El Gatopardo, de G. de Lampedusa, impresiona por su belleza descriptiva y cautivante trama con frases que no tienen desperdicio, colmadas de sabiduría que se posicionan ante problemas ontológicos de siempre desde una luz que, sin llegar al sarcasmo, tienen el dolor agónico de la ironía de quien comprende la vida desde el mejor punto de mira, el último; y la desesperanza de un hombre inteligente que no solo ve próximo su fin, sino el de un mundo que moría tragándose valores para él imprescindibles.
La novela es de lectura obligatoria, con una narración que atrapa con elegancia e imágenes que invaden y derraman nuestra capacidad de concebirlas hasta hacerla sensorial. Lo que dice un narrador omnisciente y las profundas introspecciones del protagonista se funden en un haz ideal para una comunicación perfecta con el lector. Se cuenta la historia de una familia, en un momento crucial de Italia, en la Sicilia invadida por los soldados de Garibaldi y del rey Vittorio Emmanuelle II, en el que se lucha por la unificación. Se trata de la estirpe de los Salina, que representa la del autor. Fabrizio de Salina, príncipe siciliano que ve cómo su mundo se acaba. Sabe que no podrá hacer nada y no lo hace, aunque los mismos seres que el nuevo mundo ostenta salvar, añoran el pasado y se lo imploran. Esta obra abre un panorama imprescindible para comprender un poco la idiosincrasia del siciliano, tan parecida a todas.
Un problema antiguo como el hombre, la necesidad de cambios sociales y lo que implica cuando se dan porque hay hombres marginados que no aguantan más. Pero visto desde la perspectiva del antiguo poder que defiende las tradiciones, las buenas costumbres y el amor a normas basadas en la honradez verdadera, sobre la que no hay duda porque se aprendió al nacer, la agonía de una clase noble que, a veces, solo estaba preparada para mandar, no para defenderse. Independientemente de la razón indiscutible y legitimidad de una nueva clase social que emerge de la injusticia que se da en la indolencia de algunos de aquellos nobles, que valoran más un adorno o un detalle social correcto, nimiedades, porque no sabían otra forma de ser, Lampedusa logra por un instante plantear la duda de que si la proclamada justicia de esos cambios, que no siempre se dieron ni se dan por amor al prójimo, fue y es recibida con agrado por ese prójimo que a veces añora las leyes del señor, quizá porque venía de uno tangible y real, premio o reprimenda, ante la intención indefinida de la despótica presencia del soldado convertido en jefe siendo su igual y hasta su inferior. Armas y justicia abstracta, pero mortíferas, pues pueden dirigirse en contra del prójimo salvado. ¿Acaso no sigue siendo ese el problema? Y, las más de las veces, ¿no se circunscribe todo al maldito interés? Tener dinero, tener éxito, tener razón, tener, tener, tener...
Giuseppe Tomasi
Lampedusa
Príncipe de Lampedusa y Duque de Palma, creador de una única obra que salió al mundo un año después de su muerte, acaecida en 1957. La novela está considerada como una de las mejores de la literatura italiana del siglo XX, uno de los clásicos de la literatura universal, más allá de lo que soñó su creador. Lampedusa es descendiente de los príncipes de Palma de Montechiara, nació en Palermo, Sicilia, en el año de 1897, en una familia aristocrática venida a menos, con blasones en los que se encuentra la figura de un gatopardo, animal que simboliza la esencia de su estirpe. Él mismo dijo de su novela: "El gatopardo sigue siendo la parábola de un mundo y de una clase social descritos con ironía y con una tenue sombra de añoranza. Porque acabados los Gatopardos y los Leones, ya no habría más que chacales y hienas".
Personajes que han cobrado vida
La hombría excepcional
Además de algunos héroes indispensables y hasta patéticos como D. Alonso Quijano, Romeo, Frankenstein, Edipo, El principito, Tarzán... hay otros seres de papel con carta de eternidad real, como Odiseo, el héroe de dos clásicos grandes de la literatura, cuyo nombre ha propiciado un sustantivo equivalente de dramas y desgracias que vencer para conseguir un objetivo. En este aparte debemos incluir también a algunos animales, como 'Moby Dick', 'Chita', 'Rocinante'... Y cosas, La rosa, Colada, Tizón parte del heroísmo, eternos también.
Lo femenino y lo eterno
Anna Karenina. León Tolstoi
En ella, por humana, se encuentran todas las mujeres aun sin haber pasado por las mismas circunstancias. De tinta es tanto Lolita, la niña-mujer fatal, como Remedios la bella, culpables e inocentes como una bella maldición. Úrsula Iguarán, nuestra, real, eterna... Sabemos hasta sus miedos, respetamos su valor y esperamos saberla siempre remozando su casa por enésima vez. Emma Bovary, la amiga con quien de algún modo conmiserativo y leal nos solidarizamos.
Simbolismo aterrador
La metamorfosis, Franz Kafka
Uno de los personajes más emblemáticos del siglo XX, Gregorio Samsa, donde se refleja todo burócrata sumergido en sus necesidades, anulado por la consecución de paliativos que lo hacen cada vez más dependiente de aquellas, encerrándolo en el circulo vicioso de una realidad cruel. Igual que el otro Ulises, el alter ego moderno del primero. Y con otra angustia, la de Peter Pan, se presenta Oscar Matzerath y su tambor, tan eterno como él
Americanidad, soy como tú
Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.
Dicen que cuando Gabo mató al hacedor de pescaditos de oro, el coronel de muchas batallas, lloró. Se había descuidado y lo llevaba en el alma. Es lógico: acaso, después de conocerlos, podemos olvidar al Borges, a Pedro Páramo, a Martín Fierro... Y para signar lo nuestro a Rafael, a Manosanta... Mis disculpas por el poco espacio, pero les insto a pensar en otros nombres. Después de todo la literatura nos ha legado amigos y enemigos que conocemos íntimamente; quién se atrevería a negar esa realidad que llevamos dentro.