| VÍCTIMAS.
Doble estándar para el terrorismo
Jonathan Gurwitz
De frente a ello, no hubo tristemente nada único o diferente en el hecho de que un terrorista subiera a un autobús en Israel y asesinara a cuatro pasajeros. Eso fue lo que sucedió el 4 de agosto en la ciudad israelí de Shfaram, en el norte.
En esta ocasión, no obstante, el terrorista era un israelí judío y sus víctimas, israelíes árabes. Y eso es solo donde empieza la diferencia.
No debe haber equivocación respecto a Eden Natan Zada, el desertor del ejército israelí que abrió fuego contra pasajeros árabes y el acto terrorista que cometió. Y no la hubo.
El primer ministro Ariel Sharon lo calificó de un "acto despreciable de un terrorista sediento de sangre". El ministro de Defensa, Shaul Mofaz, denegó que se enterrara a Natan Zada en un cementerio militar; los pasajeros sobrevivientes y transeúntes lo golpearon hasta matarlo. Las autoridades en su ciudad natal se negaron a enterrarlo en el cementerio municipal.
Los principales rabinos sefardí Shlomo Amar; y askenazi de Haifa, Shear Yashuv Cohen, emitieron condenas inequívocas contra el ataque. Acompañaron al presidente Moshe Katsav en visita a las familias de las víctimas de Shfaram para expresarles sus condolencias.
Zeev Bielski, presidente del Organismo Judío por Israel, envió un telegrama al alcalde de Shfaram en el que decía: "Quienquiera que cometa un acto semejante no puede ser considerado judío". El organismo proporcionará ayuda a las víctimas y sus familias de los fondos recaudados para las víctimas judías del terrorismo.
La Liga contra la Difamación emitió una declaración en la que se "condena enérgicamente el asesinato de cuatro árabe-israelíes a manos de un terrorista judío en Shfaram", calificándolo de un acto atroz.
No existe otra forma de describir esto: "fue un acto de terrorismo", dijo el presidente internacional de B'nai B'rith, Joel Kaplan. "Es no judío, inhumano, y una profanación de los valores bajo los cuales vive Israel".
De cada segmento de la sociedad israelí y por toda la comunidad judía internacional, el crimen de Natan Zada fue repudiado absoluta y claramente. Y es en ello donde reside la diferencia más significativa.
Cuando los líderes palestinos se las arreglan para emitir denuncias meramente formales de ataques terroristas, lo hacen usando un lenguaje utilitarista, no uno ético. Hacer explotar autobuses llenos de civiles israelíes está mal porque hace quedar mal a los palestinos, no porque sea reprensible moralmente hacer de los civiles el blanco de una matanza.
Los medios informativos oficiales palestinos se refieren invariablemente a los perpetradores como shahideen exaltándolos como guerreros religiosos. Sus funerales son celebraciones. Los niños palestinos, enseñados a glorificar el asesinato de judíos, adoran objetos de interés de los mártires en la forma en la que los niños estadounidenses coleccionan tarjetas deportivas.
"Las organizaciones árabes e islámicas, cuando no están alabando ataques terroristas desde afuera o legitimando que los usen contra la ocupación sionista", se mantienen calladas, por lo general. No obstante, celebrar el terrorismo islámico solo comienza en las fronteras israelíes, no termina ahí.
El terrorismo es un cáncer. No condenarlo enérgicamente en un lugar o lo que es peor, glorificarlo permite que se propague a otros.
En la reacción de la sociedad israelí y la comunidad judía más amplia, los árabes y musulmanes pueden observar cómo deberían tratar a su propia amenaza terrorista.
The New York Times News Service
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