Trajes caros, bombín, su delgada figura e inconfundible voz. Así todos recordaremos a Ibrahim Ferrer, una de las principales figuras del grupo denominado Buena Vista Social Club. Muchos de nosotros tuvimos la oportunidad de conocer a Ferrer y al resto de los músicos en su más reciente etapa de artistas, aquella que los dio a conocer de manera global. Sin embargo, pocos conocieron de la existencia de estos músicos cuyo trabajo había caído en el olvido por el efecto implacable del tiempo.
Músicos de la talla de Omara Portuondo, Compay Segundo, Rubén Gonzáles, Elíades Ochoa, Barbarito Torres y Guajiro Mirabal tuvieron gran renombre años atrás cuando el son era el género que ocupaba las salas de baile. Pero de Ibrahim Ferrer pocos escucharon hablar y no porque no tuviera méritos suficientes.
Él mismo llegó a pensar que una especie de maldición lo perseguía. Una maldición que no le permitía despegar de un lugar anónimo en las orquestas donde participó.
El principio
Ibrahim Ferrer nació en 1927 cerca de Santiago, en la Cuba Oriental (la parte de la isla donde nacieron el son y el danzón).
Su madre dio a luz en un club social de baile, lo que no significa que su vida fuese plena de alegría.
Durante su infancia casi muere de tétanos y aunque quería ser doctor, a la muerte de su madre, cuando tenía 12 años, tuvo que salir a las calles a vender caramelos y palomitas de maíz para poder sobrevivir. Ir a la escuela era un lujo que no se podía dar. Ferrer se aferró a la música como su aliada y la mejor manera de disfrutar las tardes de amigos.
Un año después, junto a su primo, empezó un grupo, Los jóvenes del son, para cantar en las fiestas del barrio. En su primera actuación ganó un peso y medio, y se sintió como un millonario.
Continuó cantando en varios grupos, Conjunto Sorpresa, Conjunto Wilson, y Maravilla de Beltrán de Pacho Alonso.
En 1955 tuvo un exitoso disco El platanar de Bartolo con la orquesta más popular de Santiago, Chépin-Chóven. Esto le reportó cierta fama local, pero fuera de Santiago nadie supo de quién era la voz que interpretaba el tema.
Se trasladó a La Habana en 1957 y trabajó con la orquesta Ritmo Oriental y con Beny Moré, antes de reunirse con el grupo de Pacho Alonso quien también se trasladó a La Habana, con el nombre de Los Bocucos, nombre dado por un tambor que se usaba en los carnavales de Santiago.
En todas estas representaciones Ferrer fue contratado para cantar guarachas, sones y otros números con ritmo. Pero el sueño de toda su vida era ser cantante de boleros. Pasarían años antes que pudiera lograr su meta, pues según sus colegas no era lo suficientemente bueno y su voz era solo adecuada para números de baile.
Mala suerte
A lo largo de su carrera, Ferrer creyó estar marcado por la mala suerte y la mala fe de otros músicos. Se sentía querido por el público, pero no por sus colegas. Canciones hechas a su medida eran entregadas a otros cantantes, y cuando fue su turno y se le presentó la oportunidad de cantar el bolero Santa Cecilia, los arreglos musicales desaparecieron misteriosamente.
Este no fue el único percance que tuvo en su carrera. Cuando La historia de Benitín, una de sus canciones, se hizo popular en televisión, su banda se encargó de hacerle saber que la canción era basura. Se sintió tan humillado, que se juró no volverla a cantar nunca más.
Aunque su música contaba con un número cada vez mayor de seguidores, los grandes maestros lo buscaban y su nombre era ya bastante conocido en los más importantes círculos musicales de Cuba, Ferrer perdió el entusiasmo por la música y decidió renunciar a todo al final de la década de los años ochenta. Estaba desencantado. Ni sus más cercanos amigos supieron qué pasó con él. Muchas veces se le vio lustrando zapatos en las calles y su antigua casa la cambió por una pequeña pensión donde se encerró retirado del mundo.
Giro inesperado
En 1997 sus amigos lo convencieron de salir de su retiro y regresar a la música para grabar su debut con la orquesta Afro Cuban All Stars, el álbum A toda Cuba le gusta , pero Ferrer no tenía idea del giro que daría su vida cuando Juan De Marcos González, un conocido director musical fuera a buscarlo para convencerle de que cantara un tema en un proyecto del productor estadounidense Ry Cooder llamado Buena Vista Social Club.
Ni siquiera tuvo tiempo de darse un baño, solo de soltar los zapatos que limpiaba en ese momento.
Su sorpresa fue muy grande al encontrarse en el estudio de grabación con Rubén Gonzáles, Compay Segundo, Elíades Ochoa, Barbarito Torres, Guajiro Mirabal... gente que él había admirado toda su vida.
La química hizo el resto, y luego de interpretar algunos temas, incluyendo el bolero Dos gardenias, fue escogido no solo para cantar un tema, sino casi todos los de la producción.
La aparición del Buena Vista Social Club logró entonces darle a la música cubana el único ingrediente que le faltaba para popularizarla en los cinco continentes: carácter comercial. El resto es historia. Ry Cooder catapultó al estrellato a estos excelentes músicos cubanos, cuando muchos de ellos se encontraban retirados y viviendo una estrecha realidad económica. Además, los integrantes del club conocieron el mundo y el mundo los conoció a ellos.
Para Ibrahim Ferrer la oportunidad fue como el premio que había estado esperando toda su vida.
Después de la grabación de Buena Vista Social Club, le siguió el documental del mismo nombre, y en 1999, el lanzamiento de su primera producción como solista Buena Vista Social Club Presents Ibrahim Ferrer.
Participó haciendo colaboración en los proyectos de la Afro Cuban All Stars, Barbarito Torres, Omara Portuondo y Rubén Gonzáles.
Más adelante, en 2003, presentó su segundo álbum como solista denominado Buenos hermanos, que le valió un Grammy que no pudo recibir en la ceremonia, pues Estados Unidos no le concedió la visa para viajar.
A manera de resumen, Ibrahim Ferrer acumuló en los últimos años varios premios Grammy, numerosos discos de oro, ganó el prestigioso premio MOBO en el Reino Unido, fue galardonado en la categoría "Músicas del mundo en América" para el premio de la BBC Radio 3, celebrado en Edimburgo, Escocia, en 2004.
Sueño hecho realidad
El año 2005 encontró a Ferrer con planes establecidos para un proyecto nuevo y diferente. Ya no se trataría de ritmos movidos. Había llegado el momento de hacer su sueño realidad.
Hace pocos meses se inició la gira promocional de su último trabajo discográfico Mi sueño, A bolero songbook, una colección de boleros con el que se distanció del tradicional son cubano con un acompañamiento jazzeado.
La gira, que se llevó a cabo en Europa, terminó aproximadamente hace dos semanas y Ferrer regresó a La Habana donde días después, a causa de una repentina dolencia gastrointestinal, fue ingresado en un hospital.
La noticia se dio a conocer el pasado domingo. Ferrer había fallecido el día anterior, 6 de agosto, a media tarde.
La vida le dio la oportunidad de hacer realidad su sueño antes de partir.
"La única cosa que no quiero es morir. Por lo menos, no ahora. ¡Por favor!
Por lo menos un poco más de tiempo para disfrutar todo esto más..."
Ibrahim Ferrer