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Panamá, miércoles 10 de agosto de 2005
 

democracia.

Lucha contra el terrorismo

Álvaro de Vasconcelos

Los atentados con bombas en Londres y Turquía han traído al primer plano las antiguas ideas de que los regímenes autoritarios están mejor equipados que las democracias para luchar contra el terrorismo y de que semejantes ataques son el precio que pagamos por la libertad. Para algunos, se trata de un precio que vale la pena pagar; para otros, los costos parecen demasiado altos.

Pero, si examinamos sus ejecutorias, vemos que las democracias cuentan con armas más eficaces para luchar contra el terror que los regímenes autoritarios. De hecho, cuando las democracias abandonan su ética y no se resisten a la tentación autoritaria es cuando se vuelven más débiles.

Naturalmente, la lógica en la que se basan los llamamientos para limitar nuestras libertades tiene un atractivo simplista: los extremistas aprovechan nuestras libertades para cometer sus crímenes, por lo que, para prevenir el abuso de la libertad, hay que reducir su alcance. Sin embargo, el error consiste en que las sociedades abiertas son más permisivas y vulnerables ante el terrorismo que las que viven bajo regímenes autoritarios. Basta con observar la Rusia actual o recordar la Argelia del decenio de 1990.

Cierto es que la democracia y el estado de derecho no brindan una garantía de seguridad infalible, pero esa garantía es un espejismo, en cualquier caso, mientras que el respeto de las libertades fundamentales y de los procedimientos debidos, al reprimir el terrorismo, es un instrumento poderoso para aislar a los extremistas y disminuir su legitimidad ante quienes podrían identificarse con su causa. Por ser Gran Bretaña una democracia que respeta el estado de derecho es por lo que ha podido movilizar a amplios sectores de su comunidad musulmana.

En cambio, la represión de civiles por los regímenes autoritarios y su falta de diferenciación entre civiles y asesinos brinda a los extremistas condiciones favorables para reclutar a sus seguidores, al desacreditar al Gobierno ante una parte importante de su población. Una actitud indiferenciada del islamismo político que no distinga entre quienes rechazan la violencia y quienes recurren al terror no hace sino facilitar la labor de los extremistas, pues aparecen como adalides de causas que no reflejan sus auténticos objetivos.

Rusia brinda pruebas concluyentes de la impotencia de la violencia autoritaria y del desprecio del estado de derecho. El presidente Vladimir Putin emprendió una política de tierra quemada en Chechenia, con lo que hizo que mucho nacionalistas chechenos se pasaran al bando de los terroristas. Los ataques terroristas a Rusia no cesaron ni decayeron. De hecho, recuérdese el terrorismo en Beslan en septiembre de 2004, en el que en un solo ataque a una escuela resultaron muertas más de 330 personas.

También el Irak está revelando los límites de la violencia ilegítima en la lucha contra el terrorismo. El gobierno de Bush parece estar dándose cuenta de ello ahora. Sería un error creer que las muertes de miles de civiles, junto con el encarcelamiento arbitrario y la tortura no contribuyen a la diseminación del terror en el Irak. Al fin y al cabo, las víctimas de la tortura son la mejor publicidad para el reclutamiento de terroristas.

Además, a la hora de luchar contra el terrorismo, las democracias son más eficaces política y operativamente, en particular en cuanto a sus servicios de inteligencia. Las fuerzas de inteligencia en los estados autoritarios o están muy centralizadas o tienen tendencia a convertirse en centros autónomos de poder. En los dos casos, no están sujetas a procesos públicos de examen y rendición de cuentas. A consecuencia de ello, pierden su capacidad con el tiempo para evaluar sus acciones y errores con sentido crítico.

Los servicios de inteligencia en situaciones democráticas suelen tener mecanismos de supervisión que sirven para limitar los abusos de poder y garantizar acciones eficaces castigando a los funcionarios superiores que no desempeñen sus funciones adecuadamente. En Estados Unidos, un poderoso comité del Senado compuesto por representantes de los dos partidos supervisa directamente a los servicios de inteligencia. En su informe sobre la incapacidad de los servicios de inteligencia, en particular la CIA y el FBI, para prevenir los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 figuraban también diversas recomendaciones para la reestructuración de dichos servicios con vistas a volverlos más eficaces.

La respuesta de Europa al terror, requiere, por encima de todo, el fortalecimiento de sus servicios de inteligencia para que puedan descubrir y desmantelar las células terroristas, sin por ello dejar de respetar los derechos básicos y los procesos debidos. También requiere una mayor coordinación entre todos los estados miembros de la Unión Europea y sus aliados y socios.

Al mismo tiempo, el planteamiento de la lucha contra el terrorismo mediante el estado de derecho debe ser un pilar de la cooperación europea con terceros países, a saber, con los del Mediterráneo o con el Paquistán, gracias a lo cual se contribuirá a una concepción de la seguridad que propicie la democratización. La profundización de la democracia consiste, a su vez, en permitir una plena participación civil, incluso de los grupos islámicos no violentos. Hay que defender el derecho a la libertad de expresión y de reunión pacífica para quienes se sientan marginados e indignados ante las que consideran -como también la mayoría de los europeos- injusticias cometidas contra los palestinos, los chechenos y los iraquíes.

Por último -y no se trata de lo menos importante-, para luchar contra el extremismo identificatorio, es necesaria una mayor capacidad para integrar a todos los que viven dentro de la UE. La respuesta al terrorismo debe ser la de reafirmar el valor del estado de derecho frente a la represión arbitraria y de la diversidad que caracteriza a las ciudades de Europa, en particular Londres y París, pero cada vez más a muchas otras de toda la Unión.

No podemos -ni, de hecho, debemos- ceder ante el terror construyendo muros en torno a nuestras sociedades y dentro de ellas. La mejor respuesta al extremismo intolerante es la de cultivar una sociedad abierta y pluralista que trate a todos cuantos viven dentro de sus fronteras como ciudadanos de pleno derecho. Europa hizo de la diversidad uno de sus rasgos constitucionales y ésa es la razón por la que ha tenido tanta repercusión en el mundo. La mejor forma de honrar la memoria de las víctimas del terror, ya sean de Londres, Sharm el-Sheij, Madrid, Casablanca o Nueva York, es proteger esa esencia.

El autor es director del Instituto Portugués de Estudios Estratégicos e Internacionales


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