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Panamá, domingo 29 de mayo de 2005
 
 
TROTAMUNDOS
SHANGHAI, A LA ORILLA DEL MAR
 
La última parada en China fue en la “ciudad modelo” de Shanghai. Ubicada a orillas del mar, allí todo lo que se respira es modernismo. 
 
ANA TERESA BENJAMIN 
abenjamin@prensa.com 
 
Es la última parada en China y la nostalgia comienza a anidar. Atrás quedaron la Gran Muralla, los soldados de terracota, el mercado Ya Show, con su efervescencia contagiosa. Desde Shaanxi hasta Shanghai hay apenas dos horas de vuelo, pero el cambio entre una y otra ciudad es impresionante.

Shanghai, tierra costera y experimento de la gran apertura china, es una ciudad con 17 millones de personas y un verano muy seco. Apenas se abren las puertas del aeropuerto para salir al exterior, una pared de calor se pega en el rostro, en las axilas, en las ingles. Es un calor parecido al panameño, pero sin los chorros de humedad.

Son las 4:50 de la tarde y el destino es el hotel Jin Jiang, un monstruo ubicado en la 161 Changle Road que tiene como una de sus máximas atracciones su restaurante, en el piso 43, que se mueve suave y silencioso como un gran carrusel.

Lo primero que impresiona de Shanghai son sus carreteras y edificios. Todo parece nuevo. Y la impresión no engaña. Aunque en toda China malviven 90 millones de pobres, en Shanghai no se notan. La ciudad, centro financiero de la gran potencia manufacturera y exportadora que tiene en ascuas al resto del mundo con su crecimiento de más del 9% anual, se ha convertido en lo que es en apenas 20 años y sus autoridades están contentas.

Shanghai es, para decirlo corto, la ciudad que mueve al resto de China. Todas las demás miran hacia el este y desearían que toda China fuera la gran Shanghai. Un plan a 20 años, muchos millones de yuanes invertidos y la inversión extranjera han hecho de la última ciudad del recorrido una perla del capitalismo, en medio de una línea política socialista.

La Perla Oriental

La visita a una torre de televisión no prometía demasiado. Pero, una vez frente a la Perla Oriental, la impresión fue otra. Una mole que parece haberse inspirado en la tira cómica de The Jetsons se levanta hasta los 468 metros de alto –la más alta en toda Asia y la tercera en el mundo– a orillas del río Huangpu, la principal arteria marítima de esta ciudad que también es puerto internacional.

En el vestíbulo está el Museo de la Historia del Desarrollo Urbano de Shanghai, donde se pueden apreciar exhibiciones de la vieja ciudad –tierra de aventureros del opio– y hacerse una idea de lo que era y de lo que es.

A 263 metros está el salón panorámico principal, que inevitablemente hace recordar el salón que, para esos mismos propósitos, tenía el World Trade Center de Nueva York. Desde allí se puede observar, como si de un juego se tratara, la línea ondulante del río Huangpu y, sobre él, lanchas y barcos de todo tipo y tamaño, y una gran panorámica del distrito de Pudong en el que viven, por lo menos, unos 20 mil extranjeros.

Allí mismo hay una tienda en la que venden todo tipo de recuerdos. Más abajo hay más tiendas y una de ellas resultó particularmente interesante: allí todo era productos conmemorativos de los Juegos Olímpicos de Beijing, del año 2008.

Con gorras, portadiscos, mochilas, llaveros, plumas y suéteres con el rojo alegre del logo de los juegos, la próxima parada turística sería el paseo a orillas del Huangpu.

Perdida en Shanghai

Claro, fue una de las anécdotas del viaje. Igual que el desmayo de uno de los periodistas del grupo, allá en plena muralla, presumiblemente por la altura de la montaña.

La última noche en Shanghai –y en China– el plan era comer en un barrio viejo y restaurado, para luego partir hacia el paseo a orillas del río Huangpu. Al llegar, un remolino de gente se disputaba el espacio. Cientos de seres humanos mirando hacia el río en medio de ese paisaje nocturno lleno de luces, música y acentos chinos, mientras sobre el cauce se deslizaba un barco cuya proa era una gran cabeza de dragón como expulsando fuego. Arriba, en la cubierta, gritos y baile. Todo al ritmo de La copa de la vida, de Ricky Martin.

Entre flashes de turistas y la venta de buhonería, el laberinto de gente se hizo inmenso y el grupo cruzó hacia el otro lado, sin percatarse de mi ausencia. Fue una espera de 15 minutos que se hizo eterna, en medio de cientos de personas con las que no se podía intercambiar una sola palabra.

Al final, claro, el “rescate” llegó. Y el episodio se convirtió en la última gran experiencia vivida en una tierra ubicada más allá de las lejanas tierras de Kamchatka, de las grietas blancas del Polo Norte y de las montañas nevadas de Siberia.

Por Nueva York, de paso

Debería decir, más bien, por Nueva Jersey. A la vuelta de Asia, el plan era aprovechar que el vuelo saldría hasta el siguiente día, a las 4:00 de la tarde, luego del regreso de China. Habría tiempo para recorrer la Gran Manzana y visitar la Zona Cero, tal vez el Parque Central, con suerte el MOMA. Pero ninguna cosa fue posible.

El 7 de julio pasado los subterráneos de Londres se sacudieron con bombas y el mundo se puso –otra vez– en alerta roja. A pocos kilómetros de Nueva York y solamente de paso, lo mejor era esperarse allí hasta la hora de partir hacia el aeropuerto.

Así pues, las últimas horas de ese viaje de descubrimiento a China transcurrieron en la cama de un hotel en Nueva Jersey y en el comedor de un Shula’s Steak, adaptando todavía el cuerpo al retroceso del tiempo que había vivido sobre la panza de un avión que, afortunadamente, viajó tan vacío como la barriga de un hambriento.

Dónde hospedarse

En la ciudad más moderna de China, seguro que los precios de los hoteles no son los más accesibles. Sin embargo, las estrellas pueden encontrarse en la cantidad que usted quiera (o requiera). Para este tema, consulte con una agencia de viajes.

Qué ver

No se conforme con conocer la ciudad y su nuevo esplendor. Vaya a la parte vieja y llegue hasta el jardín Yuyuan, construido durante la dinastía Ming. Dieciocho años fueron necesarios para crearlo (1559-1577) y ahora es uno de los sitios más visitados de la ciudad. El lugar también tiene una tienda donde podrá comprar snacks y recuerdos.

Qué más ver

El Templo de Jade de Buda, sin duda. Localizado al noroeste de Shanghai, es el templo budista más popular de la ciudad. El lugar es famoso por su dos budas de jade. En el paseo a orillas del río Huangpu, mantenga su cartera bien sujeta al cuerpo. Como en todas partes del mundo, donde hay aglomeraciones, hay riesgo de atraco.

Qué comer

Una semana después de aterrizar en China, es probable que el paladar lo traicione y añore el sabor picante del pollo frito o la grasa traicionera de una hamburguesa. No se sienta culpable. Si en Beijing y en Xi’an es posible encontrar el clásico restaurante occidental de comida rápida, en Shanghai la búsqueda será menos difícil.
 

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