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Panamá, lunes 5 de septiembre de 2005
 

LECCIÓN.

La muerte de Dios y el nuevo ídolo: Ricardo Soto

Ricardo Soto

Decía el actual Papa, cuando todavía era cardenal, que al debilitarse la fe en Dios, existe en mucha gente la tendencia a deificar al Estado.

El Papa como buen intelectual germano conoce de filosofía. En los años ochenta del siglo XIX, Friedrich Nietzsche, paisano de Benedicto XVI, hace que su alter ego Zaratustra, después de anunciar la muerte de Dios, proclame "Estado se llama al más frío de todos los monstruos fríos. Es frío cuando miente; y esta es la mentira que se desliza de su boca: Yo, el Estado, soy el Pueblo". Según el filosofo "el Estado miente en todas la lenguas del bien y el mal, y diga lo que diga miente, y posea lo que posea lo ha robado". Ese frío monstruo "os adivina a vosotros los vencedores del viejo Dios!¡Os habéis fatigado en la lucha, y ahora vuestra fatiga continúa prestando servicio al nuevo ídolo!".

La expresión de Nietzsche "el Dios cristiano ha muerto" no es igual a la expresión atea "Dios no existe". Si Dios ha muerto es porque antes fue un Dios vivo. En La Gaya Ciencia, el filósofo nos explica que la muerte de Dios significa que el Dios judeo-cristiano ya no era la piedra angular del sistema de valores occidental, la sociedad se había secularizado. La nueva tentación de los intelectuales era la de llenar el vacío con un nuevo ídolo, con un nuevo becerro de oro y lo encontraron en el Estado.

Casi toda la filosofía alemana del siglo XIX, Hegel, Fichte, Marx y Engels, es el fondo la deificación del Estado, concebido como producto del Espíritu Santo de la Historia. Esta corriente continúa el trabajo de intelectuales franceses como Rosseau (la voluntad general), Saint Simon (la igualdad a la fuerza) y Comte (la planificación).

El socialismo es en el fondo la idolatría del Estado. Surge del resentimiento que justifica la igualdad por la fuerza y del vacío que la muerte de Dios dejó en muchas almas. El Estado es el dios vengador del resentimiento. Por eso la mayoría de los socialistas son ateos o agnósticos. Para que el socialismo funcione el Estado tiene que tener las cualidades que los creyentes tradicionalmente atribuyen a Dios. Omnipotente, omnimiscente, clemente y misericordioso.

En el caso de los marxistas la relación religiosa es más obvia, por eso es que filósofos como Bertrand Russell e historiadores como Arnold Toynbee consideran al marxismo no como una filosofía o una corriente ideológica, sino como una religión de pleno derecho, derivada del cristianismo, como surgió el cristianismo del judaísmo.

El marxismo reemplaza la Santa Trinidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo por el Estado, la Historia y la Revolución.

Nuestra América es tierra de frutos tardíos, nos perdimos la Reforma Protestante y la Ilustración. Nuestras universidades fueron dominadas por demasiado tiempo por la escolástica católica y ahora lo son por la nueva escolástica marxista. Por eso es que vamos a la zaga del conocimiento mundial. Es imposible crear conocimientos nuevos en un ambiente intelectual que se limita a tratar de encasillar los hechos de la realidad en un rígido marco religioso.

América Latina también es tierra de mestizaje y la religión no se escapa de eso. De allí la popularidad del socialismo cristiano. Dios y el César en concubinato escandaloso. Sólo la izquierda cristiana ha tenido la habilidad de rendir culto a Yahvé y al más frío de todos los monstruos de un solo golpe. Claman tener buenas intenciones, quieren la justicia social, pero cuando conciben la riqueza como algo estático, como un pastel a distribuir, en lugar de algo frágil para crear y cuidar, el resentimiento toma la palabra y el amor cristiano se olvida reemplazado por "un amor efectivo" como el de Camilo Torres.

Para defender la libertad y la virtud la solución es simple; para el creyente, respetar el primer mandamiento; para el no creyente, evitar la tentación de dar contenido a una vida sin Dios idolatrando al Estado. Los más de cien millones de muertos del totalitarismo del siglo XX son una lección suficiente del mal que trae la idolatría del Estado. Pero en América Latina como siempre, no nos damos por aludidos.

El autor es miembro de la Fundación Libertad

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