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Panamá, domingo 14 de agosto de 2005
 

venezuela.

Petrochávez y el hemisferio

Eduardo Ulibarri

Durante las últimas semanas, el gobierno de Hugo Chávez ha desplegado una serie de iniciativas que muestra el grandilocuente designio de su política exterior, pero también revelan agudos problemas de fondo, que tornan su ambición "bolivariana" en un gigante con pies de barro.

Su última andanada comenzó en mayo, con el lanzamiento de Petrosur; su objetivo: desarrollar proyectos energéticos conjuntos con Brasil y Argentina. Al mes siguiente vino Petrocaribe, una oferta de créditos preferenciales a 12 débiles países de la zona para importaciones de crudo venezolano.

El 22 de julio anunció el establecimiento de Petroandina, un esquema de cooperación entre los países de la zona, todos productores de petróleo, para colaborar en su refinamiento y transporte. Y el 24 comenzaron las transmisiones "piloto" de Telesur, la pretendida no-CNN de Chávez, con Venezuela financiando casi el 70% de los costos y Argentina, Cuba y Uruguay participando de forma casi nominal.

Como sombrilla de lo anterior, aún surgen frecuentes llamados al establecimiento del ALBA (Alianza Bolivariana de las Américas), extravagante esquema regional que pretende sustituir la muy debilitada Alianza de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que impulsa, especialmente, Estados Unidos.

La primera -y obvia- pregunta ante esta pirotecnia de voluntarismo hemisférico es si el Gobierno venezolano, que no se caracteriza por su organización o eficacia, podrá mantener tal multiplicidad de iniciativas funcionando adecuadamente.

Más aún, en proyectos que, en su totalidad, son de índole estatal, ¿cómo garantizar una buena toma de decisiones?; ¿cómo valorar sus costos y beneficios?; ¿cómo lograr la necesaria mezcla de flexibilidad y control para evitar el derroche y la corrupción? y ¿cómo asegurar que muchos de estos planes no languidezcan en las gavetas de los burócratas?

A estas vulnerabilidades prácticas se debe añadir que el esquema "bolivariano" descansa sobre una base extremadamente volátil y desequilibrada: los ingresos petroleros venezolanos. Es decir, la salud de tantos acuerdos, nombres o delirios, depende del vigor y obligaciones de Petrochávez, y de su capacidad para generar ingresos crecientes y gastarlos como si Venezuela fuera una compañía de propiedad individual, no un país al que rendir cuentas.

La debilidad fundamental, sin embargo, es estratégica, y se revela en dos contradicciones: una, entre los propósitos de Chávez y los de sus Gobiernos acompañantes; otra, entre la parte visible y oficial de su ímpetu y las acciones subterráneas y hasta subversivas que lo acompañan.

El interés de Petrochávez es político-ideológico: confrontar a Estados Unidos, proteger al régimen de Fidel Castro, hacer de Venezuela una potencia regional y obtener apoyo y legitimidad en organismos internacionales. La mayoría de sus socios (con excepción de Cuba y, parcialmente, Argentina y Uruguay) pretenden otra cosa: beneficios concretos. Querrán moderar la influencia estadounidense, pero no generar una relación de hostilidad con Washington. Y lo menos que desean Gobiernos tan disímiles como los de Brasil, Perú o República Dominicana es que Caracas se convierta en eje de la política latinoamericana.

Pero más preocupante aún, para casi todos, es el componente subterráneo de las acciones chavistas, que se reflejan en su apoyo al líder cocalero boliviano Evo Morales, la tolerancia o colaboración con los guerrilleros colombianos, y el estímulo a grupos en diversos países, incluyendo los "Sin Tierra" de Brasil, para incidir en la política local por vías de hecho.

¿Cuánto tiempo sobrevivirán, sin hacer crisis, tantas debilidades y tan profundas contradicciones estratégicas? Quizá mucho, si Chávez modera su ritmo y abre más su chequera. Pero poco, si comete imprudencias, se reducen sus ingresos o hace crisis una precaria legitimidad democrática que las últimas elecciones municipales han puesto más en duda.

El autor es ex director de La Nación

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