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Panamá, domingo 4 de septiembre de 2005
 

PENSAMIENTO.

El panameñismo

Ramón A. Tello De León

Mucho más que un partido político o que una ideología, el panameñismo es el amor a la patria que nos corresponde a todos, pero apenas son unos pocos los que realmente día a día se sienten orgullosos de ser panameños, son los que ven futuro aún en la incertidumbre, el que se levanta todos los días a las 4:00 a.m. a ordeñar, el que se despierta antes que el gallo, el que siembra la tierra bajo el sol ardiente istmeño, el que en la capital madruga para llegar temprano a sus puestos de trabajo, el que cruza el puente y deja a la voluntad del Creador si volverá a su casa en la tarde noche en Arraiján o La Chorrera, porque le toca utilizar un servicio de buses deplorable e inseguro, el que amanece con deseos de progreso en San Joaquín, El Chorrillo o Curundú, que despierta con la ilusión de dejar a sus hijos en la escuela para que tengan un mejor futuro que el suyo , el de clase media en sus distintas vertientes que se dirige a su trabajo honrado, por otro lado está el o la que no sabe qué vestido o traje escoger o qué auto utilizar, el que no pudo dormir tranquilo porque la conciencia no se lo permitió, que no sabe cómo justificar su fortuna, pero que le siguen llamando señor, mientras el que roba un pedazo de pan por hambre le llaman ladrón.

Creo en el panameño que con su sombrero pintado u ocueño y a veces con el motete al hombro le gusta escuchar pindín antes que bachata y vallenato, y que le da igual que lo miren raro o que le llamen cholo, el que antes de escuchar regguetón, escucha 180 y Bultrón, el que ve la pollera como el traje típico más hermoso que existe, que respeta el talento que encierra una buena décima y que vibra con la mejoranera, que sabe de nuestra historia antes de conocer historias foráneas, que siente orgullo de sus tradiciones y no vacila en decir que es panameño.

El panameñismo que llevamos dentro, es el que hace sentir henchido nuestro corazón al escuchar las gloriosas notas de nuestro himno, cuando vemos la bandera o nuestro escudo en cualquier parte del mundo, el que estando fuera añora el olor del café recién hecho, el sabor de una carimañola o de un pastelito de maíz nuevo. Ese panameñismo que a veces tenemos oculto es el que nos hace sentir euforia cuando nuestros deportistas nos llenan de gloria y sentir dolor y decepción cuando no se logran las metas deseadas.

El Panamá en el que se habla español, que se respeta al afroantillano que habla en inglés o en el llamado spanglish, al indígena que habla su lengua, pero que todos nos sentimos panameños, de acorde a lo que dicta el siglo XXI en el que vivimos, el panameño que recibe con los brazos abiertos al inmigrante legal y a cambio le pide respeto al país y a nuestras tradiciones.

Esta tierra de jirones y contrastes, es mi tierra y la quiero con sus virtudes y defectos, pero creo firmemente que los defectos actuales pueden ser combatidos, con un sistema de justicia eficaz, con equidad, con honestidad y buena voluntad, no se trata de pescar por el pobre, no el paternalismo que asegura comida para hoy y miseria desmedida para mañana, creo en que sí es posible crear oportunidades, que el ser pobre no es sinónimo de ser maleante, de ser vulgar o desaseado. Dejar ese pensamiento que el funcionario público que sale del gobierno tal y como entró es un tonto, en cambio el que sale rico, ese sí jugó vivo.

Cuando empecemos a darnos cuenta que somos nosotros la sociedad los que conformamos al Estado y por ende podemos exigirle al gobierno de turno que trabaje para nosotros y no para ellos mismos, entonces podremos tener el Panamá con que muchos hoy soñamos, pero aun así esta tierra es la mía y no la cambio por nada.

El autor es abogado


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