| CORRUPCIÓN.
En busca de una cultura de transparencia
Federico Meléndez Valdelamar
Analizar aleatoriamente cualquier fenómeno social no es lo mismo que analizar la muestra de sangre de una persona. En la primera se corre el riesgo de caer en inconsistencias, en la segunda la certidumbre médica es certera en el 100% de los diagnósticos. No obstante, existe el consenso general que en los universos sujeto de estudio, es lícito trabajar con muestras.
No quiero ser la excepción a la regla, por lo que me mantendré dentro de los linderos aceptados para señalar, basado en fuentes mediáticas, que el tema de la corrupción es uno de los temas que más preocupa a la sociedad civil panameña y a las membresías de los partidos políticos, seguida del tema de la seguridad social, entendida esta, con todo lo relacionado a la discusión de las reformas a la Caja de Seguro Social; en un tercer lugar de preocupación, se sitúa lo relacionado al movimiento pendular de los precios del barril del petróleo que en nuestro país tiene un efecto directo en los vaivenes de los precios de la gasolina y el diésel.
Sospecho que los temas de seguridad ciudadana y empleo aparecen rezagados en la agenda de preocupaciones de la sociedad civil, aun cuando un sector de la prensa local -los tabloides- les anima mucho la espiral de violencia que se ha empoderado en algunos barrios marginales de la ciudad de Panamá, hecho que es notorio en las portadas de sus ediciones cotidianas.
Si el pueblo piensa que en la corrupción está todo el problema de la nación panameña, considero pertinente que se debe articular una agenda integral e incluyente que nos lleve a edificar un discurso innovador que conlleve a menguar paulatinamente las raíces estructurales de un hábito que fue heredado de nuestra relación con los vecinos colombianos y que desgraciadamente se empoderó a todo lo largo y ancho de la República de Panamá, como un valor amoral agregado, que sólo existe, -como decían los griegos- "cuando se le descubre", o cuando se le quiere sacar la tabla a alguien.
Desde el comienzo de su gestión, el presidente Torrijos hizo la lectura correcta de esta preocupación generalizada. "Hemos avanzado mucho en poco tiempo''. Horas después de tomar posesión, el reglamento de la Ley de Transparencia fue derogado.
El Consejo de Gabinete marcaba así el talante del nuevo gobierno, ''terminaba la era de los secretos, comenzaba una nueva forma de ejercer el poder público", apostilló el presidente en la instalación del Consejo Nacional contra la corrupción.
"Para ir venciendo esta desconfianza hemos sometido el uso de las partidas discrecionales al escrutinio público y hemos aprobado un Código de Ética para todos los funcionarios. Allí definimos más de 40 principios de conductas para ellos. Determinamos los procedimientos para sancionar las acciones lesivas a esos principios y delineamos el perfil ético del servidor público", resaltó en aquella ocasión el mandatario. ''Con la promulgación de una nueva ley tendremos las herramientas jurídicas para cortar de raíz toda tentación, prácticas de soborno, coimas y padrinazgos y un mecanismo de ahorro del gasto público'', dijo el gobernante
Estas acciones las interpretamos como señales interesantes, ya que nos inducen a reflexionar que en el repensar del tema aludido, hay una visión emergente que está decidida a sentar las bases para allanar el camino de una cultura de transparencia y no la del manejo oscuro y de doble moral que ya ha empezado a salirse de sus linderos naturales, para ensayar y prestigiar nuevas formas de acumulación a costa de lo que sea y como sea, sin importar los daños irreversibles que se produzcan.
Las instituciones portadoras de valores, partidos políticos, gobierno, iglesia, grupos cívicos, gremios, asociaciones, familia, escuela y medios de comunicación tienen que hacer un alto, una especie de reingeniería ética y moral de sus asociados, ya que son ellos los que tienen la responsabilidad de orientar y cimentar las bases de una nación que se está preparando para recibir a una nueva generación de panameños(as).
Pareciera ser que las últimas señales de desprecio por la vida, reseñadas en acciones despreciables como las de un sacerdote en Veraguas, contra jóvenes de esa provincia, evidencia el grado de deterioro en que se ve envuelta una institución que en el medioevo hizo mucho daño, y en nuestros días, vuelve a la palestra por intermedio de uno de sus corderos, para actuar impunemente. ¿Será que la iglesia al igual que el sistema en general, necesita de actos impunes y de violencia para subsistir? Si este es el modelo a seguir, creo que estamos a tiempo de derrotar a ese enemigo llamado corrupción y a su prima la impunidad, con acciones ejemplares, independientemente de su investidura y procedencia.
El autor es periodista
Además en opinión
• Un mundo feliz: Berna Calvit • La muerte de Dios y el nuevo ídolo: Ricardo Soto • En busca de una cultura de transparencia: Federico Meléndez Valdelamar • Propuesta sobre la Caja de Seguro Social: Carlos Bolívar Pedreschi • Madurez de juventud: Rafael Solano
|