Tenía en un sobre el tiquete de tren a L‚Aigle, en el área francesa de Baja Normandía. La salida de París por la estación o Gare Montparnasse -al sur de la Ciudad Luz- y después ‚todo oeste‚ el tren me llevó a uno de esos parajes normandos en los que fincas, agricultura y caballos de crianza para cabalgar dan color a una llanura amigable, donde alguna vez anterior a esta monté a caballo. Seguí entonces, no a caballo, sino en tren.
Pasada la Semana Santa en aquel pueblito, L‚Aigle, en casa de familiares lejanos residentes ahora en Francia, el próximo tren me levó a Granville, más al oeste, justo ya en la orilla del mar, con esa brisa marina siempre buena para mejorar una gripe complicada y molestosa que me atacó durante los últimos días de ese invierno. Iba camino al oeste, huyendo de la contaminación parisina que me imposibilitó respirar bien o tomar un avión de vuelta y así curé la rompe-huesos, frente al mar.
Era marzo de 2002. Cantábrico y Canal de la Mancha, las islas Yersey y aún más allá, en la divisoria línea entre Normandía y la Bretaña francesa, el islote rocoso de los benedictinos: la Abadía de Mont Saint-Michel. No había planeado conocer el Monte Saint-Michel. La gripe al fin se había ido, como mínimo me había cuidado bien. Me quedaba un día más antes del vuelo a Panamá y busqué la manera de visitar este destino turístico. No arribé en tren sino en bus local que tiene ruta asignada desde Avranches (otra parada normanda comentada por los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial). La Oficina de Turismo en Granville me dio los detalles y, suerte, ese día la ruta iniciaba la temporada con la primavera.
Ahora bien, volviendo al Monte Saint-Michel, ¿qué encierra el islote?, ¿por qué vale la pena?, ¿es lo mismo visitar cualquier monasterio? Un poco como los picos de Meteora en Grecia continental, los monjes benedictinos se instalaron en un sitio raramente concurrido, salvo que, como isla a fin de cuentas, en ruta de tránsito del Cantábrico al Atlántico y Mar del Norte, tiene connotaciones marítimas y no sólo terrestres.
Es una abadía. Tiene iglesia, mucho turismo, boutiques de recuerdos, artesanías y caminitos de piedra con el mar rodeando la roca. A su sombra creció una pequeña villa. En el pueblo de enfrente, en el continente, la biblioteca guarda los manuscritos de los benedictinos. Es un paseo histórico más que nada. Sitio clasificado patrimonio mundial por la UNESCO y en el World Heritage List, la Abadía de estilo gótico es fuera de lo común. Está dedicada al arcángel san Miguel y fue construida entre los siglos once y dieciséis. Se describe como una torre fortaleza (‚Tour de force‚) y también se la conoce como ‚La Maravilla‚ producto del genio humano ubicada en medio de la bahía del mismo nombre.
Pasé el día caminando en Mont Saint-Michel, almorcé ostras y otros frutos de mar en uno de sus restaurantes con la vista al océano, en esa época una vista más bien grisácea, rodeada de edificaciones color marrón. Recibí un tour incluido con el pase de entrada sobre las distintas construcciones arquitectónicas, regresé en bus a Granville con chofer privado en bus público y aprecié un atardecer. En Granville, por su parte, donde me había hospedado para dormir en el primer hotel que encontré -frente a la estación de tren- que, también por una racha de buena suerte y temporada baja -valga mencionarte-, resultó cómodo, ahora mismo hay una exhibición conmemorativa del centenario del diseñador Christian Dior.
Había dormido en el tren de ida, de L‚Aigle a Granville, sin embargo en el de vuelta a París no pegué pestaña. En París, inmediatamente recogí maletas en el hotel y salí para el aeropuerto Charles de Gaulle. Perdí el vuelo. ¡Por segunda vez, viaje postergado! Primero gripe y ahora avión. El avión por cambio de horario de las 13 a las 10 horas, horario que no confirmé 48 horas antes sino varios días previos al cambio, horario que la aerolínea tampoco me dejó saber en el hotel en París o de otra forma, encima todavía todos paranoicos, y con razón, por el ataque a las Torres Gemelas.
En el aeropuerto esperé el próximo vuelo, el mismo día, esta vez vía Houston en vez de Nueva York como decía el tiquete. Sin planearlo o por planear mal el final, regresé en primera clase en el vuelo trasatlántico por cortesía de la misma aerolínea, no mía (eso quiero pensar). Parecía que Monte Saint-Michel me había arreglado la vuelta a América de una manera inesperada aun cuando lenta.
UNA AVENTURA POR TU PROPIA CUENTA
Para los que trabajan viajando al extranjero y para los estudiantes, el tren europeo en este caso hasta Granville o Avranches es atractivo en varios sentidos: uno, es puntual (se puede contar con él); dos, te devuelve el precio de su servicio no usado; tres, tiene rutas asignadas que son consultables de diferentes formas y localmente en impresos varios; cuarto, el tren conecta con pases a otros lugares (como por ejemplo Nantes, Saint-Malo y Brest en Bretaña). Por último, sirve de hospedaje para dormir.
Al destino buscado, La Maravilla o Monte Saint-Michel, también se llega por automóvil en una ida y vuelta diurna desde París. Tours muy bien programados te hacen el mandado, seguro sin riesgo de un extravío turístico o una marea alta que de golpe impide acceder al islote y sus bancos de arena en la bahía. La advertencia es para quienes optan no por contratar un paseo organizado sino aventurarse. Colindantes los Departamentos de La Mancha e Ille-et-Vilaine, es ineludible revisar las mareas.
CÓMO LLEGAR A MONTE SAINT-MICHEL.
Por carro o bus. En las oficinas de turismo de cada ciudad cercana hay información local útil sobre el horario de buses. Desde París, hay tours diarios. La ruta de tren va de París a Granville o Avranches, por ejemplo.
CUÁNTO TIEMPO TOMA LA VISITA.
Una jornada diurna es suficiente para conocer el sitio, aunque para tener la sensación total valdría la pena un amanecer durante época soleada. Indistintamente de la estación habrá que calzar zapatillas, mocasines o botas cómodas.
DÓNDE HOSPEDARSE.
En el islote, los hoteles Le Relais Saint-Michel, Mére Poulard y Le Saint Aubert. Entre otros, hay hospedaje cerca en la lista de Hotels & Restaurants de Charme y en el Chateau de Bouceel que está a 15 kilómetros del islote (www.normandy-tourism.org).