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Panamá, domingo 24 de julio de 2005
 
 
COLUMNAS
CALLE SAUDADE
DE MEMORIAS, DESIERTOS Y MAR
 
Chatwin justificaba sus escapadas al desierto con el argumento de que el trabajo de especialista que tenía en una galería de Arte en Londres, le exigía una gran atención a los detalles, a los pormenores, lo que lo dejaba medio ciego, y por ello precisaba de largos horizontes para volver a sentirse más libre y regenerar la visión. 
 
CEBALDO DE LEÓN 
mosaico@prensa.com 
 
En estos días de julio ya con sabor a agosto (mes de mi regreso terapéutico a la Casa Grande) tuve la oportunidad de compartir, de distintas formas, con ancianos, sus memorias y viajes.

Una de ellas fue como observador, admirando la creatividad de un hechicero, en la exposición del fotógrafo portugués Augusto Baptista, "Veinte Rostros, Dos Mil Años". 20 fotografías de hombres y mujeres (más mujeres) con 100 o más años. Unos nacieron en el siglo XIX, otros cuando el siglo XX era un crío, antes de la penicilina y de los aviones, vivieron guerras, conocieron la monarquía, la república, la dictadura, la democracia...

Además de las fotografías, este fotógrafo investigó la vida de los centenarios, para saber qué piensan, cómo viven. Tratar de descubrir los secretos para llegar tan lejos. Entre ellos, hay de todo: ricos, pobres, iletrados, intelectuales, fumadores, amantes del vino, quien nunca vio el mar, quien cruzó los siete mares, quienes vagabundearon, quien siempre vivió amarrado a su tierra, o al cuerpo de un violín… Es una pena que no pueda describir cada fotografía, o colocarlas en esta crónica...

La otra forma de compartir con ancianos fue por el privilegio de una invitación: contar historias de mi pueblo (noticias de una nación gobernada por poetas -así llamamos a nuestro encuentro- a residentes de un Lar da Terceira Idade (Casa de Ancianos)

Fue muy divertido y entre alegrías, algunos dolorosos recuerdos y muchas risas, les conté de mis mayores, en las islas, y entre otras historias cómo se elige un jefe en la aldea. Les conté que una de las condiciones fundamentales para ser saila, entre otras, era conocer bien la historia oral y saber transmitirla (oral, cantada), ser solidario con los habitantes de la aldea y nunca tener privilegios... ¿continuará así mi aldea?

Al final del encuentro una mujer muy especial me ofreció un regalo, un libro de Bruce Chatwin (What am I doing here - ¿Qué hago yo aquí?). Doña Ana, de 78 años, me llama y me cuenta al oído varias historias, entre ellas la de que Chatwin justificaba sus escapadas al desierto con el argumento de que el trabajo de especialista que tenía en una galería de Arte en Londres le exigía una gran atención a los detalles, a los pormenores, lo que lo dejaba medio ciego, y por ello precisaba de largos horizontes para volver a sentirse más libre y regenerar la visión. Una terapia.

Me sigue contando que estudió arqueología y que fue amante de los desiertos, por culpa de un "marinero de almendrados ojos" ... y me acordé de un texto que una vez alguien me ofreció y decía "fue mi mamá quien me presentó el desierto. Felipa amaba el desierto y creo que heredé de ella esta pasión, juntamente con la ingenuidad, la terquedad, una cierta propensión para apasionarme por los hombres errados, el brillo triste de los ojos y la forma de los labios. Por eso estudio arqueología”.

¿Será de ella esta historia con otros personajes? ¿Con otras coincidencias? No interesa. Al final, en el camino, en el mar, en el desierto… tantas cosas bellas y mágicas se cruzan. Y agradezco a la vida este encuentro con memorias y alegrías.

Dentro de unos días, después de varios largos años académicos, de lecturas y clases, burocracias y otros detalles, regreso a casa, a mi mar, a mi desierto, (¿será el perfume del desierto igual al perfume del mar?) para una breve terapia.

Trataré de cayuquear entre islas y ondas, entre olas y peces... y me acordaré de ti, doña Ana, la amante de arenas y marineros errantes, de las fotografías de estos seres fabulosos; cerraré los ojos tratando de recorrerles las arrugas, sus historias...

Y si de pronto el mar, mi desierto líquido, me sorprende con una música rara y una sirena... de pronto ¿qué hago, doña Ana?

Y si de pronto, doña Ana, entre olas e islas, entre ondas y delfines, aparece una sirena, ¿qué hago?

 

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