Gracias a los buenos oficios de Global Brands tuve la oportunidad de almorzar con una señora encantadora llamada Carolyn Wente, Presidenta de Wente Vineyards y quinta generación de sus propietarios, en el valle de Livermore, California. Su proximidad al mar –está a quince millas de San Francisco—dota a este valle de microclimas óptimos para la producción de vinos bellísimos.
Nos sentamos a compartir en un comedor lleno de flores y sol y como estaba a punto la temporada de cangrejo Dungeness, comenzamos con una ensalada del delicado crustáceo aderezada con menta y un toque de chile, que Carolyn sabiamente sugirió acompañar con el Sauvignon Blanc Livermore Valley 2002, un vino crespo con un toquecito mineral, con melón, anís y acidez equilibrada que no opacó, sino más bien hizo resaltar la ensalada de cangrejo. De ahí pasamos a un Chardonnay, el Vineyard Selection de 2003, que con sus aromas a jazmín, gardenia, manzanas y peras, y un toquecito a sirope de vainilla provisto por el añejamiento del 60% en barricas de roble acompañó elegantemente a un tartare de atún con cebollinas, huevos, limón y pepino. La codicia, ¡oh, terrible codicia! me hizo pedir probar también el Riva Ranch Reserve Chardonnay 2002, proveniente de la apelación de Arroyo Seco, mucho más robusto, con más carácter, añejado en barriles de roble americano y húngaro, con trasfondos de clavos de olor, cítricos y un toque –believe it or not—de pan de guineo con nueces.
Para entonces, era necesario hacer una pausa para bajar la comida. Wente no es solo una ejecutiva, según aprendí cuando entré en mi modalidad de Luisa Lane, sino que también forma parte activa de los comités de la fundación James Beard, uno de los organismos más importantes de la gastronomía estadounidense, y es autora de libros de cocina. Sus dos libros, Sharing the Vineyard Table y The Casual Vineyard Table, escritos con Kimball Jones, comparten la filosofía de esta mujer de maridar los vinos con la cocina y si bien el primero tiene platillos formales y exquisitos, el segundo ofrece platillos más sencillos, como un molde de carne con hongos shiitake, un mero con alcaparras, tomate y pimentones al alioli o un filete cuya receta compartiré hoy.
Una vez bajé un poco las entradas con una buena dosis de admiración (¿de dónde sacan tanto tiempo estas mujeres para hacer todo eso y además criar hijos y atender maridos?) llegó el siguiente plato, un guiso de paila (pan stew) de mariscos en un caldo de tomates con hinojo, y pan con ajo, que fue maravillosamente bien con el Pinot Noir Reliz Creek Reserve del 2001, ya que repercutió en los aromas de anís y albahaca que tiene este vino, tan sabroso con su final de frutas rojas y taninos serios pero sedosos.
Llegó finalmente el último plato: una pasta con ragú de cerdo, orellanas (oyster mushrooms) y verduras, exquisito con el Charles Wetmore Reserve 2001 Cabernet Sauvignon, un vino imponente hecho con cepas cuyos ancestros originalmente trajo Wetmore en el siglo XIX de Margaux, Francia. El vino que con ellas se elabora es maravilloso: tiene matices de tabaco, cerezas, pasas y especias y la adición de un 16% de Merlot le da gran suavidad a los taninos de la Cabernet.
El feliz desenlace fue la selección de quesos artesanales de California acompañados de un exquisito Riesling de vendimia tardía, producido también por la familia Wente bajo su marca. La sobremesa la hice sentadita en el auto, en un punto alto de una carretera secundaria mientras admiraba el glorioso paisaje californiano, acariciada por las brisas que llegan, tierra adentro, desde la bahía de San Francisco.