Panamá, domingo 8 de mayo de 2005
 
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gÉnero.

La mujer moderna

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

En los últimos días, una ráfaga de sicarios de la libertad de expresión ha escrito artículos para desacreditarme o cuestionar mis principios morales, simplemente por osar a desafiar dogmas y dudar de la integridad de la cúpula eclesial. Las presiones contra la libre actividad de mi pluma se han suscitado en todas direcciones. Siento lástima por mi país. Lo único que haría falta para terminar de imbuirlo en las tinieblas del medioevo sería aprobar la lectura mensual obligatoria de la Biblia, en lugar de fomentar el enriquecimiento mental de los ciudadanos a través de El Quijote o de los libros de Darwin, Sagan, Hawking y Savater, entre otros. Vivimos en una sociedad intelectualmente inmadura. Ojalá a mis hijos les toque vivir mejores tiempos, libres de supersticiones e intolerancias. Mientras no se extingan mis columnas, continuaré con mi agenda independiente de debatir temas de mi preocupación. No pretendo arrugarme porque defraudaría a esos que no tienen espacio para su voz o pluma, pero que son afines o tolerantes a mis ideas. Sé que son muchos y eso me reconforta. El escrito de hoy lo dedico a la mujer moderna.

Desde los albores de la humanidad, según la evidencia escrita, la mujer ha sido objeto de discriminación y sometida a la crueldad del machismo imperante en todas las facetas de la vida cotidiana. En el plano político, la participación femenina ha sido tradicionalmente escasa y usualmente en posiciones de bajo perfil. En el aspecto social, los clubes cívicos son generalmente cofradías masculinas y raramente designan a mujeres en puestos de mando. En el ámbito espiritual, todos los cultos religiosos han marginado a la mujer a categorías secundarias, a pesar de que las constancias históricas sobre la existencia de deidades apuntaban a una omnipotente y creadora diosa. Por capricho masculino, la última vocal fue eliminada. En biología, la mujer, a diferencia del hombre, nunca ha sido completamente dueña de su cuerpo y, de hecho, en poblaciones humildes es obligada a ser más fértil que un cobayo, a tener relaciones copulativas para satisfacer las aberraciones de su amo, a someterse a la violencia de sus concubinos embriagados, a sufrir el abandono conyugal, a la crianza en soledad de sus retoños y a vedársele la información sobre los beneficios de la anticoncepción, utilizada hasta la saciedad por damas de mejor estrato educativo, económico y cultural. En el espacio laboral, los mejores nombramientos son usualmente otorgados a los hombres y aun en situaciones jerárquicas equivalentes, los salarios de las féminas tienden a ser inferiores. Finalmente, en el hogar, la mujer es muchas veces la única responsable de los extenuantes quehaceres domésticos y la atención o educación de sus hijos.

Estoy plenamente convencido es muy fácil notarlo que la mujer es tan o incluso más capaz que nosotros los hombres en muchas de las actividades anteriormente citadas. Sólo basta observar las mejores calificaciones obtenidas por las mujeres en las asignaturas escolares y universitarias. Las mujeres modernas ya no soportan más la ignominia a que han sido sometidas durante siglos y tienen todo el derecho a protestar para ocupar el protagónico sitial que merecen. Eso sí, deben hacerlo con clase e hidalguía. No les recomiendo utilizar maniobras vengativas e irse al extremo de propiciar la discriminación del hombre. Es claro que la mujer moderna ya no está dispuesta a seguir aceptando lo que han sufrido -y todavía sufren- nuestras madres y abuelas. Ahora, ellas prefieren aportar su enorme grano de arena para enriquecer la intelectualidad de la sociedad, involucrarse en la toma de decisiones políticas o brindar sus esfuerzos y conocimientos para tener un mejor país, en lugar de reunirse con sus amigas a jugar bingo, contar bochinches durante sesiones de té, lustrar santos en las iglesias o envejecer bordando y cocinando en casa.

Me quito el sombrero ante la destreza, capacidad e inteligencia de la mujer moderna. Aparte de mi profunda admiración por la mujer que me acompaña, aconseja y anima cotidianamente, un ejemplo notable de integridad como esposa, madre y profesional, conozco también a numerosas damas panameñas que le dan toda una bofetada intelectual y moral, incluso al hombre más excelso de nuestra nación. Considero, por tanto, que la propuesta para que la mujer panameña siga jubilándose antes que el hombre representa todo un eufemismo para ocultar recónditos deseos machistas de los que defienden dicha tesis. La mujer, en cualquier parte del mundo, vive más y mejor que su contraparte sexual. Sus estrógenos y embarazos parecen ejercer un significativo factor protector de enfermedad, senilidad y deterioro mental. Si realmente las valoramos, lo que todos debemos proponer es que haya una verdadera equiparación salarial, se promuevan iguales derechos de género y que nosotros, los hombres, compartamos las actividades hogareñas y educativas de nuestros hijos. Debemos estimular, además, una universal y efectiva política de anticoncepción, para que las mujeres humildes puedan disponer de su vida y cuerpo de la manera que ellas mismas elijan.

Soy de la firme opinión que si las mujeres preparadas dirigieran los destinos de Panamá, habría mayor disciplina u organización estatal, menor índice de corrupción y mejor justicia social. Basta observar la conducta ejemplar y fortaleza ética de procuradoras, juezas, médicas, abogadas, periodistas, directoras de organismos de transparencia y justicia social, escritoras, empresarias y numerosas mujeres en el mundo de las ciencias. Fíjense que dije preparadas. El ejemplo escenificado recientemente por nuestra primera mujer presidenta es mejor archivarlo en el olvido. Nuestras mujeres modernas no merecían tal humillación.

El autor es médico pediatra e infectólogo

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