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Panamá, viernes 15 de julio de 2005
 

TESTIMONIO.

Sobre "el viernes negro"

Manuel A. Cambra G.

El pasado domingo 10 de julio se conmemoró el decimoctavo aniversario del "Viernes Negro", fecha en la que el gobierno norieguista con su aparato militar y represor, de la mano de su brazo político el PRD, reprimió salvaje y arteramente al pueblo panameño que reclamaba justicia, democracia y libertad.

Veo que los medios de comunicación con muy honorables excepciones, han hecho caso omiso de tan memorable fecha. Será porque algunos de éstos juegan hoy un papel similar al que desempeñaban durante la dictadura cuartelaria, mostrando la cara bonita de este gobierno que en contubernio con los intereses económicos e ideológicos de la extrema derecha, pretenden someter a nuestro pueblo a una dictadura similar pero en lo económico, con maquillaje de social.

La pregunta obligada es si valió la pena aquel sacrificio. Yo dejo esa respuesta a ustedes que, al igual que este servidor, pusimos nuestra cuota de sacrificios.

Ese día salí de mi clínica, la cual quedaba en el barrio de El Cangrejo, en compañía de mis amigos los doctores Mario Chanis y Jorge Barriga. Nos dirigimos a la Vía Argentina respondiendo a una convocatoria de la Cruzada Civilista. Yo iba con mi suéter blanco y una gorra identificada con el símbolo del Club Activo 20-30 de Panamá, ya que fungía como su presidente y el mismo formaba parte de la Cruzada Civilista en unión de los demás clubes cívicos.

La represión comenzó a media tarde luego del sobrevuelo de helicópteros que tomaban fotos, arrojaban objetos contundentes sobre los manifestantes y de la presencia de cuanto sapo podíamos identificar infiltrados entre los manifestantes (cualquier semejanza con acontecimientos recientes es pura coincidencia). Todo fue rápido, como la blitzkrieg del ejército nazi. De repente llegaron las "chotas" cargadas de dóbermans y corrimos hacia donde podíamos refugiarnos. Traté de entrar a un edificio de apartamentos donde quedaba la Clínica Einstein y encontré la puerta de acceso a la escalera cerrada con llave; corrí hacia la parte trasera del edificio por el callejón lateral, cuando sentí la primera ráfaga que me bañó completamente de perdigones. La segunda ráfaga me levantó, me dejó sin aire y caí al pavimento.

El dóberman que me había disparado desde unos siete pies de distancia aproximadamente, utilizó presumiblemente una escopeta recortada; de haberlo hecho con un arma normal, no les estaría echando el cuento diez y ocho años después.

Caí sobre mi costado, bañado en sangre y fui perdiendo el conocimiento poco a poco; pero de repente vinieron a mi mente las imágenes de mis cuatro hijos y comencé a gritar por ayuda. En ese momento levanté la mirada y divisé un bulto borroso. Era el camarógrafo de una agencia noticiosa europea que cubría los acontecimientos y me decía: "Amigo, quédese quieto que vienen a buscarle… No se mueva por favor…".

Al rato y luego de que pasara la primera oleada de bárbaros, algunas personas que se refugiaron dentro de la clínica salieron a socorrerme. Me cargaron e introdujeron en ella dejando un rastro de sangre por todo el camino. Allí dentro comenzó ese dolor insoportable que no paliaba con analgésicos inyectables, orales o untables, con nada… porque no bastaba la cantidad de perdigones en mi cuerpo (más de 200) y el daño que de por sí hicieron, sino que los sádicos de la represión sacaban parte de los perdigones de sus casquillos y los rellenaban con sal cruda.

De mi cuerpo, brazos y piernas arrancaban los perdigones más superficiales junto a girones de piel y trozos de sal… Allí recuerdo al desaparecido médico Ricardo Angulo, mi amigo de escuela, que le dio asistencia a mucha gente. Recuerdo también a René Gómez que me asía la mano para darme fortaleza y le decía desde mi camilla: "René, esto es insoportable, ¿por qué a mí ?…"

De allí me sacaron como a las cinco de la tarde, escondido en un carro después que el desaparecido arzobispo McGrath hiciera gestiones con los gendarmes para que nos permitieran el paso hacia un hospital. Al llegar al cuarto de urgencias para que me practicaran algunos exámenes, me enteré que un pelotón del G-2 de las Fuerzas de Defensa llegó para conducir a todos los heridos supongo, que a la Cárcel Modelo. Mi homenaje a la valentía de los médicos, enfermeras y demás personal de la Clínica San Fernando que se pararon firme y no dejaron que estos gorilas ejecutaran sus órdenes.

Pasé una semana recluido con medicamentos. Recuerdo a mis compañeros del Club Activo 20-30 que hicieron guardia permanente alrededor de mi cama para evitar que me llevaran sepa Dios a dónde, como era la intención del aparato represor. A mis hijos que lloraban alrededor de mí (los veía como entre neblina). El peligro lo constituían algunos perdigones que se alojaron muy cerca de las vértebras y como eran heridas abiertas, de infectarse podrían causarme un problema en mi columna vertebral. Los disparos fueron a poca distancia.

Luego de una semana de hospitalización salí escondido en la camioneta de un amigo, Edwin Fábrega hijo, ya que el G-2 montaba vigilancia permanente fuera del hospital esperando por los que salíamos de allí para cargar con todo, como decían ellos. Por buen tiempo, un carrito con vidrios obscuros permaneció estacionado frente a mi casa. Por supuesto que nadie les preguntó quiénes eran o si se les ofrecía algo.

Bajo mi punto de vista, no creo que fue en vano mi humilde aporte a la democratización del país, aunque heredamos muchas lacras de la dictadura que pesan muchísimo; hay falta de justicia, hay hambre y pobreza extrema que crece exponencialmente, diferencias insondables entre ricos y pobres, el juega vivo a todos los niveles como deporte nacional, la decepción reincidente ocasionada por nuestros políticos, la polarización marcada entre las ultras en lo político, social y hasta lo religioso, y hasta la obtención del poder político por la vía del voto popular por el Partido Revolucionario Democrático en dos ocasiones en "democracia", gracias al sacrificio de mucha, mucha gente que como yo, fuimos reprimidos por sus amos militares.

Veo que la lucha en las calles se ha convertido en algo cíclico cuando los gobernantes se olvidan del pueblo que los llevó al poder y lo avasallan física, moralmente y de mil formas.

Son 18 años que han transcurrido pero las cicatrices duelen todavía. Pero más duelen las decepciones que hoy sufrimos después de tanto dolor pasado... No estoy seguro si tendré la fortaleza para resistir otro sacrificio similar, aunque sí les aseguro que no voy a pasar la página.

El autor es médico

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