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Panamá, domingo 14 de agosto de 2005
 
 
COMER Y BEBER
COCTELES LATINOS
 
Los cocteles latinoamericanos, se están imponiendo en todas partes; la gente los asocia con el trópico, con su música, con su clima, y con esa copa en la mano se cree realmente transportada a los países de origen. 
 
CAIUS APICIUS 
mosaico@prensa.com 
 
Casi de puntillas, con timidez, parece estar repuntando un arte que se creía en grave peligro de extinción: la coctelería. La gente está volviendo a pedir algunos cocteles, aunque los más demandados ahora no sean los que lo eran hace años.

Se ve pedir un dry martini, para muchos el rey de todos los cocteles, a la hora del aperitivo; pero curiosamente no es a la clásica hora del coctel, sino por la noche, después de cenar, cuando se agitan más cocteleras... y se exprimen más limones.

Porque los cocteles más en boga son, justamente, aquellos que tienen como ingrediente importante el jugo de limón. La combinación es vieja: un alcohol, jugo de limón y, si acaso, un poco de azúcar para contrarrestar la acidez. Lo que pasa es que los viejos cocteles de alcohol y limón, como el gin fizz o el tom collins, no están ahora de moda.

Son otros. Y, curiosamente, esos combinados nos permiten darnos un paseo por América, de norte a sur. El whisky sour (bourbon y limón) nos lleva, naturalmente, a Estados Unidos; pero enseguida podemos viajar a México, para tomar un margarita (tequila, triple seco y limón), con los bordes de la copa impregnados de sal.

Otro saltito y estamos en Cuba, para bebernos un daiquiri (ron y limón), un coctel que parece tener bastante que ver con la guerra de 1898 y en el que dicen que intervino Alice Roosevelt, hija del entonces vicepresidente, luego presidente, de Estados Unidos, Theodore Roosevelt.

Seguimos exprimiendo cítricos, en este caso limas, y bajamos hasta Brasil para disfrutar de una caipirinha (aguardiente de caña y limas machacadas), una bebida que se ha puesto de moda en Europa los últimos años y que sigue arrasando en las noches madrileñas.

Por fin, llegamos al pisco sour (pisco y limón), que nos transporta a Perú y a Chile; ambos países se disputan el origen y la supremacía del pisco, un magnífico aguardiente elaborado con el hollejo de uvas viníferas, en parecida línea que los orujos gallegos y las grappas italianas.

Ya ven cómo hemos dado una vueltecita por América con la coctelera en una mano y el exprimidor de limones en la otra. La verdad es que todos esos cocteles están muy ricos, entran muy bien en una noche de verano: el limón produce una muy agradable sensación de frescor.

El problema es... la mesura. Es muy fácil beber cualquiera de esos combinados; apetece, está frío, refresca... pero tiene una dosis de alcohol que hay que tener en cuenta. Como tampoco son tragos muy largos, se acaban pronto, y la tentación de pedir otro es muy fuerte.

De todos modos, estos cocteles americanos, que, salvo el whisky sour son latinoamericanos, se están imponiendo en todas partes; la gente los asocia con el trópico, con su música, con su clima, y con esa copa en la mano se cree realmente transportada a los países de origen. Una sencilla forma de viajar sin pasar los controles de los aeropuertos.

Los que sí que hay que pasar, en cambio, son los de alcoholemia. Disfruten de estos cocteles, pero con prudencia; no olviden que una copa está bien, que dos son muchas y que tres, una vez caliente la boca, son... pocas. Mídanse bien.
 

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