La Prensa
  Portada | Clasificados | Foros | Ediciones anteriores | Archivo | Contáctenos
  EL IMPRESO  
Hoy por hoy  
 
   
  Opinión  
  Perspectiva  
  Deportes  
  Mundo  
  Economía y Negocios  
  Vivir +  
  Reseña  
  Sociales  
  Horóscopo  
  Mosaico  
     
  SUPLEMENTOS  
  Ellas Virtual  
  Martes Financiero  
  Aprendo Web  
  Reseña Empresarial  
Pulso de la Nación
  SERVICIOS  
Titulares por
e-mail
Columnistas
Guía del sitio
Tarifas
¿Quiénes somos?
Contáctenos
  TIEMPO LIBRE  
Turismo
De interés
Cine
De noche
PÁGINA DEL
LECTOR
 
Panamá, domingo 19 de junio de 2005
 

reclamaciones.

Huelga médica y paranoia negociadora

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Antes de dedicarme al título de esta columna, deseo repudiar la absolución de M. Jackson de sus cargos de pedofilia. Está claro que el poder económico maneja, a su antojo, los hilos que mueven las decisiones políticas y jurídicas del mundo capitalista. ¡Repugnante!

Debido a mi inveterada reluctancia a las huelgas sanitarias, escribir sobre este tema me produce más pesar que pensamiento. Estas líneas seguramente me traerán consecuencias gremiales. Callarme, sin embargo, sería suicidar mis principios humanistas. Por tanto, la balanza decisoria se inclinó abruptamente hacia emitir mi opinión. Una cosa es compañerismo y otra complicidad. Desde una perspectiva ética, toda huelga médica es inadmisible porque los únicos afectados son precisamente los que nosotros debemos proteger. Hemos dejado perder la noble imagen que nuestra profesión tenía en tiempos pretéritos. Al médico se le respetaba por su entrega desinteresada, su altruista desvelo y su desprendimiento de anhelos personales en beneficio del paciente. La única legítima razón para promover una huelga sería, en todo caso, para protestar que nuestro sistema sanitario no cuente con insumos, medicamentos o equipos necesarios para brindar una atención de mínimos razonables. Desafortunadamente, jamás he observado una huelga médica contra el mortal tabaquismo, contra la desigualdad en la vacunación infantil entre niños humildes y pudientes, contra la diferente atención que reciben las embarazadas pobres versus las que acuden a clínicas privadas, contra la escasez de fármacos de calidad prescritos para la enfermedad cardiovascular/cerebral a nivel público o contra el interrumpido suministro de terapias vitales a pacientes con trastornos crónicos (SIDA, falla renal, hipertensión). Estas iniquidades suceden cotidianamente ante la notoria indiferencia del gremio.

Un factor importante que incide en la aceptación de una huelga por parte de la sociedad se refiere a la credibilidad que posea la cúpula gremial. Lamentablemente, los líderes de nuestro sector han usualmente gozado de escasa confiabilidad, particularmente entre los médicos académicos. Nunca los he visto preocupados porque los funcionarios del sector público cumplan a cabalidad con sus horarios y desempeños institucionales, por tratar de unificar el inoperante modelo de atención sanitaria, por facilitar la sanción de galenos negligentes que mancillan la profesión o por denunciar a los facultativos que han malversado los fondos de la SS al aprobar, mediante coimas, la adquisición de medicamentos o tecnologías. Además, me parece inmoral que se paralice la atención pública y no la privada, a pesar que una mayoría de los médicos trabaja simultáneamente en ambos sistemas. Les garantizo que una huelga privada tendría mayor impacto ya que tanto los políticos como los empresarios que participan en el clientelismo gubernamental harían ingentes esfuerzos para complacer rápidamente a la clase médica. ¿Trabajarán los huelguistas días adicionales para recuperar citas y cirugías perdidas? Apuesto que no.

Deseo, desde esta tribuna periodística, exhortar a los médicos a que busquemos otra manera de luchar por nuestras justas reclamaciones laborales o económicas, sin arriesgar la salud de la población más necesitada. Las asociaciones médicas deberían reunirse para encontrar otros mecanismos de presión eficaces, quizás en conjunción con la Defensoría del Pueblo y la Procuraduría de la Administración. Convendría, además, diseñar fórmulas para que los médicos institucionales tengan suficientes emolumentos, a través de la docencia y la investigación, y así garantizar su exclusiva dedicación a la esfera pública. Por más que, durante la carrera académica, honremos el juramento hipocrático, la sola vocación no basta para cancelar las cuentas de electricidad, vivienda, combustible, escuela de hijos y gravámenes fiscales. A Hipócrates lo trataban como a un ser divino, le otorgaban prebendas monárquicas y lo exoneraban de pagar tributos. Lógicamente, así es muy fácil adherirse a los postulados presuntamente pronunciados por este célebre personaje griego.

A juzgar por las tácticas esquivas del Gobierno y la intransigencia de FRENADESSO, el destino de las negociaciones se enrumba al fracaso. El lado oficial tiene culpa por utilizar a asesores de nefastos antecedentes que generan repugnancia espontánea o a abogados megalómanos, PRD adictos, cuyo excesivo adorno dialéctico sólo se entiende en el olimpo. El lado obrero tiene culpa por designar a voceros con hermetismo intelectual, con lenguaje soez y con gestos más propios de gladiadores romanos que de seres humanos pensantes. Es probable que las frecuentes huelgas educativas del pasado (usualmente de escuelas públicas y no de privadas) hayan causado deficiencias culturales e idiomáticas en algunos incivilizados representantes de la actual mesa de diálogo. Con tantos grupos involucrados, cada uno con intereses disímiles, llegar al consenso parece una inalcanzable quimera.

La verdadera raíz del descontento popular es que nadie cree en la clase política criolla. La Asamblea parece un rebaño de subnormales que responden ciegamente a directrices partidistas y no a lo que dicta sus conciencias. El PRD no tiene credibilidad por sus antecedentes históricos de represión, corrupción y dictadura. Tampoco se confía en la oposición porque no posee una figura aglutinante y porque utiliza el oportunismo o la demagogia para ganar adeptos durante momentos de crisis. Los independientes no desean involucrarse para no ser calumniados como indecentes y porque para acceder a las posiciones de mando es menester alinearse a colectivos políticos. Cuando los ministros y directores de entidades estatales se designen con base en méritos técnicos -no por amiguismos o afinidades partidistas- con el compromiso de enfrentar desafíos sociales y no de satisfacer intereses personales, la credibilidad en nuestras instituciones democráticas será restaurada gradualmente y los sacrificios ciudadanos serán asumidos con hidalguía. Mientras estos cambios no ocurran, gobernar no se convertirá en arte sino en desastre.

El autor es médico pedíatra e infectólogo

Además en opinión

Un día para papá: Rolando Caballero Navarrete
Huelga médica y paranoia negociadora: Xavier Sáez-Llorens
Una magia dictatorial: Betty Brannan Jaén
Desfase actuarial y financiero de la Caja: Jorge Rubén Rosas
Los padres de hoy: Leysin L. De Leon



 
 
 
 
  TURISMO
 
 
  RECETARIO
Recetario  
 
    BUSCADOR  
Google
Web
prensa.com
 
© 2005. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
Corporación La Prensa: (507)222-1222 | prensa.com: 323-7292 / 323-7338
Apartado 6-4586 El Dorado Ave. 12 de octubre, Hato Pintado Panamá, República de Panamá