Pocas veces las obras que cuelgan en las paredes de las galerías el día que se inaugura una exposición tienen tanto protagonismo como las personas que se presentan a verla. El verdadero centro de atención en estas aperturas coctel son los diversos personajes que acuden al llamado del arte. Que se saludan como si llevaran años sin verse, cuando se han visto el día anterior en otro acto “cultural”, y que no deberían sorprenderse porque el horóscopo ya se los había dicho en la mañana.
En Panamá, al igual que en Caracas, Bogotá y otras ciudades latinoamericanas, a las galerías se va a hacer vida social. Gente busca ver gente. Se les nota.
Dentro de ese guacho cultural deambulan los especímenes típicos de galería, peinados rococó, mechudos que asoman iPods por sus orejas, arquitectos franceses de estilo refinado, bohemios rebobinados, periodistas (no se sabe si están trabajando o admirando las obras, igual no existe la crítica de arte), algún político, uno que otro cuerpo diplomático, carteras gemelas y los agregados de los agregados de los agregados culturales.
Ir a una exposición da la oportunidad de salir en la revista Hola versión panameña (la página de sociales de los periódicos o de alguna revista farandulera), a quienes se limitan a decir me gusta, no me gusta, refiriéndose a los cuadros desolados que les miran las espaldas.
En estas inauguraciones democráticas, todo el que llega (digamos que de cierto estrato hacia arriba, a no ser que sea del bajo pero si es gringo o europeo no importa) puede entrar, comer y tomar el vino que quiera y opinar en las conversaciones incompletas de los supuestos conocedores en su inclusivo y momentáneo estatus plastificado. Tienen buen gusto. Se les nota.
Algunas sonrisas, un par de estrechadas de mano y ya eres socio de este club con pase incluido al mundillo del arte que aun cree que el “arte moderno” se refiere solo al arte reciente.
En cuanto a la técnica que usó el artista, nadie se ha tomado la molestia de saber cuál fue o si simplemente son recortes caprichosos con ínfulas. Y como una acción fuera de lugar, alguien fisgonea los cuadros y toma distancia de la obra para apreciarla mejor como un verdadero conocedor.
Los demás, embebidos en su pose de galería con copa en mano a la altura del corazón y barbilla altiva, secretan cultura por los poros de su propia narcolepsia cultural. Y se les nota.
Lo que no se nota es el “artista”, (suena a versión “hollywoodesca”) que recibe elogios de los pocos que se enteran que él o ella fue el creador del motivo real de esa reunión.
Pero al otro día la concurrencia llamará a sus amigos para decirles que la exposición estuvo buenísima, el nombre del artista no lo recuerdan, igual nunca lo supieron y ¿cómo era la obra? Eso jamás va a preguntar el interlocutor, ¿a quién le interesa?, lo que se quiere es saber quiénes fueron y con quién estaban.
Otra característica de las inauguraciones de arte es que siempre son entre semana, convirtiéndose en el recreo que parte el tedio del lunes al viernes. Y generalmente de los mayores, porque es muy extraño ver menores de 20 años. Y si los ve seguramente son los hijos o los sobrinos de los artistas.
¿El ruido? Como siempre, voces a altos volúmenes, celulares con timbres desesperados, chismes. La auténtica carcajada del arte.
Mientras en las galerías el vino cae y se mezcla con los ácidos en las curvas internas de los asistentes, no se notan las exposiciones de los recién egresados de las facultades de arte que hay en el país que permaneces en el anonimato, ni su presencia en estos actos sociales. No se vislumbra el relevo. Y se nota.