| acontecimiento.
La campana de San Francisco
Carlos Guevara Mann
A las dos de la madrugada del sábado 12 de febrero, pocos días después del inicio de la Cuaresma y horas antes de la conmemoración de Jesús Nazareno de La Atalaya, la comunidad de San Francisco de Veraguas se despertó sobresaltada con el sonido de la campana de la iglesia. El extraño fenómeno asustó a muchas personas. Una anciana desvelada, que se había mudado del lecho a la silla mecedora, quedó petrificada en su asiento.
Como era de suponer, semejante prodigio dio lugar al surgimiento de numerosas interpretaciones, basadas en factores tanto naturales como sobrenaturales.
Confieso que no fui de los que escuchó el insólito resonar. Me enteré del acontecimiento a la mañana siguiente, durante el desayuno. Alvarito, mi hijo menor, y yo habíamos ido a pasar unos días de vacaciones a San Francisco, una las localidades más simpáticas del interior de la República.
Su tranquilidad, su frescor, la vistosidad de sus alrededores, su recreativo balneario y, sobre todo, su templo histórico, hacen de San Francisco de Veraguas o de La Montaña, como se lo llamaba antiguamente un sitio atractivo para quienes aprecian las valiosas creaciones de la naturaleza y del ingenio humano.
Más que encontrarle explicación al repicar de la campana, me dio por cavilar sobre lo que podría simbolizar tal misterio. ¿Sería un tañer de duelo? ¿Qué podría dolerle al pueblo de San Francisco? Sin duda, del entuerto de la restauración del templo. Las obras de rehabilitación emprendidas durante el gobierno anterior al que apoyé en el convencimiento de que sería mejor para el país que una repetición del PRD fracasaron rotundamente. Hoy la iglesia, corazón de la comunidad por más de 270 años, está cerrada. Su fábrica sencilla y vetusta, tanto como sus magníficos retablos, aguardan con paciencia que una mano generosa y capaz, respetuosa de su valor patrimonial, les restablezca su primitivo esplendor.
Mientras tanto, sigue pendiente la aclaración de lo ocurrido, por el INAC y el Ministerio Público, incluyendo una rendición de cuentas sobre dineros públicos aparentemente malversados.
Pero la campana no doblaría únicamente por la fracasada obra de restauración. Gemiría también, con intenso dolor, por los crímenes perpetrados contra las comunidades del norte de Veraguas, en sus pastores religiosos, como fuera el caso de Bernardo Felipe, párroco de San Francisco desde fines del siglo XIX hasta la década de los treinta del siglo pasado.
Según el Libro Azul de Panamá (1916-1917) el Padre Felipe se distinguía por "sus estudios de lenguas muertas, su mansedumbre y su criterio lleno de ilustración ... Los feligreses le quieren entrañablemente, pues al par que es emprendedor y amigo del progreso y de toda evolución, es confortante en las desgracias con sus palabras consoladoras" (pág. 356).
El sacerdote sobresalía, además, por su amor a la justicia y su defensa de los pobres contra la opresión de los gamonales. Por eso, los caciques de la época se confabularon para liquidarlo. De acuerdo con una versión, le encargaron tan nefando propósito a un anarquista español al que el presbítero, en señal de hospitalidad, acogió en su residencia.
El sicario le dio al padre Felipe el pago de la vaca atollada: detonó una enorme carga explosiva en la casa cural, lo que acabó con la vida del sacerdote.
Entre las realizaciones del presbítero inmolado cuenta la Red Informática de la Iglesia en Panamá (http://riip.org.pa/) está la erección de "un templo de adobe y quincha" en Santa Fe, localidad situada al norte de San Francisco, en un paraje ventoso y cerril, singularmente grato a la vista. Años después del asesinato de Bernardo Felipe, ocurriría en Santa Fe otro atentado contra un promotor de la justicia social, el sacerdote Héctor Gallego, quien fue secuestrado y desaparecido por agentes de la narcodictadura de los militares y el PRD.
El crimen contra el padre Gallego es emblemático del terrorismo de Estado instaurado por el torrijismo, una experiencia sin precedentes en Panamá desde la fundación de la República. A tres décadas de su desaparición, los supuestos representantes de la sociedad panameña, instalados (más bien enquistados) en el poder ejecutivo, la Asamblea Nacional, el sistema judicial y el Ministerio Público, carecen de voluntad y autoridad moral para esclarecer este y otros casos que ofenden la dignidad humana y limitan nuestra capacidad para alcanzar el desarrollo sostenible.
Mientras tanto, el caciquismo, el abuso de poder, el aprovechamiento del más débil y el uso de la violencia para imponer todas esas prácticas perversas siguen constituyendo la esencia del sistema político panameño. Las realidades políticas de la región norteña de Veraguas, donde el grupo familiar que gestionó el secuestro del padre Gallego sigue mangoneando el acceso al poder a ciencia y paciencia del Tribunal Electoral y las autoridades jurisdiccionales son prueba fehaciente de esta lamentable situación. Por ello, también, indudablemente tañería de luto la campana de la iglesia de San Francisco.
El autor es consultor y catedrático de asuntos internacionales
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