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Lluvias, inundaciones y viviendas
Martín Isaac Donderis
Han comenzado las lluvias y cíclicamente las imágenes de las tragedias anunciadas van pasando en nuestras pantallas en medio de las frivolidades de la farándula, las trivialidades de los deportes y uno que otro escándalo de nuestros políticos, o de los desafueros de nuestros gobernantes que aquí y allá prometen investigaciones exhaustivas y cambios radicales, que se olvidan a conveniencia para volver, cada nuevo año, con rasgada de vestiduras y promesas de acciones, a perderse en un nuevo ciclo del olvido, hasta que las nuevas lluvias bajen cerro abajo, descolgando viviendas y sueños o ya en los llanos el nivel de las aguas ascienda más allá de esa marca que en el pasado dejó tras la puerta, cuando las camas y sus colchones flotaron en medio de un espeso lodo que dañó además del nuevo equipo de sonido, el viejo televisor de la abuela y se engulló el precario mercado olvidado.
Deslizamientos silenciosos que con un agónico quejido apenas avisan; terrones fofos y piedras duras, raíces añosas de otrora frondosos árboles talados para dar paso al urbanismo precario, desordenado –casi caótico– en que nos desenvolvemos tanto formal como informalmente; aguas negras y basura que bajan por abiertas cañadas o en medio de las insinuantes vías; niños mocosos ateridos y hambrientos, huérfanos y olvidados en su forma violenta de vivir de cada día, llorosos y asustados por los truenos, ignorantes y osados por el azar que buscan en su inocencia ya no la próxima comida, la que no importa porque ya se han acostumbrado a ayunar, sino un lugar seguro y seco para dormir y soñar con un mejor mañana.
Las imágenes de Bocas del Toro a principios de año, y las recientes inundaciones con pérdida de vidas y bienes, simplemente son el reflejo de que poco o nada se ha hecho desde el desastre de Prados del Este, en septiembre pasado, y que, tal cual parece, continúa ocurriendo, pero mañana o pasado pueden ser nuevamente las del río Aguacate en el área de Arraiján o de cualquier otro lugar de nuestra geografía e incluso de las de soñadas o añoradas y especiales referencias de la globalidad en países del mal llamado primer mundo o en anónimos villorrios del tercero, cuarto o quinto universo.
Porque pese a las víctimas de todos los años, al dolor y al llanto, el hombre sigue arrasando su entorno, sigue construyendo, vertiendo basura y desaguando en lugares prohibidos, y ante la tragedia claman solidaridad los medios de comunicación y se auto-nombran redentores con campañas de recogida de fondos, frazadas y alimentos, tratando de suplir al Gobierno que no previene, poco enmienda y poco hace por investigar la actuación de los profesionales responsables, tanto en el aspecto de diseño como en el de la construcción, y la actuación de los funcionarios que siguen siendo cómplices silenciosos, aquellos por su falta de visión, y éstos, por su acomodaticia falta de autoridad.
¿Cuántos muertos más serán necesarios para que las autoridades nacionales y municipales dejen de echarle la culpa al "General Invierno"? Y mejor reconozcan que buena parte de la responsabilidad es de ellos y de quienes los precedieron en sus cargos, por no haber tenido la suficiente autoridad para proteger y preservar las fuentes de ríos y quebradas, por no hacer cumplir las normas mínimas y permitir que se construya y contaminen por no hacer los elementales mantenimientos y saneamientos en los tiempos oportunos y no luego con el agua al cuello.
Pérdidas cuantiosas que cíclicamente van aumentando se le sindican siempre al General Invierno, como si fuera algún insurgente que además de talar selvas y sembrar con productos agroquímicos prohibidos internacionalmente, se dedicara a desviar cauces, a urbanizar en donde no es debido, a arrojar heces y escombros; basta ya, reconozcamos nuestra culpa en justicia y reparación, antes de que nos afecte el olvido, como en el caso de la extinción de monos, lagartos y elefantes o, lo que es peor, acostumbrarnos a un espacio público invadido.
La apatía y la falta de autoridad han sido y no deben seguir siendo la causa de muchos daños que año a año se repiten; hagamos acciones heroicas, reforestemos en ríos y cañadas, reubiquemos a aquellos que viven en zona de riesgo, que motivados por la pobreza contaminan y siempre son las víctimas; eduquemos y formemos al hombre del mañana para que no deban luego ellos seguir acusando al pobre General, que anda perdido en su laberinto.
El autor es arquitecto
Además en opinión
• Progresistas sin espejo retrovisor: I.Roberto Eisenmann, Jr. • Propuesta para el diálogo: Rafael Pérez Ferrari • Lluvias, inundaciones y viviendas: Martín Isaac Donderis • Desafíos del derecho ambiental: José H. Santos • Los dueños de la calle: Dílmar Darío Rosas G.
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