Obabakoak es un título que si no se tienen referencias de críticos serios, quizás no invitaría a leer la obra. Pero, ¡vaya libro! En él, la palabra cobra su completa significación, se hace esencia de vida. Alguien dijo que los cuentos son las perlas y la novela, el collar. Siempre consideré que era una descripción ambigua, que la novela era mucho más. Pero en Obabakoak suceden las perlas y sucede el collar.
A pesar de que ha sido clasificada como un conjunto de cuentos, tal definición se queda corta; pienso que es una novela en toda la regla. En primer lugar, la excelente introducción es la defensa más sensata y sentida que he leído acerca del euskara, una lengua en peligro de desaparecer. Sólo este género permite comenzar con semejante ensayo y luego engarzar relatos que sugerentemente apuntalen el tema casi sin mencionarlo, pero dirigiendo sus puntos con dardos seguros, con una ilación perfecta, directos al gusto por la literatura y el amor por nuestra propia lengua.
Son varias historias, como la del niño que acude por primera vez al rito de una religión que no es la suya, y descubre en la llama de una vela a la niña que lo ama, que no está allí y que con un beso le causa un desmayo. Ella le susurra como un rezo su dirección. Se escriben, pero es entonces cuando ocurre todo... Otro relato nos cuenta de un niño abandonado por un padre que no podía confesar un horrible pecado, pero carga con el fardo de la peor de las culpas, por misericordia causa la muerte del jabalí blanco que podría... Las historias son retazos que acaban en una razón que esperamos con ansias; como en los cuentos, se nos han dejado miguitas, piedrecillas, pequeños hilos, o perlas que van brillando más y mejor cada vez, como promesas realizadas que alcanzamos.
Lo mejor de todo, como debe ser, es el final de la novela. Derrocha la más depurada técnica, tras el suspenso bien logrado. De los mejores que he leído: no demasiado estridente, sutil, de los que al principio no son muy impactantes, pero se quedan latiendo y van colándose despacio, mientras pensamos con más insistencia cada vez en ello, y se nos dispara la imaginación, lastimándonos como una pequeña espina, pero en ella vive el paliativo de la belleza que nos descubrió. Vale la pena leer la defensa del plagio en nuestra época. Si realismo mágico es ver la magia que existe ante nuestros ojos, pero que sin la ayuda del autor no hubiésemos visto, y una característica vital de muchas de las obras más importantes del siglo XX de la literatura hispanoamericana, esta novela tiene razón para ser de las más leídas.
Bernardo
Atxaga
Nombre de pluma de Joseba Irazu Garmendia, nació en Asteasu, País Vasco, en 1951. Licenciado en Ciencias Económicas, en Bilbao, y en Filosofía, en Barcelona. Economista, profesor de euskera, vendedor de libros, operario de imprenta, guionista de radio. Pero a partir de 1980, escritor de tiempo completo. Sumamente prolífico y versátil, recordamos de él novelas como: Bi anaia (Dos hermanos); El hombre solo y Esos cielos entre otras; pero la que lo elevó a la fama y ha sido traducida a dieciséis lenguas, entre ellas el alemán, griego, sueco, finlandés, albanés, turco, hebreo, friuliano, hindi, es Obabakoak, 1988, que le valió el Premio Nacional de Literatura español; el Premio de la Crítica de la Feria del libro. La traducción al español fue realizada por el propio autor, quien domina además el francés, el catalán y el inglés. Atxaga es un maestro del realismo mágico y un defensor con éxito de su lengua, la que ha situado hoy en la literatura universal. Para ello le ha bastado una sola obra.
Realismo mágico, belleza eterna
Salvada por la belleza
El cisne, Gudbergur Bergsson.
De un pueblo pesquero de Finlandia se nos susurra un hermoso cuento. A su autor se le ha comparado con Borges, Gabo, Rulfo. Diría que con la belleza efímera de un cisne tallado en hielo y la posibilidad de que el amor lo transforme en uno real, esta historia nos llega al alma. La niña protagonista descubre pronto lo que algunos de nosotros tardamos más, el presentimiento de la violencia que rige la naturaleza y que define nuestra existencia. Pero que es una lucha por la vida, el motivo y logro. ¿Acaso no somos capaces de matar por un hijo?
El amor, más fuerte que el odio
Manchay Puitu, el amor que quiso ocultar Dios, de Nestor Taboada Terán
Cuánta maldad puede incubar el amor. Esta novela nos llegó de Bolivia, y trajo el recuerdo de nuestras leyendas. Valdi, un amigo finlandés, profesor, excelente crítico de literatura, que la conocía y a quien le di a leer El ahogado de Tristán Solarte, me la regaló. A él le pareció bellísima y profunda la novela del panameño; a mí, bella también la del boliviano. Después de todo, es la raizal herencia de oralidad uno de nuestros más grandes tesoros, el oro trabajado por los mejores orfebres, artífices de nuestra literatura.
Una historia de muchas otras
El dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy
Quien quiera saber de la profunda India, de la mujer hindú de hoy y disfrutar de una historia bien narrada, debe leerla. Una familia en tiempos de revolución, con la zozobra diaria que se teme se haga rutina, que puede cambiar sin aviso y que a pesar del cambio puede dejarnos para siempre el dolor como una costumbre, la muerte como certeza natural demasiado pronto en la vida. Una obra cuyos destellos de realismo mágico y exquisitez deslumbran, cuya verdad nos duele, escrita por una mujer contemporánea.
Siempre, siempre... los dioses
La guerra de los dioses, Évariste Parny.
Sin un solo tono de mal gusto, sin pasarse de la fina tersura del erotismo bien logrado, esta obra que trata sobre los dioses de la antigüedad grecorromana, los seres que componen la Trinidad Cristiana y su lucha por el lugar supremo, es bellísima y logra hacernos sonreír a ratos. Es una lectura para personas con criterio no sólo formado, sino muy amplio. Ha sido descrita como una joya de la literatura satírica y libertina del siglo XVIII.