Pues mira qué bien. Estamos celebrando el aniversario de la ciudad de Panamá, aquella que recibe el nombre por su abundancia de flores, de peces, de mariposas. De manzanillos y pillos, y otras faunas que desafortunadamente en vez de extinguirse prosperan, como el pie de atleta, en nuestro petri tropical. Mientras tanto, los índices de pobreza, de desempleo, son mayores a los de hace 25 años, cuando se fundó La Prensa. O sea que la democracia no ha podido combatir ni la naturaleza del panameño ni las corrientes económicas de la globalización, que parecen desfavorecer a los chiquitines como nosotros. Y ahora con el TLC, pobres agricultores, que no pueden competir con el precio internacional del tomate ni con un rosario agrícola subsidiado por el Tío Sam, así que a buscar cultivos alternos que puedan competir en el marco económico universal.
Con todos los desmadres que están sucediendo, veo, al mejor estilo empresarial, una ventana de oportunidad, que les quisiera plantear a los señores ministros Cortizo y Alleyne. Ahora que Estados Unidos va a estar triplemente ocupado con el rollo nuclear de Irán y Gran Bretaña, el otro gran perro guardián y aliado, está esquivando petardos en Londres, qué tal si legalizamos la marihuana y la establecemos como cultivo no tradicional. Así podríamos abolir el consumo del tabaco, y para quienes requieren de una panacea, suplantarlo por el de marihuana.
No es una idea descabellada para nada, si lo piensas. La marihuana al menos tiene muchas cualidades que el tabaco no tiene, como p.e., efectos terapéuticos para los pacientes de cáncer, ya que aminora las náuseas producidas por la terapia. ¿Que produce adicción? ¡Jo!, entonces tendrían que prohibir el alcohol y los casinos también. Respecto a "adicción": viene del latín addictu, apegado, dedicado. Y pues todos somos apegados a algo y no creo que el Dalai Lama tenga pasaporte panameño (ya sabemos que el Papa no es tercermundista). Y el alcoholismo (del árabe alcohl, colirio) produce más muertes por accidentes y el tabaquismo (del ár. clás. ?ub[b]aq) mató hasta al Marlboro Man. Y ni hablar de la ludopatía (del latín ludus, juego y pathos, afección, enfermedad), ese impulso morboso e irresistible por los juegos de azar, perfectamente condonado por la ley como se puede ver por la proliferación de casinos por todo el país.
Así que sugiero que legalicemos la marihuana, ya que los cancerberos de este mundo están demasiado ocupados, y como dicen que de tal palo tal astilla y todos sabemos que papá Bush apoyó a Cara de Piña mientras le fue conveniente, pues Baby W de seguro entrará en razón ahora que dizque quiere una de las bases del Canal para el rollo que tiene montado con Colombia. Y un poquito de marihuana en Panamá no es un precio muy alto que pagar por la avalancha de cocaína que están consumiendo los pelaítos en gringolandia.
Es más, podríamos desarrollar toda una serie de industrias a partir de ella (aunque no se las podría llamar industrias sin chimenea, mira qué cómica soy). Qué tal si resulta que logramos interesar al Instituto de Investigación de Cáncer Sloan-Kettering, montamos una sede en Azuero y desarrollamos esa zona, creando un núcleo urbano -lo que tendría un efecto secundario positivo al desviar la corriente de migración del campo hacia la capital, aliviando la infraestructura citadina- con aeropuerto internacional y todo, para la cura del cáncer. Montamos un centro de convalecencia donde los pacientes puedan cosechar, secar, etc., su propio quenque, ruleárselo y fumárselo en una cómoda hamaca. Y así de una vez por todas sería prioridad, por ser rentable al menos, erradicar el virus hanta (lo paga el Sloan-Kettering). Eso sí, habría que capacitar a técnicos, porque con el track record de los manes del Radiológico, nos veo mal. Y en vez de tener el problema de la gente que hace cirugía plástica sin licencia, podemos hacer una especie de centro de detención, y hacerlos pagar su condena inyectándole botox a los ricachones del Viejo Mundo, con su euro fuerte. Cercamos un potrero con un bohío, ofrecemos chicheme en vasos lindos con paragüitas y lo llamamos agroturismo spa. Al fin y al cabo, ésta es la tierra del chanchullo creativo.
O, para mejorar la situación económica de Colón, a orillas del Chagres ponemos un hotel bien cachimbón, para captar el turismo de babyboomers y hippies viejos que están buscando donde jubilarse. Porque en Colón debe haber mano de obra capacitada para dar clases de rulear bates (Hey, no me vengan con que tacho a los colonenses de mariguaneros, no es mi intención discriminar) y además si Valle Escondido, Boquete, ha tenido tal éxito, podríamos engancharlos con un crucero que pare dos días en el resort, completo con plantaciones de marihuana -eso sí, totalmente orgánica, que está de moda no usar pesticidas y así se puede cobrar más- para que consideren jubilarse en Panamá. Y como esos tipos son conservacionistas y la tierra en costa abajo del litoral colonense todavía no está muy cara, hacemos un programa de fifty-fifty: Por cada hectárea de construcción o tala, se deja una hectárea al natural, para preservar el hábitat, y así interesamos a la sociedad Audubon para que meta a un chorro de gente en el mismo crucero y vengan a observar pericos.
Y flores, y pececitos de colores y mariposas psicodélicas. Y si crees que mi propuesta es descabellada, mira todos los desmadres que permite la ley, y reflexiona. Porque yo tengo ya, hasta el eslogan perfecto para el Ipat: My Name is Panama Red.