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Panamá, domingo 31 de julio de 2005
 

OCASO.

Precaria encrucijada en Cuba

Eduardo Ulibarri

A mediados de marzo, Fidel Castro reinventó, con curiosos rasgos, su Cuba ideal. Era un país tutelado por el petróleo fácil, los créditos generosos y las ideas brillantes de Hugo Chávez, anclado en la planificación central, con partido único, una moneda apreciada (por decreto) frente al dólar, y una agradecida población transportándose y cocinando gracias a millones de bicicletas y ollas arroceras chinas.

Todo fue planteado con vigencia inmediata, en un discurso que obligó a los ministros, militares, jóvenes comunistas, mujeres federadas y otros desdichados "cuadros" convocados al Palacio de Convenciones de La Habana, a aguantar estoicamente por casi siete horas sus más urgentes necesidades fisiológicas.

Al día siguiente, las autoridades económicas del régimen, sorprendidas por los desbocados anuncios monetarios de su jefe, acudieron a penosos malabares para dar algún maquillaje de "lógica" a las medidas anunciadas.

Pocos, por supuesto, creyeron su perorata. Y cuatro meses después el delirio de Castro ha chocado nuevamente con la realidad. Su impacto, como siempre, lo está padeciendo el pueblo.

Si el problema se redujera a que la milagrosa reproducción de ollas no se ha consumado, a que el inventario ciclístico se mantiene igual, a que el petróleo es más escaso de lo que parecía, y a que el arroz se vende en dosis homeopáticas, habría, al menos, algún espacio para acudir al choteo como bálsamo frente a la aguda adversidad. Simplemente, más (o menos) de lo mismo.

Pero el empeoramiento de la situación ha rebasado las peores predicciones, ha superado cualquier buen humor y ha llevado la vida en Cuba a extremos de desesperación. También, por supuesto, ha traído una inevitable secuela: más represión.

La crisis se precipitó tras el paso del huracán Dennis, que, con su inédito saldo de 16 muertos, reveló el colapso de la defensa civil; pero también reflejó crudamente la demencial psicología del dictador y la fragilidad del andamiaje económico, político y social en que se sostiene.

A pesar de los descomunales daños, Castro rechazó la ayuda de Estados Unidos y la Unión Europea. Se quedó solo con la de Venezuela, que ha sido ineficiente e insuficiente. La duración y frecuencia de los cortes eléctricos subieron a niveles intolerables. El trasporte se paralizó aún más. Y la desesperación de los cubanos ha desatado un ambiente de disconformidad pública que, por primera vez en muchos años, ha preocupado seriamente al gobierno.

Lo que más le inquieta es que hasta la represión primaria y preventiva, usualmente tan eficaz para controlar la vida cotidiana de la población y evitar las expresiones públicas de descontento, también se está resquebrajando. Además, la valentía y capacidad organizativa de la perseguida oposición han dado nuevas muestras de vigor. Por esto, Castro ha acudido a la agresión abierta -mediante turbas de agentes gubernamentales-- contra una serie de pequeñas demostraciones de protesta alrededor de la isla.

La mayor represión fue desatada, el viernes 22 de julio, contra una veintena de disidentes que se concentraron frente a la Embajada de Francia de La Habana, exigiendo la liberación de varios prisioneros de conciencia. El resultado fueron agresiones directas por parte de los matones gubernamentales y 20 nuevos encarcelados.

El miércoles previo, dos grupos de opositores se habían reunido en diferentes lugares de la capital, para conmemorar los 11 años del hundimiento del remolcador 13 de marzo y la muerte de 41 ocupantes que intentaban escapar hacia Estados Unidos. El saldo: agresiones y detenciones.

En los días siguientes, algunos disidentes y manifestantes fueron liberados, gracias a la presión internacional, sobre todo de la Unión Europea. Pero otros permanecen en prisión y el clima de tensión se mantiene.

Como es usual, Castro ha acudido a su repetitiva andanada retórica, presentando cualquier muestra de descontento como una maniobra estadounidense ejecutada por "mercenarios". Pero esta vez el discurso de su ira, aunque estaba destinado a conmemorar el ataque al Cuartel Moncada que, el 26 de junio de 1953, marcó el inicio de su movimiento guerrillero, se produjo bajo techo.

No hubo las usuales movilizaciones forzadas para llenar la Plaza de la Revolución; tampoco, el artificioso tono festivo de otras oportunidades. Todo se sucedió en el cerrado y protegido ambiente del teatro Carlos Marx. Y ni Chávez, ni el petróleo, ni las ollas arroceras, ni las bicicletas, ni el glorioso y revaluado peso, ni el futuro brillante estuvieron presentes. Los grandes protagonistas fueron las amenazas y diatribas. Es decir, el fracaso.

A qué conducirá esta situación, es difícil saberlo. Lo más probable es que, agobiados por el peso de las carencias diarias y acorralados por la represión, los cubanos no tengan más que esforzarse por sobrevivir. Pero, ¿cuánto durarán el aguante popular y la cuerda represiva del régimen?

Hasta hace poco, no era razonable pensar en una transición violenta en la isla. La opción más posible era la de una prolongación de la penuria hasta que la muerte de Castro produjera un cambio de régimen, acompañado de pugnas y hasta choques fratricidas en la cúpula, pero relativo orden general. Ahora, sin embargo, no se puede descartar que, con el dictador aún respirando, algún incidente callejero encienda una chispa volátil, con consecuencias inesperadas, mientras las ollas arroceras se enmohecen por una crónica falta de uso.

El autor es periodista y ex director de La Nación de Costa Rica

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