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Panamá, domingo 19 de junio de 2005
 
 
ACTUALIDAD
SERIE LIBROS PARA VIVIR
NOVELAS DE CULTO
 
Hay obras que son admiradas por lectores de medio mundo. Es una literatura que no conoce de idiomas ni culturas. Son historias que atrapan por su contenido y presentación. 
 
DANIEL DOMÍNGUEZ Z. 
ddomingu@prensa.com 
 
Historias sobre lentas enfermedades y procesos de investigación, sobre búsquedas en el alma y gente sin ilusión, y ocurren tanto en la parte tropical del planeta, las montañas de Europa o una desierta avenida de Estados Unidos.

Las novelas modernas proponen nuevas estructuras narrativas y le exigen concentración al lector. Todas son objetos de culto por generaciones que se identifican con el devenir de sus personajes.

Son textos que definen el pasado siglo XX. La mayoría aparece gracias al olfato de pequeños editores y sus primeros tirajes fueron más bien modestos. Sus historias cautivan a públicos diversos, sobrepasando fronteras e idiomas. Ponen en evidencia que la extinción del género es un invento de los fatalistas y que el libro todavía es el vehículo para transmitir conocimiento y belleza. Para muestra, unos botones.

Pruebas de genialidad

Leer En busca del tiempo perdido (1913-1927), de Marcel Proust, es un desafío para quien no esté acostumbrado a la descripción fotográfica de hechos, impresiones y recuerdos sobre amor, pasiones y amistades. Si algo se aprende de lo experimentado por el personaje de Marcel, es que la memoria combate al tiempo que se fue.

Como en Ulises, de James Joyce, La señora Dalloway (1924), de Virginia Woolf, transcurre en un solo día, pero es su constante ir y venir dentro de la vida interna y externa de su personaje central, Clarissa Dalloway y la recepción que está organizando para la noche, lo que acerca a esta obra con En busca del tiempo perdido de Proust.

La montaña mágica (1924), de Thomas Mann, es una metáfora sobre cómo desaparecía la sociedad burguesa antes de la Primera Guerra Mundial. La novela transcurre en un sanatorio donde van a recibir atención médica enfermos de tuberculosis, enfermos procedentes de ricas familias de toda Europa. La muerte no distingue entre estratos económicos y títulos nobilarios.

En tanto, El proceso (1925), de Franz Kafka, trata de un hombre que no hizo nada, pero que igual termina arrestado. Es sobre el absurdo y la estupidez, sobre la falta de libertad y la ausencia de justicia en un mundo que se ufana de su sentido de civilización.

F. Scott Fitzgerald supo retratar en El Gran Gatsby (1925) el alma estadounidense con un personaje astuto, soñador a su modo, ambicioso y liberal. En una ciudad al norte de Nueva York un hombre sabe cómo entrar a la alta sociedad y a los sectores más bohemios.

El hombre sin atributos (1930-1932), de Robert Musil, cuenta la decadencia del Imperio Austrohúngaro y en sus páginas hay reflexiones, conversaciones y deliberaciones que la hacen tan compleja como la obra de Joyce. Como en La señora Dalloway no hay un esqueleto lineal.

Harry Haller es un hombre confundido, irracional y desolado. Una prostituta le enseña a bailar y gracias al opio sabe que el ser humano tiene más de una personalidad. El amor por una muchacha y descubrir la risa le permiten liberarse de su debilidad por andar desilusionado. Más datos, leer El lobo estepario (1927), de Hermann Hesse.

En 1951 sale a la luz un fenómeno de ventas y crítica: El guardián del centeno, de Jerome D. Salinger, sobre Holden Caulfield, un joven rebelde, desadaptado y triste que termina en una institución psiquiátrica. Escribir y recordar le abre la oportunidad de reencontrarse consigo mismo.

Ernesto Sábato opina que hay novelas para entretener y las que se escriben “para bucear la condición del hombre”. Su obra El túnel (1948) pertenece al segundo grupo. Presenta al pintor Casel, un tipo desequilibrado que mata a su amante. Este acto y sus consecuencias, le enseñan que hay seres que están en permanentes agujeros existenciales. La salida no siempre está bien señalada.

Los marginados e insatisfechos encontraron a dignos representantes literarios en Dean Moriarty y Sal Paradise, los personajes de En el camino (1957), del líder de la generación beat Jack Keroauc. Estos dos desorientados protagonizaron una novela de carretera sobre identidad, angustias, drogas y sexo.

Para 1958, la ciudad de México es el reflejo de las aspiraciones y problemas de un continente en La región más transparente, de Carlos Fuentes. La obra sobre burgueses y revolucionarios, idealistas y materialistas, reemplaza el regionalismo de Rulfo, y Gallego y lo reemplaza por el modernismo, denunciando de paso el ascenso de nuevos dueños a la cúspide del poder.

En 1963, Julio Cortázar rompe con las amarras de lo convencional con Rayuela, una irónica, juguetona y revolucionaria novela sobre el caos existencial de una juventud que años más tarde gritaría la consigna de “Prohibido, prohibir”. Oliveira, la Maga y sus amigos aprenden a sobrevivir en medio de una sociedad confundida.

Desde 1967, el Edén queda en Macondo. Gabriel García Márquez se transforma en el padre del realismo mágico con esta historia, entre divina y pagana, sobre José Arcadio y Úrsula. Cien años de soledad es un recorrido por la simbología religiosa y política de una Latinoamérica que se debate entre el hacer y deshacer de su futuro.

Con Generación X (1991), su debut literario, Douglas Coupland obtuvo su consagración, al retratar el sentir de un sector de la gente que se siente acorralado por el consumismo capitalista y las órdenes de sus padres. Esta obra, que recuerda por su forma a El Decamerón de Boccaccio, habla de tres muchachos que no quieren un trabajo de influencia política. Al contrario, optan por la prestación de servicios a clases desfavorecidas.

Sostiene Pereira (1994), de Antonio Tabucci, presenta a un periodista de un periódico de Lisboa a mediados del siglo pasado. Su vida es gris y solitaria. Es gordo y tiene problemas del corazón. Extraña a su mujer y es proclive a la lealtad y a filosofar.

Algunos de estos títulos forman parte hoy de una omisión que los descompone. Otros siguen cautivando a los lectores. Independientemente de esto, el mecanismo de creación no se detiene. En este momento, en algún lado, está un hombre o una mujer que será el relevo de Mann o Kafka. Solo hay que esperar.

Inicios

clave

Gabriel García Márquez ha confesado que el arranque de un libro, esa primera frase que definirá la historia, es para él lo más complicado. Edgar Allan Poe pensaba que libros buenos han sido obviados por tener comienzos flojos. Rosa Montero reescribe sus inicios una y otra vez. Arturo Pérez-Reverte considera que si no atrapas al lector en las primeras 15 líneas, “más vale que te dediques a otra cosa”. En tanto, Javier Marías y Manuel Vázquez Montalbán creen que se le da demasiado importancia a esas primeras palabras.
 

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