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Panamá, viernes 19 de agosto de 2005
 

Entre mariscos y mucho licor

LA PRENSA/Eric Batista
PEQUEÑO. Solo hay unas pocas sillas en la barra.550896
Oliva Martini
Especial para La Prensa

vivir+@prensa.com

¡PESCA’O! No entiendo a Margarita, de verdad que no. Se queja de todo y de todos, ni vive ni deja vivir. Hace unos días estuvo a punto de absorberme en una de sus absurdas conversaciones en las que reinan las críticas destructivas, pero, el teléfono sonó justo cuando empezaba hablar pestes de sus compañeras de la oficina (como si con trabajar 12 horas no tuviera ya suficiente).Era Alicia, para invitarme a hacer "algo" porque me consiguió el date ideal.Dudé un momento. La última cita a ciegas fue un desastre... pero, por otra parte, estaba la quejadera. (¿digo sí? ¿digo no?)

Le expliqué que seguramente Margarita se sumaría si le digo que tenemos un plan y yo no estaba dispuesta a arruinar mi salida con eso.A Alicia se le ocurrió la mejor manera de chifearla: ir a un lugar al que ella no pueda ir."¿Margarita no es alérgica a los mariscos?", me preguntó.Respondí que sí, a lo que ella dijo "¿Y por qué no vamos al Rincón de Filos?Al final, estuve de acuerdo, sobretodo porque nada me obliga a volver a salir con el date si la cosa no sale bien y porque una alergia no es relajo y Margarita, definitivamente, no se arriesga.Así, le dije a mi amiga que iba a comer pesca’o y ella dijo "Ay no, yo no voy, solo con el olorcito ese me empiezo a brotar".Me vestí con lo más inocente (pero nocturno) que encontré, para no parecer mujer desesperada.

Me monté en mis tacones y me maquillé lo más natural posible.Alicia me pasó a buscar con Ricardo y nos encaminamos al lugar en El Cangrejo, entre Machu Picchu y Martín Fierro.¿Qué tiene el lugar de particular como para contarles a ustedes? Bueno, lo principal es que yo (como seguro muchos de ustedes) pensé que era solo restaurante, pero resulta que no, también tienen su bar, pequeño pero simpático.

ESCAPE. Al llegar, me llamó poderosamente la atención el servicio que ofrecen en este lugar. Los meseros son súper amables y no se demoran casi nada en atender.Primero pensamos sentarnos a las mesas del restaurante, se veían muy lindas con sus manteles blanco y verde, pero yo —que parezco ser de metal y las barras son imanes— preferí la pequeña barra.Solo tienen cinco sillas de madera, una televisión y buen par de botellas.Pasados cinco minutos, apareció Manuel, un muchacho bastante apuesto, pero que ¡me da por el ombligo! ("Maté a Alicia", pensaba, "¿a quién se le ocurre hacerme un date con un enano?"). Por suerte, ese no era. Dos minutos después llegó Alejandro, guapo, alto y elegante.Cuando se sentaron, ocupamos toda la barra y se nos hacía casi imposible conversar. Además, dentro del local no se puede fumar y decidimos mejor salir a la terracita que da al estacionamiento.

VARIEDAD. Casi muero de un infarto cuando abrí el menú y vi el montón de licores que tienen, todos con precios bastante razonables.Los precios varían de acuerdo a la marca del licor de su preferencia.Los whiskeys van de 4 a 6 dólares el vaso.La carta de vinos tiene botellas entre los 12 y 24 dólares. Hay propuestas francesas y californianas, pero el vino más caro es español, el Proto Gran Reserva, que cuesta 100 dólares. Pero también, se pueden pedir por copa.Alicia y yo pedimos vodka, a 4 dólares el Absolut y el Stolichnaya igual.Los chicos prefirieron ron, el Bacardi a 2.50 y el Abuelo a 3 dólares.Entre cuento y cuento se nos pasaron las horas, hasta que cerca de las 11:00 p.m., un mesero nos dijo que ya era hora de cerrar."Recordemos que no es rumba, sino cena", dijo Alicia. Recogimos las carteras y nos fuimos a otro lado, para seguir con la fiesta.


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