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Lección de sabiduría
Gabriel Perea
Era predecible, la reelección del ingeniero Alberto Alemán Zubieta, fue la más acertada desde el punto de vista de la continuidad de una gestión exitosa en la administración de la Autoridad del Canal de Panamá.
Podríamos decir que, en su gran mayoría, todos los conocedores del tema coincidían en que el mando de la entidad no debería cambiarse precisamente cuando esta afrontará el reto, primero de la divulgación de los estudios que sustenten el proyecto de ampliación y, posteriormente de aprobarse en consulta popular, el proyecto de la ampliación.
Por vez exclusiva una decisión trascendental y con repercusiones para la vida nacional se basó en razonamientos no políticos, donde se ponderó lo técnico, la experiencia, el éxito comprobado y la mejor conveniencia para el país. Fue una lección de sabiduría. Ojalá nuestro folclórico país se rigiera por los mismo conceptos en otros temas tan o más importantes.
Lamentablemente somos un pueblo de contradicciones, donde lo mágico e irreal está a la orden del día. Donde nuestros temores no nos dejan superar lo que en otras potencias ya es asunto de mero tramite. Un ejemplo de contradicción, no de continuidad, pero sí de preparación y capacidad, es nuestra fuerza pública donde sus profesionales de carrera no pueden ni soñar ocupar el mando.
Solo portar el uniforme lo desmerita y lo incapacita de por vida para ejercer el mando de la institución, pero paradójicamente sí les exigimos que, incluso, den su vida por el bienestar nacional.
El administrador del Canal ha demostrado probada capacidad para las funciones que desempeña. ¿Qué sucedería si otro alto funcionario demostrara iguales características?, ¿Qué debe imperar para una decisión de continuidad en un puesto de importancia?, ¿el bien de país o las prerrogativas políticas?
¿Qué razonamiento se utilizó para que a este cargo se le aplicará esta consideración? La respuesta ya fue dada por la junta directiva del Canal.
Si embargo, este mismo criterio es un tema de escándalo público solo su mención, ni pensemos, ¡Dios nos libre! de aplicarlo al Presidente de la República. Los guardianes de la fe democrática se rasgarían sus vestiduras, se postrarían en el suelo y se cubrirían de tierra ¡Jamás!
Los proyectos de nación, no son planes a cinco años, su éxito depende de la continuidad. Esta es una de las razones por las que en las superpotencias existe la posibilidad de la continuidad del poder. Ah, pero no olvidemos que los ciudadanos de estos países desarrollados son más civilizados que nosotros. Ellos sí pueden aplicar esto sin que ocasione un cataclismo democrático.
La alternabilidad del poder en un país como Panamá es un mito. Aquí todos son primos, hermanos, tíos, abuelos, contemporáneos o compañeros de estudios en algún momento. La alternabilidad solo ocurre entre miembros de las mismas familias, que se ejercitan en diferentes esferas políticas.
No tenemos otro camino, debemos comenzar a pensar como nación y no como partidos políticos. ¿Qué nos impide esto?, la respuesta es dual, una jurídica y la otra conceptual.
Debemos abandonar las fiestas patronales y los abanderados que cada cinco años se inventan una nueva nación. Si nuestras leyes no lo permiten, cambiémoslas. Venzamos nuestros temores, escojamos a los que detentan el poder, y los que llevan el mando de las instituciones por su capacidad, por su preparación, y si es beneficioso para el país, ¿por qué no? Reelijámoslo.
El autor es magíster en ciencias
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