| El Boxeo.
¿Licencia para matar?
Teófilo Rodríguez
ciudadela@cwpanama.net
Crecí en el barrio de la calle Quinta y Bolívar de Colón. Allí era habitual que las diferencias entre adversarios se dirimieran por la vía pugilística; en varias ocasiones me tocó vivir esta experiencia. Hoy, para mayor desgracia de todos, se resuelven las diferencias a filo de navaja o sencillamente oprimiendo el gatillo de un arma de fuego.
Conservo vivos recuerdos de mi infancia: las hazañas boxísticas de Ismael Laguna y de Ernesto ñato Marcel, ambos vecinos de la calle Cuarta. En años más recientes saldría de nuestro vecindario Jorge Luján: aún recuerdo sus peleas callejeras y lo habilidoso que era con su juego de cintura. Viví de cerca los triunfos y las derrotas de mi amigo personal, Antonio buchí Amaya, quien desgraciadamente hoy vive en el olvido y abandono de los millares de fanáticos que en su momento corearon, al compás de las narraciones radiales del finado Tomy Cupas, sus clásicos combates en el Japón. El gancho del buchí, que le hizo famoso en su tiempo, hoy es solo un recuerdo en los álbumes de fotos y videos de algunos coleccionistas.
Panamá ha tenido más de una veintena de campeones mundiales, lo que le ha merecido el título de "Tierra de campeones". Algunos sin duda, como Roberto Durán, han dado a conocer el nombre de nuestro istmo en sitios insospechados y distantes.
Para los que venimos de barrios pobres es muy comprensible que, fuera de aquellos que tuvimos la oportunidad de realizar estudios superiores o de hacer carrera profesional, la otra vía para triunfar en la vida era el deporte. Y si de remuneración económica se trataba, el boxeo y el béisbol se presentaban como las mejores ofertas. Hoy habría que añadir el fútbol a la lista.
Reconozco que, gracias a mi proceso de conversión, hoy tengo una concepción del valor de la vida y de la persona humana muy diferente a la de mis años mozos. No puedo negar que me lacera el alma cada vez que me entero de la muerte de un púgil, o de su traslado al hospital a consecuencia de los golpes recibidos. ¿Quién puede medir el sufrimiento de una madre o de los parientes cercanos en esas circunstancias? ¿Qué dinero puede reponer lo irreparable? Y mi pregunta más acuciante, ¿qué diferencia existe entre los antiguos gladiadores romanos, que combatían a muerte en el circo, y los gladiadores de los tinglados modernos?
Sé que mi artículo en nada cambiará el deporte (¿?) del boxeo profesional. Hay muchos y grandes intereses monetarios que se mueven en este terreno y no necesariamente, en la mayoría de los casos, para el primordial beneficio de los contrincantes. Preguntémosle a los grandes promotores qué profesión desearían para sus hijos: Les aseguro que ninguno apostaría por el boxeo.
Pertenezco a una minoría de hombres que soñamos con un mundo mejor, en donde no existan diferencias de clases y en donde todos comprendamos que somos hijos de un mismo Padre. Por eso somos hermanos, no combatientes que se regocijan y apuestan para que su ídolo, "pulverice" o "aniquile" a su oponente.
Creemos en el deporte y en el beneficio que representa para todos la sana disciplina de cuerpo y mente; pero nunca podremos aprobar espectáculos que, bajo el pretexto de práctica deportiva, degradan a la persona humana. Termino con un homenaje de aprecio y oración cristiana por todos los pugilistas muertos o lesionados a causa del boxeo. Ellos sólo fueron víctimas de una sociedad que les privó del derecho de realizarse de otra forma que no fuera por sus puños.
El autor es sacerdote
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