Carlos Iván Zúñiga Guardia
En una época de mi vida profesional me dediqué a las defensas penales. El Tribunal Superior con sede en David era mi principal escenario. Mis alegatos los preparaba con especial esmero. Las audiencias eran transmitidas por la radio de modo que la sociedad se constituía en una sala de jurados ad-hoc.
En la defensa penal existe una entrega tan apasionada que las partes se convierten en inspirados gladiadores de la palabra. Y como ocurre en la lucha de los gladiadores la audiencia suele convertirse en un campo de batalla. Nadie se incorpora a una batalla si no organiza con tácticas adecuadas su participación.
Antes de la audiencia, ya logrado el dominio del expediente hasta en sus mínimos detalles, el defensor planifica sus intervenciones. Identifica los puntos débiles y fuertes del caso. Sabe de antemano que si el fiscal superior es eficiente dirigirá sus ataques contra los flancos débiles de la defensa. Producida la primera intervención de la vindicta pública queda definido el campo de batalla, sobre todo porque el objetivo de la primera intervención fiscal es impresionar al jurado con argumentos contundentes que gravitarán en el ambiente judicial a lo largo de la audiencia. La defensa, a su vez, toma posesión de sus bastiones favorables y allí, sólo allí, desarrolla todo el caudal de sus argumentos. La defensa no puede caer en el error de rebatir de entrada los planteamientos relativos a los puntos débiles, debe contraatacar fundado en sus tesis vigorosas y convincentes hasta llegar al límite en que el fiscal superior se sienta herido en su amor propio de profesional del derecho. Para lograrlo la defensa debe hacer uso prudente de la ironía, sin caer en el irrespeto, con el fin de restar validez doctrinal al discurso acusador. Nada irrita más a un fiscal que en su propio patio traten con desdén sus argumentos.
Si la defensa logra llevar al fiscal a las trincheras donde se estima invencible, si logra que el fiscal abandone el ataque a los puntos débiles y se enfrasque en un cuerpo a cuerpo verbal en las posiciones fuertes de la defensa, entonces y sólo entonces la posible victoria del defensor comienza a sazonarse en el ánimo del jurado.
Esta técnica en las defensas penales, según mi experiencia, es semejante a la utilizada en las buenas luchas políticas. Todo se reduce a conocer al adversario hasta en sus mañas. Baltasar Garzón lo indica en su obra Un mundo sin miedo. Para combatir al adversario, dice, "existe una primera norma básica: conocer a tu enemigo, si no sabes a lo que te enfrentas, mal puedes combatirlo...".
En política como en las defensas penales es necesario conocer todos los rostros y rastros del contrario. Se debe penetrar en el conocimiento de su fortaleza, de su organización, de su régimen interno, de su financiamiento, de sus lagunas y de sus columnas fuertes. Si el adversario político responde a una estructura partidaria moderna no se le puede combatir si las estructuras propias son arcaicas. El primer objetivo, por tanto, es lograr una organización moderna.
En el diario bregar de la confrontación se debe golpear al contrario en sus ángulos débiles y montar allí todo el escenario del conflicto. Es lo que viene haciendo el PRD airosamente. No abandona, desde el 1° de septiembre de 2004, su bombardeo sistemático a los bastiones frágiles de la oposición. Tiene el PRD la ventaja de actuar sobre seguro porque la contraparte por seguir la táctica del "pecho en tierra" abandonó de hecho la sala del gran debate nacional, la sala de jurados.
En las audiencias penales cada parte tiene derecho a presentar dos alegatos. En el campo político se podría afirmar que el primer alegato ha sido exitoso para el PRD como queda dicho. Es posible que algunas voces aisladas opositoras han ensayado algunos contraataques puramente coyunturales. Pero la ofensiva sistemática, orgánica, estratégica y nacional aún se encuentra en el tintero.
Es obvio que ha llegado la hora del gran debate político. El segundo alegato de la oposición debe darse en las trincheras donde es débil el adversario por sus errores de ayer y por sus omisiones de hoy. El primer alegato, como es del conocimiento público, se renunció atendiendo a la irresponsable filosofía escapista del avestruz. El pueblo opositor reclama con enojo un cuerpo a cuerpo dialéctico y el nuevo abanderado sería el gladiador que coloque sus dardos polémicos con mayor coraje, autoridad moral y lucidez.
Superado el rencor y la etapa del "diente por diente" propio del segundo alegato, una vez lograda la equiparación sicológica de las fuerzas, las partes tendrán que actuar en una nueva sala de jurados, más enterada de todos los males, de unos y de otros y donde los temas controvertidos estarán más cerca de los intereses superiores del Estado que de las miserias partidaristas. De la calidad e intensidad de las luchas y de la dignificación de la política, de los partidos y de los políticos dependerá el veredicto del 2009.
El autor es ex rector de la Universidad de Panamá
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