| ETNIA.
Mi hija se va a llamar Nubgidili
Irik Limnio
El 14 de julio de 2005, la señora Virginia Rivera, kuna de nacimiento, se levantó muy temprano para registrar a su primera hija, quien con orgullo llevaría el nombre de su bisabuela. Esta había sido la promesa de Virginia cuando su abuela estaba moribunda.
Virginia tomó el bus y se dirigió al registro civil, oficina ubicada en la ciudad de Panamá, al costado del Parque Porras. Ella dijo a la funcionaria: "vengo a registrar a mi hija, su nombre es Nubgidili", en su rostro se dibujaba mucha alegría, puesto que seguiría ella nombrando a su abuela en su propia hija. La felicidad de aquella mujer duró muy poco: la funcionaria le advirtió, casi malhumorada, que no se admitían nombres extravagantes, por consiguiente ella tenía que optar por un nombre serio como: Natiiska o Sheila o Shaya o Shanida.
La misma señora Virginia me contó su odisea. Esa discriminación, hecha a estas alturas de la historia de Panamá, no solo resulta inaceptable, sino ridícula, fruto de una ignorancia crasa de algunos funcionarios del Gobierno panameño. Y no es la primera vez que esto sucede, hay muchos casos más que han corrido con la misma suerte. Muchas veces, por la insistencia de los progenitores, después de un año de trámite han logrado que sus hijos lleven un nombre kuna. Pero, aquellos padres que no han podido defenderse, o se han cansado de subir y bajar escaleras de las oficinas del registro, han tenido que dar a sus hijos nombres como Dixon, MacArthur, Barrigón, tan ajenos y tan extravagantes para los kunas, los cuales muy pronto se convierten en apodos.
Es muy lamentable que eso ocurra con los nombres en los idiomas indígenas, originarios de Panamá, cosa que a un árabe o a un chino nacidos en Panamá, no se le niega. Aun es mucho más triste el caso de la comarca kuna de Wargandi, donde llegaban los funcionarios a registrar a los bebés, y cuando las madres kunas quieren que sus hijos se llamen Olowigdinape u Olodiwigdi, les dicen: ¡no, señora, ese nombre no!. Empiezan, entonces, con la imposición de nombres de la manera más grotesca, digno de la época de la invasión europea.
Esta es la situación de nuestro país, mientras el mandatario habla de inclusión; de justicia social; de participación efectiva de los pueblos que conforman el país; del respeto hacia el otro como fundamento de la paz social. Esta es la situación real, cuando la Carta Magna señala que: "el Estado reconoce y respeta la identidad étnica de las comunidades indígenas nacionales..." ; cuando reposan firmadas las convenciones internacionales sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial y sobre los derechos de los niños a identificarse con su propio pueblo. Esta es la situación real cuando nuestro país es signatario del Convenio 107 de la OIT relativo a la protección e integración de las poblaciones indígenas y de otras poblaciones tribales y semitribales en los países independientes. Muchos de esos artículos son violados e ignorados por las mismas instituciones del Estado - Nación, falsamente monoétnica.
Recién ha culminado la década de los Pueblos Indígenas, después de 10 años de vigencia, en ese marco las Naciones Unidas han declarado el 9 de agosto día de los Pueblos Indígenas, con el fin de reflexionar sobre la situación de los pueblos en mención, a pesar de esas fechas los avances en materia de justicia socio - cultural aún se vislumbran débiles. La hija de la señora Virginia Rivera es una prueba de la injusticia y discriminación racial que aún galopa en Panamá.
Nubgidili nació amparada por esos instrumentos internacionales, que supuestamente la deberían proteger, mas ese 14 de julio, pudo más la ignorancia de una funcionario que el derecho de una niña de llamarse e identificarse con su pueblo de origen. No le dieron la oportunidad de vivir con un nombre propio, la identidad de su pueblo. No le permitieron ni siquiera explicarles que su nombre provenía de un árbol sagrado, cuyas cortezas son utilizadas en las sacras ceremonias.
Desde aquel día, la pequeña Nubgidili se ha llamado Geychel, no es nombre kuna como quería la mamá, porque quería que su hija se sintiera orgullosa de ser hija de un pueblo con su propia identidad e historia. Mas, a pesar de todo, su nombre es Nubgidili y no Geychel, por más que lo quiera imponer.
Ante todas estas circunstancias me pregunto ¿Qué está pasando en nuestro país? ¿Por qué tanta discriminación? ¿Es este el país que queremos? Creo que nosotros los panameños de buenos sentimientos y justos que habitamos a lo largo de nuestra geografía queremos vivir en hermandad, diferentes en la igualdad, porque somos conscientes que vivimos en un territorio multicultural, pero sabemos, también, que no podemos vivir únicamente en esa multiculturalidad, sino que debemos avanzar hacia el ejercicio de la interculturalidad, la tolerancia, hacia el diálogo e intercambio de valores.
Por lo tanto, es urgente que en este país las políticas educativas tomen otro rumbo, un rumbo que reconozca el valor de la diversidad de las culturas. Un camino que permita que los estudiantes, jóvenes y funcionarios estatales puedan ampliar su dimensión conceptual sobre los pueblos y culturas que habitamos en Panamá, porque Panamá aspira a ser libre totalmente de las cadenas de la discriminación.
El autor es sociólogo
Además en opinión
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