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Panamá, sábado 27 de agosto de 2005
 

FRONTERA.

El rostro humano de la inmigración

Sergio Muñoz Bata

Mientras recorría el desierto de Arizona buscando el cadáver de su hija Lucresia, Cesáreo Domínguez no se hacía ilusiones. La certeza de su muerte era lo que lo obligaba a seguir buscando sus restos para darles sepultura.

La noticia de su peregrinar llegó a estados del norte de México y del suroeste estadounidense. Pensando que podría serle útil, José Lerma, un viejo amigo que había vivido en Estados Unidos y hablaba inglés, lo alcanzó en el desierto.

Las contribuciones económicas de desconocidos conmovidos por las narraciones que oían en los medios locales ayudaron a Cesáreo a pagar la renta de un modesto hotel cerca de Tucson. Uno de sus hijos le prestó su camioneta y los dueños de un restaurante mexicano le invitaron sus almuerzos.

Según cuenta el reportero de Los Angeles Times Richard Marosi en su crónica, Cesáreo intentó disuadir a su hija de emprender la jornada pero todo fue inútil. Lucresia no se resignaba a vivir con sus dos hijos, Jesús, de 15 años y Nora, de 7, lejos de su marido Jesús, quien llevaba seis años trabajando en Forth Worth, Texas.

Tres semanas después de iniciada la expedición, al lado de una descolorida y desgarrada bandera americana frágilmente asida a las espinas de un cactus, Domínguez finalmente encontró los restos de su hija.

La historia de Lucresia no es excepcional. Cientos de personas mueren anualmente al intentar cruzar la frontera entre México y Estados Unidos. Tan solo en junio, otros 64 inmigrantes murieron en la zona donde murió Lucresia.

Las fallas del sistema migratorio vigente son cada día más evidentes. Desde 1986 se ha triplicado el número de agentes de la patrulla fronteriza; su presupuesto se ha aumentado 10 veces; el número de indocumentados también se ha triplicado.

Por otro lado, el virtual cierre de la frontera ha desplazado a muchos trabajadores a otros estados, mientras que en California la creciente competencia interna por mano de obra barata con industrias como la de la construcción, que paga mejores salarios, ha generado escasez de trabajadores del campo.

Esta situación ha llevado a la industria agrícola en California a presionar al presidente y a los congresistas del estado a elaborar una nueva ley migratoria que les asegure un flujo grande, constante, seguro y barato de trabajadores.

Pendientes en el Congreso hay dos proyectos de ley que, combinados, podrían replantear el debate migratorio en la dirección adecuada. El proyecto Kyl-Cornin propone un aumento considerable de la seguridad fronteriza; el de McCain y Kennedy formula un efectivo plan de trabajadores huéspedes y un programa de legalización paulatina para los 12 ó 14 millones de inmigrantes indocumentados ya en Estados Unidos.

Sugerir que es posible encontrar y deportar a toda esta gente es un desatino total. No porque no se haya hecho antes, sino porque hoy, a pesar de los sentimientos contradictorios que genera la presencia de los indocumentados y su utilización laboral, la mayoría de los estadounidenses se opondría a que la "migra" se dedicara a perseguir a las familias de sus nanas, sus jardineros, sus constructores, sus meseros y sus lavacoches.

Ahora que el Congreso se dispone a reiniciar el debate migratorio se necesitan más crónicas como la del reportero Marosi que le devuelven su rostro humano al fenómeno de la inmigración.

El autor es miembro del consejo editorial de Los Ángeles Times


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