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campaña.
Los dilemas de Alberto
Jaime A. Porcell Alemán
Uno se pregunta por qué Alberto Vallarino nunca enfrenta
esos dilemas de "ganar-ganar casi carentes de incertidumbre, si no opciones
casi siempre constreñidas, a cuál la menos mala.
Aunque Vallarino fue barrido por Mireya en las primarias arnulfistas
del 99, prefirió escuchar a quienes lo animaban a reunir una colcha de
cuatro partidos chicos. Con ellos alcanzó un 18% de votos en la contienda
99, demasiado distante de los punteros. De estos cuatro, sólo la Democracia
Cristiana, con un honroso 11%, sobrevivió.
Los antiguos colcheros, Alberto y la sobreviviente DC, terminaron
recriminándose por la aplastante derrota. Ni aquella aportó suficiente,
ni el candidato logró superar el lastre de imagen. Además, la facción
dominante del partido, desde un temprano 2003, prefería apostar a la candidatura
arrolladora de Torrijos en vez de repetir con una que no las tenía todas
consigo.
En el 2003, sin el apoyo de un arnulfismo cuya poderosa presidenta
cerraba el paso, el disidente Vallarino quedaba, en el mejor de los casos, a expensas
de otra colcha todavía más encogida. La coyuntura fuerza al adalid
a tomar la decisión menos mala: retirar su precandidatura. Sus huestes
reaccionaron decepcionadas ante la inconsulta decisión.
Como consecuencia, dosifica su aparición en los medios
concretándolas a su papel de banquero. En esos instantes, donde desaparece
el interés del político, la vertiente de bienhechor social empieza
a ganar credibilidad.
Pero, al unísono, Alberto desaparece de unas fiestas de
pueblo donde cursaba como fijo caballista y abanderado. Por dos años seguidos,
su ausencia repentina envió el terrible mensaje de "sólo aparezco
cuando estoy de candidato".
Hoy, a cuatro años de las elecciones, Martinelli, Ameglio,
Endara y Pérez Balladares ya están en el ruedo. Y el que confiesa
aspiraciones, recibe dardos.
Fuegos artificiales, alboroto de murgas, micrófonos y
cámaras ejercen un embrujo sobre el alma política de un Alberto
quien retorna como precandidato. Otra vez, abre puertas pueblerinas para retomar
viejas amistades. Sus adversarios tampoco pierden tiempo y advierten ¡cuidado
deja el plumero! Ambas reacciones hacen evidente que mantiene intacto ese poder
de hacernos voltear la cabeza, que detentan los líderes.
Alberto no cesa de buscar atajos, pero también, de confundir.
Con una mano señala su respeto por su antiguo jefe de campaña, Juan
Carlos Varela, mientras con la otra levanta el tenedor en un almuerzo con uno
más de los aspirantes a la presidencia del arnulfismo, el legislador Blandón.
Por un lado, consciente los avances de un Solidaridad venido a más con
los votos de Endara. Por otro, al dejar entrever su corazón panameñista,
derrama un balde de agua sobre el fuego solidario que ya lo proyectaba como su
Endara 2009.
La oposición requiere polarizar la elección si
no quiere repetir la historia del 94 donde el PRD cuela a Pérez Balladares
con solo un 33%. Pero, los aspirantes nunca son pocos ni resignados a ceder.
Varela, quien pagó con la expulsión del partido,
regresa en el 2003 y respalda a un grupo de legisladores que resultan electos.
Aunque sea el hombre quien detente la llave del apoyo arnulfista a Vallarino,
no dispone de la imagen pública que labró Alberto, como para vencer
en unas primarias interpartidarias.
En el 2004, Endara demostró la avalancha de votos que
mete un candidato a un partido chico. Este fenómeno inédito propone
otra vez un dilema a Vallarino. Puede apostar a rescatar al panameñismo
en decadencia, siempre en una alianza todavía no acordada con su antiguo
jefe de campaña. También quisiera sumar a Solidaridad quien se puede
jactar de ir de menos a más. Pero, las dos posibilidades pintan como agua
y aceite.
Un Alberto sonriente y más curtido ha vivido en carne
propia el costo de enfrentar dilemas. No dispondría de otra oportunidad
si ahora selecciona, más que una opción real, una ilusión
vendida como camino al triunfo.
El autor es investigador de mercado
Además
en opinión
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