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Panamá, domingo 31 de julio de 2005
 

medicina.

Conejillos de indias

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Pioneros avances en medicina han sido generados en Panamá por investigadores criollos. Es probable que usted desconozca estas hazañas debido a que el genuino hombre de ciencia no es partidario de explotar sus descubrimientos para beneficio propio ni pagar espacios periodísticos para inflar su ego. Este país, por sus numerosos galenos talentosos, podría estar a la vanguardia latinoamericana en investigación pero, desafortunadamente, se enfrenta a una miríada de obstáculos que castran sus estímulos científicos.

Uno de los reparos más importantes para la investigación médica en América Latina (AL) es el síndrome del "conejillo de indias". Nuestras sociedades poseen tantos complejos de inferioridad que no logran percatarse de la enorme trascendencia que tiene la investigación para el avance de la medicina en la región. La no participación en estudios de investigación viola derechos humanos básicos que incluyen, entre otros, potencial beneficio de terapias novedosas, acceso gratuito a fármacos o procedimientos de avanzada, atención por profesionales capacitados para brindar cuidados actualizados y participación en ensayos meticulosamente supervisados. Es cierto que en el pasado muchos médicos colaboraron en experimentos nefastos, indignos de su rol como garantes del bienestar del ser humano pero, actualmente, investigación significa la conducción de estudios bajo rigurosos compromisos éticos y genuinos intereses científicos. Es más, ser tratados con fármacos no adecuadamente investigados, como muchos de los que circulan en nuestras farmacias, es lo que nos convierte en verdaderos cobayos de experimentación.

Los países civilizados entienden que la investigación representa un bien de extraordinario valor para el progreso médico y social de las colectividades humanas. La medicina, por definición, es una ciencia basada en la investigación y en la confirmación de observaciones clínicas y elucubraciones científicas. Las instituciones que no fomenten la investigación están condenadas a la mediocridad laboral e inercia académica. Las naciones que han decidido transitar por el camino de la ciencia tienen los pueblos más educados y con mejores índices de salud. España acaba de lanzar una formidable iniciativa para el fomento de la investigación, "Compromiso Ingenio 2010", que inyectará 2,800 millones de euros (2% del PIB) y situará al país entre los primeros de la Unión Europea. Este plan persigue eliminar las trabas burocráticas, recuperar y promocionar investigadores y extender el conocimiento a la sociedad.

El 80% de la investigación médica mundial se desarrolla en Estados Unidos, 15% en Europa y el 5% en los países restantes. La situación en AL es decepcionante, ya que la región sólo contribuye con 0.3% de la investigación mundial. Paradójicamente, AL representa 7-10% del mercado farmacéutico global. Esta pobrísima investigación se refleja en la magra cifra de publicaciones procedente de AL, calculada en menos del 1% de la literatura científica internacional (Science Citation Index).

Aunque en los últimos años, AL ha recibido un influjo considerable de investigadores con excelente entrenamiento en centros prestigiosos, estos se han topado con barreras burocráticas y envidias mezquinas. Los encargados de dirimir las políticas sanitarias parecen desconocer la relevancia que tiene la investigación para lograr una medicina de mejor calidad. Los comités de ética constituidos en AL están usualmente formados por personas con escasa experiencia en investigación moderna, con dubitativa interpretación de la relación beneficio/riesgo y con parcial entendimiento de la ética en el marco de ensayos clínicos. Estas deficiencias se traducen en rechazo de valiosos proyectos o una desesperante parsimonia en su aprobación. Las instancias patrocinadoras buscan entonces otros países que ofrezcan, además de seriedad ética y prestigio de investigadores, trámites más profesionales y expeditos para la conducción de sus protocolos. Como resultado, las investigaciones están migrando hacia Asia y Europa oriental, en triste detrimento de AL.

Por ejemplo, nuestro país participó recientemente en un magno estudio para investigar una vacuna contra el rotavirus, la principal causa de diarrea infantil, enfermedad que mata a millones de niños anualmente. La aprobación local del proyecto tomó 6 meses y Panamá corrió el riesgo, por muy poco, de ser excluida. La investigación fue un rotundo éxito, 5,000 niños panameños se beneficiaron, la vacuna ya se comercializa en varios países y pronto aparecerá la publicación en el New England Journal of Medicine.

A los detractores de la investigación les haría la siguiente pregunta: ¿cómo aprenden medicina los doctores? ¿Cómo sabemos que la aspirina reduce la fiebre, la penicilina cura la sífilis, las estatinas previenen infartos o los diuréticos bajan la tensión arterial? Estos conceptos han sido forjados a través de la investigación, conducida casi exclusivamente en otros países. ¿Quiénes escriben los resultados de estos estudios en libros? Lamentablemente, sólo los investigadores foráneos. ¿No sería formidable que estas investigaciones se realicen en nuestros países y que los autores sean también autóctonos?

Desafortunadamente, en AL prevalece la consigna de que más importante no es aquél que ayuda sino aquél que no interfiere. Es lamentable que nos duela el éxito que puedan alcanzar nuestros compatriotas. No existen países subdesarrollados sino mentes subdesarrolladas en estos países. El problema es que estas mentes, por amiguismos e influencias políticas, son las que ostentan poder decisorio y no permiten que los científicos liberen los nudos que nos atan al subdesarrollo. Exhorto a los directores de instituciones generadoras de investigación a que muevan los hilos necesarios para que Panamá suba al tren del conocimiento y desatoren los obstáculos que impiden el óptimo desarrollo de la investigación médica en el país. Para mañana es tarde.

El autor es médico pedíatra e infectólogo

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