| TERRORISMO.
¿Jihad o asesinato?
Abdou Filali-Ansary
Es notable el hecho de que algunos de los conceptos fundamentales de la terminología religiosa musulmana hayan pasado a formar parte del lenguaje de la actualidad internacional. El público mundial debate problemas nacidos en la teología islámica, involucrando a especialistas y legos, musulmanes y no musulmanes. La disputa teológica se ha desplazado muy lejos de las academias religiosas islámicas.
Por ejemplo, el término jihad, traducido comúnmente como "guerra santa" se ha vuelto casi omnipresente. Aunque concebido en los comienzos de la historia musulmana como un medio de difundir la palabra de Dios, los estudiosos musulmanes distinguen hoy entre dos tipos de jihad, una que es una lucha interna contra la tentación y otra que es un conflicto físico contra un agresor que amenaza la supervivencia o los derechos fundamentales de una comunidad musulmana. En este contexto, hay un rechazo generalizado al uso de este término por parte de los fundamentalistas.
Numerosos académicos musulmanes han alzado sus voces para poner en cuestión la defensa que hacen los terroristas de las bombas suicidas o los ataques a civiles, ofreciendo largas citas que proceden de siglos de jurisprudencia religiosa. Por sí misma, esta reacción representa una valiosa expresión de conciencia colectiva en oposición a los terroristas.
Pero muchos en el público general y en los medios de comunicación quieren más. Se está incentivando a los intelectuales musulmanes a que pongan énfasis en la argumentación religiosa contra la violencia fundamentalista con el fin de privar a los terroristas de sus argumentos más temibles y potentes. Si los académicos musulmanes pueden probar de alguna manera lo errado de estos argumentos, se piensa que se reducirá la capacidad de los terroristas para sustentar su violento submundo.
¿Es esto así? Una rápida mirada a la historia de los conflictos religiosos muestra que las controversias teológicas nunca se han resuelto mediante argumentos religiosos. Si se mira más de cerca, se puede ver que si bien estas controversias a menudo estuvieron enmarcadas en términos religiosos, su trasfondo no tenía nada que ver con la religión. La gama de interpretaciones opuestas de los textos religiosos es prácticamente ilimitada, y muy raramente las disputas son resueltas por argumentaciones racionales.
En otros tiempos, tales controversias eran decididas por autoridades políticas que usaban la fuerza militar para imponer un punto de vista particular a costa de todos los demás. La historia musulmana está llena de casos así. Más recientemente, cuando Saddam Hussein invadió Kuwait, encontró estudiosos que plantearon argumentos teológicos a su favor. La coalición que lo enfrentó no tuvo dificultades para encontrar argumentos religiosos que llevaban precisamente a la conclusión opuesta.
En la actualidad está claro que los fundamentalistas y sus partidarios tienen los oídos completamente cerrados para incluso la refutación teológica más elaborada de sus puntos de vista, ni siquiera si es planteada por destacadas autoridades religiosas. El primer reflejo de los fundamentalistas es retirarse de las corrientes mayoritarias para crear a su alrededor una coraza impermeable a cualquier lógica que no sea la suya propia.
Los problemas más esenciales que enfrentan hoy los seres humanos, aquellos que dan origen a los conflictos más profundos, no tienen relación alguna con la teología. Tienen relación con disputas territoriales, el poder político, definiciones de derechos y la distribución de la riqueza. Todos conocen los medios para debatir estos problemas, que se expresan en todas las religiones y todos los idiomas. Los males que afectan más profundamente a todas las sociedades son la injusticia, el despotismo, la corrupción y la pobreza. Todos comprendemos lo que significan y cómo ciertos pueblos tienen que padecerlos todos los días.
¿Por qué, entonces, seguimos a los fundamentalistas hasta el centro mismo de su locura? Permitirles plantear estos problemas en términos religiosos da legitimidad a la perspectiva que intentan imponer, particularmente en sus propias sociedades.
Una y otra vez, las instituciones religiosas musulmanas han sido conminadas a hacer públicas declaraciones que nieguen a los fundamentalistas el derecho a usar términos religiosos como la jihad. Sin embargo, la experiencia ha demostrado que este enfoque no lleva a nada. De hecho, los debates sobre el uso de términos religiosos dan credibilidad a los esfuerzos de los fundamentalistas por aplicar estas ideas al estado de las cosas del mundo moderno. Tales debates admiten y conceden que estos conceptos religiosos son en general válidos, incluso cuando, como en el caso de los fundamentalistas, sencillamente no son pertinentes.
Como resultado, sería muy fácil que el debate como un todo termine teniendo resultados contraproducentes. Invariablemente, los fundamentalistas rechazan las críticas religiosas a sus puntos de vista, acusándolas de ser evidencias de que las autoridades religiosas han sido corrompidas por influencias hostiles. De este modo, los terroristas oponen la "pureza" y "autenticidad" de sus argumentos a los acomodos y arreglos a los que supuestamente han sido obligadas las instituciones religiosas.
Hablar a los musulmanes exclusivamente en sus propios términos religiosos los excluye de marcos éticos más generales que defienden los valores humanos esenciales, particularmente la protección de los civiles inocentes. Estos valores son la base sobre la que descansan todas las tradiciones religiosas y culturales.
No hay duda de que es importante comprender el discurso de quienes hacen la guerra a las sociedades, sobre todo y en primer lugar a sus propias sociedades. Pero adoptar la interpretación de los terroristas sobre los sucesos tiende un velo sobre la realidad de este conflicto. En lugar de luchar en nombre de la libertad política y religiosa, nos arriesgamos a entrar en un conflicto con las falsas imágenes que los terroristas han creado. Peor aún, llevaríamos este conflicto a nuestras propias sociedades, en donde hoy las diferentes tradiciones culturales y religiosas se encuentran inextricablemente mezcladas.
Sencillamente, no hay necesidad de recurrir a la teología para llamar a un crimen por su nombre. La repulsa que causa el asesinato de inocentes es algo que todos sienten intensamente, y es condenable bajo cualquier punto de vista, sea o no religioso. Incluso puede ser que el lenguaje religioso no exprese adecuadamente el profundo rechazo que todos sentimos hacia las acciones de los terroristas. Ningún sentimiento de victimización puede justificar, bajo ninguna circunstancia, estos crímenes contra inocentes, y ningún sistema teológico puede aceptar la negación de la esencia humana que todos compartimos.
Project Syndicate
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