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Panamá, viernes 26 de agosto de 2005
 

CONTAMINACIÓN.

Bienvenidos a la ciudad del pecado

David Carrasco

Imagino a un presentador de espectáculos vestido con sombrero de copa, una capa verde y un bastón en una mano, mientras vocifera: "¡entren al circo, vengan a ver a la mujer barbuda, al cíclope, al enano con la lengua azul, a la niña con cara de batracio y al tataranieto del jorobado de Notre Dame. Estos monstruos vienen de la Ciudad de Panamá y son supervivientes de áreas contaminadas, malditas y espantosas!".

La imagen absurda y absolutamente kafkiana puede ser concebida tras la rápida y acelerada degradación de la metrópoli y su periferia. Un estudio de la calidad del aire, realizado en la capital en 1996, reveló que las concentraciones de monóxido de carbono aumentaron 8.5 veces en relación con el estudio hecho en 1979 y sobrepasan el estándar primario para ocho horas establecido por la Organización Mundial de la Salud.

Algunos barrios capitalinos, entre ellos El Ingenio, Villa Cáceres, Vista Hermosa, Pueblo Nuevo y Río Abajo fueron sometidos a una metamorfosis y se ganaron en los últimos años una cortina de humo espeso. Sus moradores están cada vez más lejos de inhalar un aire limpio, debido a la actividad frenética de talleres de pintura de automóviles, calderas industriales y chimeneas sin filtros, que contribuyen a crear una atmósfera irrespirable.

Una rezonificación arbitraria y perversa, diseñada por algún arquitecto demente, condenó a miles de habitantes de la urbe a convivir al lado de plantas de tipoindustrial (con permiso de operación), que esparcen contaminantes con efectos residuales acumulativos en el organismo de los seres humanos y probablemente en su descendencia.

En esa especie de corte de los milagros, muchos esperan que los inspectores sanitarios –desprovistos de equipos para trabajar– sean los paladines de los desamparados. Pero las carencias alcanzan a áreas como el Centro de Salud de Pueblo Nuevo, donde reposa un único decibelímetro, utilizado para la medición del nivel de ruidos. En realidad, faltan instrumentos para la detección de contaminantes en el aire y derrames químicos.

Abusos y riesgos han sido sembrados en barriadas donde antes existían espléndidos jardines. En su lugar, proliferan al borde de las aceras, recintos cerrados, malolientes y bulliciosos, que operan, incluso, con horarios nocturnos, mientras los noctámbulos salen a caminar y los desvelados residentes intentan conciliar el sueño.

Solventes, pinturas y partículas de metal impregnan ahora el ambiente de la gran ciudad, que crece sin ordenamiento territorial y recibe descargas de monóxido de carbono (CO) expedido por los motores de combustión interna, óxido de nitrógeno (NOx), dióxido de nitrógeno (NO2), dióxido de azufre (SO2), partículas en suspensión (MP) y oxígeno (O2).

Sin embargo, el camino para salir de ese escenario de orfandad es incierto, entre otras razones, porque el cambio de zonificación borró la obligatoria separación de tres metros de distancia entre inmuebles contiguos y aumentó el riesgo de incidentes e incendios, así como las dificultades para que los bomberos y socorristas actúen con rapidez.

Las execrables concesiones urbanísticas sacrificaron a una población desprevenida y son comparables a una partida de póquer, en la que los jugadores se sientan con los ojos vendados frente a una mesa y reciben de un repartidor de naipes "la mano del muerto" (ases y ochos), las mismas cartas que tenía el legendario Wild Bill Hickok cuando un rufián le disparó por la espalda en 1876, en una cantina en Deadwood, Dakota del Sur.

Como en los thrillers del cine, el manto de contaminación arropa cada vez más a los infelices atrapados en urbanizaciones sometidas a una metamorfosis, por personajes con "amigos" influyentes y plata en el bolsillo, a quienes importa un bledo el enfoque catastral y el desarrollo metropolitano. Presos en su entorno, los antiguos residentes de barrios periféricos venidos a menos son obligados a compartir el paisaje urbano con antros del malevaje. Después de todo, la impunidad y el abuso campearán mientras se acepte como buena la transformación de los suburbios en reductos de asmáticos, enfermos de enfisema pulmonar, tullidos y retrasados mentales. El precio de la renuncia al derecho a la vivienda digna y a la seguridad colectiva, será, sin duda, un pasaje directo al infierno de Sin City.

El autor es periodista


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Bienvenidos a la ciudad del pecado: David Carrasco
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