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Panamá, jueves 14 de julio de 2005
 

LEGADO.

La gran revolución francesa

Elixsandro Ballesteros
elixsandro@yahoo.com

Con una visión científica y un admirable manejo del método dialéctico en su investigación, Alfred Manfred nos ofrece en su obra "La Gran Revolución Francesa" una profunda interpretación de aquellos hechos. Basados en este valioso aporte, deseamos rendir tributo a esa gran hazaña emancipadora de la humanidad.

La revolución francesa de 1792 destruyó las relaciones económicas feudales, sirvió a su clase, la burguesía, trajo la civilización y la cultura a toda la humanidad y, despejó el terreno para el capitalismo, régimen progresista con respecto al feudal.

Víspera de la revolución, la industria francesa, pese a su atraso relativo con respecto a la industria inglesa, había adquirido un desarrollo considerable. Las manufacturas capitalistas desempeñaron el principal papel en la industria. Las grandes manufacturas habían sido fundadas en los centros de la industria minerometalúrgica con una gran masa de obreros asalariados. Una importante porción de los habitantes de París y de otros centros urbanos la constituían los obreros asalariados.

Pese a los obstáculos, el desarrollo de la industria y del comercio, la formación de unidades de producción capitalistas en la agricultura, mostraron un desarrollo de las formas económicas del capitalismo, las que ya habían tomado cuerpo en el seno del feudalismo y habían reforzado y afianzado a la burguesía. Esta gran revolución tuvo como misión barrer, rechazar y destruir todas las trabas de la antigua sociedad.

Bajo el absolutismo, los grupos y clases sociales se estructuraban en torno a órdenes: el clero representaba el primer Estado, la nobleza el segundo y en el mayoritario tercer Estado una heterogénea composición clasista que comprendía a burgueses, aldeanos, plebeyos, artesanos, pequeños comerciantes, campesinos, pequeña burguesía urbana, obreros y otros. Estas clases y grupos de clases, estaban privados de derechos políticos. Además de su exclusión del poder político, se hallaban en un estado de dependencia y subordinación respecto a los dos primeros Estados.

Las contradicciones entre el tercer Estado y los órdenes privilegiados, fueron determinantes en la agudización de la crisis del régimen monárquico absolutista. Las relaciones de las fuerzas de clases dentro de la sociedad francesa de ese momento, favoreció la alianza de todos los grupos de clase del tercer Estado. Dentro de este bloque social, la burguesía en su conjunto, fue una fuerza revolucionaria, que aspiraba ávidamente al poder, y ansiaba refundar la sociedad sobre nuevos principios, de acuerdo con sus intereses. Fue la clase dirigente y dominante de la revolución. No obstante, tras el triunfo revolucionario el poder político pasó a manos de la gran burguesía y de la nobleza liberal. No fue toda la burguesía la que recogió el fruto de la victoria. Por otro lado, el movimiento popular era la fuerza principal que protagonizó fuertes y poderosas revueltas y sublevaciones que le dio a la revolución su fuerza e ímpetu. Su participación le dio el carácter burgués y democrático. Este laboratorio social habría de expresarse también en el terreno de la batalla de ideas. El siglo de las luces fue expresión de la ofensiva ideológica de la burguesía ascendente y de las masas populares, e incidió en el movimiento revolucionario.

En el marco de la preparación de la revolución, las condiciones objetivas se agravaron y la situación imperante se tornó revolucionaria cuando los de abajo no quisieron seguir viviendo en las mismas condiciones y los de arriba ya no pudieron seguir gobernando como antes. La corte, la aristocracia, la nobleza caían abiertamente en una profunda corrupción que corroía todo el régimen absolutista. Las masas populares sufrían el hambre y la miseria. Las insurrecciones campesinas estallaron en varias provincias. La burguesía reclamaba amplias reformas políticas, la abolición de los privilegios sociales, de las barreras al comercio y a la industria.

Fue el pueblo el verdadero protagonista de aquellas gloriosas jornadas que terminaron con la toma de la Bastilla. El 14 de julio surge como fiesta nacional del pueblo francés. Durante la ocupación fascista, los patriotas franceses se inspiraban en esta fecha para convocar a la lucha contra la Bastilla hitleriana. Esa tradición revolucionaria se expresa en nuestros días no solo en la resolución de defender su libertad, sino también de asegurar sus conquistas sociales y la grandeza de Francia.

El autor es docente universitario

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