Panamá, viernes 13 de mayo de 2005
 
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redención.

K. sigue viviendo allá

Guillermo Sánchez Borbón

A principios de 1953, unos dos meses antes de la muerte de Stalin, volví, por unos días, a Praga. En otra parte he descrito la atmósfera de terror que ensombrecía entonces a la bellísima ciudad. Y no era para menos. Semanas antes habían ahorcado a los doce principales dirigentes del Partido Comunista checo, empezando por su secretario general, Rudolf Slansky.

Las cosas habían empeorado desde entonces: en Moscú se acababa de denunciar una vasta conspiración de médicos ("asesinos de bata blanca", los llamó Stalin) para envenenar a los dirigentes soviéticos.

Unos latinoamericanos que, como todos los izquierdistas del subcontinente, vivían en babia- no tenían la menor idea de lo que se estaba cociendo en la caldera del diablo. Y como sus anfitriones les habían hablado maravillas de Julius Fucik (un mediocre poeta convertido en héroe nacional por los comunistas checos), a un centroamericano se le ocurrió que era el momento adecuado para hacer una peregrinación a su tumba. Y allá fuimos a parar todos. Aprovechando que estábamos en el cementerio, le pregunté al guía dónde estaba enterrado Franz Kafka. Convertido en una estatua del miedo y de la mudez, fingió no haber oído el nombre con que yo había mancillado el santo lugar donde reposan los restos de Fucik. Los otros no se dieron cuenta del incidente, tal vez porque no sabían quién era Kafka.

Stalin murió en los primeros días de marzo (hay cierta confusión acerca de la fecha exacta). Tres años más tarde, en su famoso discurso secreto, Kruschov reveló que su predecesor era un carnicero sediento de sangre, que derramó a raudales. Ni Stalin, ni Kruschov, ni el comunismo se recuperaron jamás de esta revelación.

Y se inició (con avances y bruscos retrocesos) el caótico proceso de desestalinización, en ninguna parte tan contradictorio como en Checoslovaquia. A veces aflojaban un tanto las clavijas para volver a apretarlas a los pocos meses. Pero los intelectuales checos, dotados de supernarices, tenían sobre sus colegas de otros países comunistas la ventaja de que podían oler a tiempo el tocino. De pronto periódicos y revistas dejaban de maldecir a Kafka, y los escritores corrían a publicar sus propias obras, hasta la víspera prohibidas por el santo oficio. Si se reanudaban las fulminaciones contra el finado, they run for cover. Si esto te parece demasiado bizantino, recuerda que en China la purga de Li Shao Shi fue precedida por violentos ataques a Beethoven. Mientras en Occidente los expertos se rascaban, perplejos, la cabeza, Li y los suyos captaron el mensaje, y se prepararon a morir o a ir a la cárcel.

Kafka estaba más vivo que nunca. Alguien (lamento haber olvidado su nombre) publicó un artículo en la revista Vuelta de Octavio Paz, en que relata lo siguiente. El gobierno checo envió uno de sus mejores especialistas a un congreso de agronomía que se celebraba en Londres. Todo marchó a pedir de boca. El hombre fue y regresó a su país. E informó a sus colegas y a sus jefes de cuanto se había discutido en el congreso. Pero un día apareció una nota en el periódico del partido (ilustrada por una foto del agrónomo), según la cual éste, abusando de la confianza del gobierno, había desertado a Occidente. Al leer la noticia, el agrónomo acudió al periódico a desmentirla. "Aquí estoy, en Praga; jamás he pensado en desertar". Todos los que trabajaban en el diario, pudieron comprobar que tenían frente a ellos al supuesto traidor. Y le pidieron disculpas de viva voz. Pero al día siguiente reapareció la noticia, esta vez con más detalles: había pedido protección a la Embajada de Estados Unidos en Londres. Volvió K. al periódico, pero esta vez ni siquiera lo dejaron entrar. Cuando su caso fue tema de un violento editorial, K. comprendió que había llegado el momento de poner pies en polvorosa y se fugó a Occidente.

En Londres se puso en contacto con la embajada gringa. Y eso que no había sido llamado a hacer trabajos en El Castillo.

Hundido ya el comunismo bajo el peso de sus propias locuras, los checos han recuperado íntegramente a su más grande escritor. Leo la siguiente nota en La Prensa del 2-5-05: "El dramaturgo Harold Pinter fue distinguido con el Premio Literario Franz Kafka de la República Checa, dotado con 10 mil dólares. La distinción se entregará en la capital checa. El jurado internacional eligió a Pinter, de 74 años, entre 20 candidatos".

Como las cosas sigan así, el día menos pensado le dan a Kafka, póstumamente, el Premio Nobel de Literatura. Ya para qué, digo yo.

El autor es director emérito de La Prensa

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