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Modernidad y enfermedad
Xavier Sáez-Llorens
Es innegable que los avances científicos en medicina nos han aportado ventajas sanitarias significativas sobre aquellas vividas en tiempos pretéritos. Como resultado, ahora tenemos la mayor expectativa y calidad de vida de la historia. Lamentablemente, aunque vivimos más tiempo, ahora morimos peor. Ya no presidimos nuestro propio final, somos ultrajados por dispositivos artificiales en condiciones de irreversibilidad y, para colmo, acabamos sometiéndonos al juicio de personas infalibles que se jactan de interpretar los supuestos designios de un hipotético supremo. ¿No sería más razonable y menos soberbio tratar de entender la agonía del ser humano, solidarizándonos con sus sufrimientos y respetando sus últimas voluntades? No le debemos temer a la muerte sino a la forma de morir. Pero, aun peor que morir es nacer sin ser deseado. Para no frustrarme más con esos emisarios divinos, dejo la reflexión y me centro en el título de este artículo.
A pesar de todos los logros científicos, la modernidad puede también propiciar la adquisición de numerosas enfermedades, en la medida que ésta se desarrolle de forma anárquica y sin adecuada supervisión estatal. Aparte de la epidemia mundial de obesidad ocasionada por el sedentarismo, las dietas chatarra y el excesivo fanatismo a videojuegos o pantallas cibernéticas, mencionaré otras formas de modernidad que afectan a nuestro país.
La proliferación de fábricas y automóviles trae consigo contaminación del aire que respiramos, mayor nivel de ruido y aumento del estrés cotidiano, eventos que incrementan la incidencia de asma, cáncer e intoxicación crónica por plomo, sordera progresiva y trastornos sicosomáticos (úlceras gástricas, irritabilidad fácil, hipertensión, fatiga muscular y migrañas). Los desechos de ciertas empresas ensucian ríos y afluentes provocando enfermedades gastrointestinales, hematológicas y neurológicas secundarias al contacto humano o animal con los desperdicios tóxicos vertidos en el agua natural.
La construcción de urbanizaciones, carreteras de penetración y la invasión migratoria hacia terrenos boscosos que merodean regiones urbanas facilitan la distorsión del hábitat natural de roedores, mosquitos, reptiles o aves y la exposición de los ciudadanos a estos reservorios animales de patógenos exóticos. Enfermedades tales como malaria, chagas, hanta, leishmaniasis, leptospirosis y mordeduras de ofidios, entre otras, persisten o resurgen cada vez que los humanos deciden alterar la ecología circundante.
Aunque la globalización aporta innumerables beneficios en materia de comunicación, educación y transferencia de conocimientos, las desigualdades económicas de nuestros países se han amplificado debido a que las modernas políticas neoliberales han sido implementadas de forma abrupta y excesiva, propiciando la exclusión de segmentos poblacionales carentes de adecuada educación para enfrentar nuevos retos y favoreciendo, por cercanía del poder económico, la diseminación de actividades de corrupción en gobiernos y empresas. Por tanto, pobreza y hacinamiento en poblaciones marginadas y ajenas al progreso social agravan los índices de desnutrición, tuberculosis e infecciones de toda índole. Esta abandonada humanidad está también alejada de conceptos elementales en anticoncepción, asimetría que redunda en difusión de infecciones sexuales y aumento de embarazos no deseados, partos prematuros, abortos clandestinos y muertes maternas. La construcción de autopistas pareciera ser una derivación saludable de la modernidad porque descongestiona el tráfico estresante y contaminante de las ciudades. No obstante, si estas obras no son apropiadamente reguladas y supervisadas, pueden ocasionar más perjuicios que provechos. Aparte de las señalizaciones que deben ejecutarse para evitar accidentes (una de las primeras causas de muerte en el país), los Gobiernos deben poner especial atención a las obligaciones asumidas por las empresas constructoras al ganar licitaciones.
Por ejemplo, en el caso del Corredor Sur, la empresa ICA se comprometió a retirar la tubería subterránea que atravesaba el antiguo aeropuerto de Paitilla (ahora Centro Comercial MultiPlaza) y reemplazarla con un tramo que desembocaría en el mar frontal a Boca La Caja. Esta empresa no cumplió la promesa y por sólo 225 metros de tubería pendiente, más de 43 millones de galones de aguas negras se vierten diariamente en el río Matasnillo, bajo el puente de Vía Brasil. Aparte de la pestilencia a que se exponen los transeúntes y habitantes de estas áreas, el contenido fecal del asqueroso líquido ocasiona infectación por parásitos, diarrea bacteriana, dermatosis e intoxicación intestinal. Lo más triste de todo es el peloteo existente entre MOP, MINSA y Alcaldía para dirimir qué entidad presiona a la empresa a cumplir su obligación contractual. La ampliación del Canal es otro tema que convendría también analizar de forma sanitaria. En las riberas de esta maravilla arquitectónica existe un sinfín de microbios tropicales dispuesto a agredir a los invasores de sus tierras. Sólo basta rememorar las tumbas de franceses y afroantillanos que sucumbieron a la fiebre amarilla, histoplasmosis y otras pestes tropicales por intentar desafiar a la sabia naturaleza. Es más, recientemente hubo un brote de encefalitis equina que afectó a los moradores del borde canalero entre Coclé y Colón y, en la misma área, mi equipo de investigación, en colaboración con el Instituto Gorgas y el CDC de Atlanta, confirmó la muerte de una niña por ricketsiosis, enfermedad transmitida por garrapatas de animales silvestres.
La meta de todo Gobierno visionario es lograr una modernidad sana para su país. Esto se consigue supervisando cuidadosamente las obras que se desarrollan, respetando al máximo los estudios ecológicos de las áreas a modificar y obligando a las empresas, a través de multas cuantiosas o estadías carcelarias, a respetar las cláusulas de los contratos otorgados. De lo contrario, seguiremos los pasos de algunos conquistadores españoles que en lugar de traer civilización, propiciaron la sifilización de América Latina.
El autor es médico
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