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!Ojalá!
Richard. M. Koster
En 1990, Guillermo Sánchez Borbón y yo publicábamos una historia del régimen militar, Tiempo de Tiranos.
Hace unos días salieron en estas páginas dos excerptas del libro sobre el saqueo del Seguro Social. Como respuesta, Rubén D. Paredes dijo, también en estas páginas, que el libro es una novela, "Obra literaria en que se narra una acción fingida".
Mi respuesta a su respuesta es !Ojalá!
Ojalá que Guillermo y yo hubiéramos inventado todo y que ninguno de los incidentes que mencionamos hubiera ocurrido. ¡Qué felicidad! Guillermo sería feliz de no haber pasado ni cárcel ni exilio, y de poder conversar de nuevo con su amigo Floyd Britton, asesinado a golpes en Coiba. Yo sería feliz de no haber pasado tanto miedo, y de poder conversar con Jorge Camacho, muchacho simpático con quien, en un par de ocasiones, disfruté el sabor del gas lacrimógeno mientras él le tiraba pintura a la embajada norteamericana y yo reportaba para Newsweek, antes de que fuera asesinado a balas en la universidad nacional. Y bien feliz sería el pueblo panameño.
Los cien millones robados del seguro hubieran quedado en sus cuentas bancarias acumulando intereses. Serían hoy por lo menos un par de billones, y el pueblo tendría la jubilación que merece. ¡Ojalá, ojalá!
Además, siendo el libro novela, los hechos se podrían ajustar, ya que lo que más les falta es justicia. Primero, cien años en Alcatraz para los chambones criminales de mi país quienes crearon un ejército en Panamá pagándolo, reclutando, armándolo y entrenándolo. Los panameños son demasiado inteligentes para botar dinero tan tontamente. La ceguera de los imperios es infinita, pero en toda la historia no hay disparate tan bobo como regalarle un ejército a un país vecino para luego invadirlo y desbaratarlo.
Otro cambio conveniente sería impartir justicia aquí. Me daría vergüenza publicar una novela en que Manuel Noriega pague solito los pecados de sus compañeros uniformados y cómplices civiles. ¡No, no, no! Veinte años para cada uno de ellos con el proviso humanitario de que podrían comprar su libertad pagando un millón por año. Así se podrían liberarlos billones de la deuda nacional de sus bolsillos.
Ojalá, entonces, que Rubén D. Paredes tuviera razón y que el libro fuera ficción y no historia.
De todos modos, me disgusta que él se sienta calumniado. En el otoño de 1985, después del asesinato de Hugo Spadafora, Guillermo se vio obligado a esconderse por un par de semanas. Fue a la nunciatura, al mismo cuarto que luego tendría Manuel Noriega.
Cuando la SIP obtuvo garantías de su seguridad del estado mayor, celebrábamos su salida con un almuerzo en el Pavo Real, restaurante que solían llamar en esos días El Valle de los Caídos por su popularidad entre los que habían perdido el favor del tirano de turno. Efectivamente, la primera persona que vimos en el comedor era Nicki Barletta, recientemente botado como presidente títere. También estaba presente Rubén D. Paredes. Él saludó a Guillermo, y antes de sentarnos pasábamos por su mesa, donde él y Guillermo cambiaron unas frases. Yo nunca le había visto en persona, ni vestido de civil, y me impresionó lo distinto que era del mandamás uniformado de las pantallas, muy cortés, de aspecto tranquilo y voz suave. Al recordar aquel momento, supongo que él también estaría contento si el libro hubiese sido puro cuento, y si nunca hubiera habido tiranos en Panamá.
El autor es escritor
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