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Panamá, domingo 29 de mayo de 2005
 
 
ACTUALIDAD
RECUERDOS DE NUEVA ORLEANS
 
Una ciudad que representa tanto, no solo para sus habitantes, merece un homenaje con nuestros mejores recuerdos. 
 
ESTHER M. ARJONA 
earjona@prensa.com 
 

Mi primera noche en Nueva Orleans fue de fiesta. Esto no es extraño y mucho menos tratándose de una convención turística.

El hotel que hace esquina en Canal y Bourbon tenía un estratégico balcón con vista a la calle más famosa de la ciudad y muchos collares que lanzar.

Pensé en el privilegio que había tenido en ese momento. La gente se agolpó en la calle a la caída del primer collar. De repente, en ese mar de desconocidos que se peleaba aquellos hilos con cuentitas brillantes, yo era la protagonista principal. Me imaginé también lo difícil que es encontrar un balcón estratégico en Las Tablas.

Mientras, en Nueva Orleans, a pesar de que faltaba un par de meses para los carnavales, solo se necesitaba el cisterna.

Las noches en Bourbon son interminables. Corrijo, los días en Bourbon son interminables. Caminas en línea recta y tienes la sensación de estar moviendo el dial de la radio. En un momento escuchas rock, cambias a blues, de repente un merengue, más adelante el local zydeco, un jazz, cambias a blues nuevamente y así vamos.

Las notas enlatadas de un disco compacto comparten escena con músicos en vivo que de día tocan en las calles por unas monedas y de noche forman parte de la banda de uno de tantos bares.

Pasarla bien no representaba problema para aquellos espíritus en busca de una eterna parranda. Ni siquiera los rayos del sol ni la lluvia logran detener a los que van en pos de la diversión.

Pero mis recuerdos de Nueva Orleans no se limitan a una sola calle.

French Quarter

Tuve la dicha de recorrer su barrio francés en diferentes ocasiones: una tarde nublada en la que una guía hablantina nos mostró las edificaciones más antiguas, el porqué de los nombres de sus calles, Jackson Square con su imponente iglesia, el museo de cera, y nos habló de historia, de piratas, de españoles, de franceses, del Mississippi, en fin, de su gran tradición.

Después haría el recorrido sola para degustar por mi cuenta los hermosos balcones, las tiendas de antigüedades, las clases de cocina, los amuletos vudú, los músicos callejeros, los malabaristas y los bohemios.

Qué bueno es contar con el suficiente tiempo para caminar por la ribera del Mississippi. Primero un café au lait, unos beignets, unas vueltas por el mercado donde las legumbres se confunden con artesanías y souvenirs.

A lo lejos se escucha una tonada. Me pregunto de qué tamaño será el organillo que la produce pues llena un largo trecho. Proviene de un barco de vapor que anuncia su salida. El sur es hermoso.

El paseo termina cerca de las vías del tren en otro lugar hermoso. El acuario.

Entre grupos escolares recorro las salas donde habitan peces, reptiles, anfibios y ¡qué hermoso! unos pingüinos que no se inmutan ante la mirada de los extraños.

Más allá

Otro soleado día decidí ser turista y enrolarme en una gira en autobús. Una de las primeras paradas que hacemos es en un cementerio.

Mausoleos, estatuas, vírgenes, ángeles y cruces llenan la vista. El lugar es tranquilo y silencioso (como cualquier cementerio) pero no en cualquiera los dolientes despiden al difunto con una banda de jazz.

La arquitectura es fascinante, desde lo colonial hasta lo moderno, modestas residencias, grandes mansiones, un hermoso parque, y al final un inmenso lago de aguas azules, el Pontchartrain.

Interesante también una visita por el Garden District y el Warehouse Arts District. Encantadoras galerías, restaurantes chic. Lo cierto es que la oferta resultó muy variada.

Música

¿Imaginan un desayuno con un coro de gospel? Delicioso, al igual que un almuerzo con un ensemble de jazz contemporáneo. A media tarde, una banda de las que acompañan los funerales en los cementerios, y para después de la cena, una visita al Preservation Hall of Jazz.

El lugar es pequeño y modesto. No es la idea la de grandes lujos. Allí se presenta el jazz tal cual en sus inicios. Las paredes son oscuras, las luces precarias, las sillas disponibles alcanzan para tal vez las primeras 20 personas. Los demás escuchamos de pie. Pero no hay queja ya que la música es fenomenal.

El sexteto explica brevemente la pieza siguiente. Las interpretaciones son seguidas por un público que hace cola en la entrada. Y si de peticiones se trata, hay que ser muy claro. Así lo establece el cartel que cuelga de la pared: Peticiones tradicionales, 2.00; otras, 5.00; The Saints 10.00.

Esa noche no escuché el conocido himno.

Cuestión de fe

Un panameño residente en Nueva Orleans me llevó a tomar un café. El lugar quedaba en la calle Rampart. Su nombre, VooBrew Se ubca justo al lado del templo espiritual Voodoo. El lugar está decorado con piezas de arte africano, arte local, altares religiosos y muñecas vudú. El cappuccino estuvo delicioso y la conversación interesantísima. Allí conocí a Bonnie Harrison y a Cornelius Washington, anfitriones y practicantes de la fe Vodum (de donde nace el término vudú).

Para ellos el vudú es mucho más que una tradición convertida en producto comercial. Se trata de un estilo de vida en el que se involucran las fuerzas cósmicas de la vida en un sentido totalmente positivo. Espero que ellos se encuentren bien.

Quedan tantas cosas por decir de Nueva Orleans y tan poco espacio, no me he referido a sus pantanos, a la exuberante vida animal que le rodea, a las hermosas mansiones sureñas que permanecen en pie desde los tiempos de las plantaciones de caña y algodón. En una de ellas tuve el placer de conversar sobre música con una simpática guía-cantante.

Corrí por las calles de Nueva Orleans en una madrugada lluviosa, disfruté de una deliciosa cena en un restaurante con especialidades créole; bailé en una divertida fiesta de disfraces al estilo Mardi Gras; sacié mi hambre con un inolvidable gumbo; sentí la fuerza de sus huracanes (los de Pat O’ Brien) y la calidez de la hospitalidad sureña.

Supongo que ustedes, que tuvieron la dicha de conocer esta hermosa ciudad, y sobre todos quienes por razones de estudio o trabajo vivieron en ella, tendrán al igual que yo una buena cantidad de recuerdos que ojalá perduren hasta el día en que nuevamente podamos visitar Nueva Orleans.

Nueva Orleans para mí es...

La ciudad que me vio convertirme en adulta, que compartió conmigo largas noches de estudio y desvelos, me regaló valiosas amistades y momentos inolvidables.

La ciudad que me prestó tres años para vivir, para conocer a su gente, para aprender a entender su enredado acento “sureño afrancesado”, para disfrutarla con intensidad y atesorarla cada día un poquito más.

La ciudad que me invitó a compartir noches de fiesta, tardes de meditación, amaneceres en la playa y atardeceres en el lago. Que me invitó a conocerla a fondo sin pedir nada a cambio; a conocer sus lagos, parques, pantanos, avenidas, calles y recovecos. La ciudad donde me perdí y volví a encontrar mi camino. La ciudad que me ofreció disfrutar de su costa y de su cocina, de su gente y su cultura.

Con ella viví y sufrí dos huracanes. No los de Pat O’ Brians –esos sí los disfruté– estos se llamaban “Iván” e “Isidoro”. Con “Iván” la tuve que dejar, por miedo, por seguridad. Para el segundo, compartimos una noche sin electricidad, de vientos y emociones fuertes, llena de adrenalina.

Con “mi” ciudad compartí además de muy buenas fiestas, un Mardi Gras, dos Halloween, varias parrandas y picantes jambalayas. Allá me gradué en el 2004 y ese mismo año la abandoné.

Le saqué el jugo a Nueva Orleans, ciudad donde sueño algún día regresar.

Patricia Aramburú
Loyola University New Orleans, ‘04

Qué aprendí

Aprendí que no solo en Panamá hay “ñapa”. Allá es lagniappe. Comí hojaldres con otro nombre: beignet. Aprendí también que en NOLA la palabra vudú no provoca escalofríos al igual que el provecho turístico que se le saca a los cementerios.

Qué conocí

Las hermosas mansiones del Garden District, los lagartos de tantos lagos y pantanos, la tumba de Marie Laveau, la legendaria reina vudú de los 1800 y a la actual reina vudú. En una visita de “paracaídas”, por suerte la señora fue comprensiva.

Sonia Short

Qué me gustó

Nueva Orleans me gustó mucho, su vida nocturna, salir a la “borrachera” y escuchar música en vivo. Arquitectónicamente hablando, es una ciudad muy interesante. Todo es antiguo, todo es vintage. Viví buenos momentos fotográficos.

Qué disfruté

El Acuario de las Américas a orillas del Mississippi, estuvo tremendo, muy bien equipado con una gran variedad de especies. Me pregunto qué habrá sucedido con todos esos animales. En las afueras de la ciudad la visita al pantano fue agradable, con gran cantidad de lagartos, serpientes y mapaches.
Alexander Arosemena

 

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