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Disturbios y democracia
Oscar Combe
osbo@telefonica.net
Soy panameño y siento lo que pasa en Panamá. Desde hace algunos años resido en España, dedicado a actividades académicas y profesionales.
Esto me hace permanentemente hablar de Panamá, de su relación con América Latina en general y con el resto del mundo. No se imaginan cuánto tengo que defenderla, cómo tengo que montar mis barricadas argumentales y cómo tengo que disparar información para salvarla, y perdonen la metáfora.
Hay en estas latitudes muchísima desinformación, a pesar de vivir precisamente en la era de la información, también mucha desconfianza y hasta desprecio, aunque resulte difícil reconocerlo por parte de quienes son el llamado primer mundo, con respecto, debo decirlo, no sólo de Panamá, sino más bien del conjunto de los países de la América de habla hispana, que decidieron una vez, y otros más de una, dejar de ser colonia. Pero aún nos llaman "repúblicas bananeras".
Por eso cuesta muchas veces defender la tierra, defender el país, defender su gente. Hay que luchar primero contra esa atmósfera que casi siempre se presenta en negativo, seguro estoy por razones históricas, pero es que además y es donde radica mi particular preocupación de este momento, que hay que seguir defendiendo a Panamá y a su gente aun y a pesar de los actos de ayer.
¿Cómo explicar que eran estudiantes, cómo explicar que no eran todos los estudiantes de esos colegios, sino una turba de algunos cientos, cómo explicar que esa es la generación que dentro de unos años tomará las riendas del país? Sí, esos serán los contadores, los auditores, las secretarias, los administradores, los responsables de recursos humanos y gerentes de empresas panameñas y de las extranjeras que mucho exigen y demandan para llegar y radicarse en Panamá y los funcionarios de su administración. ¿Señores, qué pasa, en qué fallamos, qué podemos hacer? Pueden ser muchas las preguntas que nos hagamos, y muchas las respuestas, desde todos los puntos de vista y sectores, pasando por las más tibias a las más radicales, pero algo hay que hacer.
No puede quedar impune el vandalismo, el destrozo, la violencia y la muestra de barbaridad del martes 24. Construir el Estado, en palabras del politólogo Francis Fukuyama es una tarea pendiente y difícil.
En ese proceso se encuentran los países de América Latina, con más o menos avances, unos que otros. Pero, en ese objetivo de consolidación del verdadero y real estado de derecho, donde impere la ley por encima de cualquier interés particular, es hacia donde debemos mirar, y por supuesto trabajar. Se puede protestar, se puede disentir, se puede hacer oposición y ante esas manifestaciones se debe siempre respetar y garantizar el ejercicio de la libertad de expresión, eso es lo propio de una democracia, y Panamá después de mucho luchar por ella la tiene ganada. Sin embargo, sus calles el martes fueron un auténtico campo de batalla, entre enfurecidos y desquiciados estudiantes y las fuerzas del orden, parecido a cualquier escenario de guerra.
Me pregunto obligado por los hechos, qué pensarían los turistas que caminaban por la ciudad, los empresarios e inversores extranjeros que acudían a citas de negocio, los que desde algún país extranjero planeaban por alguna razón visitarla y los pobres ciudadanos panameños que viven en ella, que vieron interrumpida su vida normal, sus desplazamientos, su seguridad y tranquilidad, por no pensar en quienes fueron las víctimas de los asaltos, atracos y del vandalismo en general, que llevaron la peor parte.
Todos hemos sido víctimas, todos hemos sido afectados en nuestros bienes, materiales o no, por los estudiantes violentos, que como hemos dicho tienen todo el derecho a manifestarse, como históricamente lo han hecho y se les ha reconocido, pero a lo que no tienen derecho, ni ellos ni nadie, es a lastimar, golpear con crueldad y saña, el buen nombre de Panamá, y perdonen que vuelva a insistir, que tanto cuesta defender. Espero como panameño, que se ponga orden, en todo aquello en que sea necesario ponerlo, que no impere más la impunidad, ni el desorden, ni el caos, ni la injusticia. Que el Estado con todo su poder, se haga sentir.
Que puedan sus agentes en un examen de serenidad, prudencia y buen hacer, buscar los caminos del orden; sí, el orden para todos, para los estudiantes violentos, para los afectados y para los ciudadanos en general. Y por qué no decirlo en ese contexto de reformas a la Seguridad Social, quizá repensar la estrategia, utilizando la expresión en su más sano sentido, y plantear con el mayor consenso la discusión pertinente. Si somos capaces de hacer esto, podemos estar seguros que así, se construye el Estado y que podremos seguir defendiendo el nombre de Panamá.
El autor es abogado consultor
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