| escepticismo.
¿Qué espero yo del nuevo Papa?
Guillermo Sánchez Borbón
Que viva como preconizaba Ortega y Gasset- "a la altura de su tiempo". Con un par de ejemplos bastará para ilustrar el punto:
El primero es abandonar definitivamente la extrañísima espermatozoolatría, que empezó a practicar la Iglesia a partir de una desafortunada encíclica de Pablo VI. Juan Pablo II la elevó al rango de verdad revelada, de dogma de cumplimiento obligatorio para todos sus fieles.
Entre las células germinales y las corrientes no hay otra diferencia que la meiosis, es decir, la reducción a la mitad del número de cromosomas de nuestra especie (la otra mitad la aporta el óvulo, que también sufre el proceso de meiosis), paso previo a la fecundación. Estaríamos aviados si cada vez que se nos muere una célula le mandamos a rezar un responso.
Esta espermatozoolatría ha puesto a la Iglesia contra la pared. El finado Papa prohibió el uso de todos los medios anticonceptivos artificiales. Nadie en los países desarrollados le hace caso. Los católicos -aun los practicantes replican que la autoridad del Papa se detiene en el umbral del dormitorio. Lo vitorean con gran entusiasmo en público (porque el viejo tenía un carisma irresistible), pero nadie hace caso de sus absurdas fulminaciones.
En cuanto a los pueblos subdesarrollados, materialización de las peores pesadillas de Malthus, la Iglesia quiere condenarlos a una miseria perpetua.
Los demógrafos nos han explicado que todo desarrollo económico viene precedido por una disminución del crecimiento poblacional.
Claro que si salimos de la miseria, se quedarían sin tema para sus sermones la mayor parte de los curas. "La Iglesia -como si la cuestión fuera a decidirse en un casino o en un juego de dados apuesta por los pobres", han repetido hasta el cansancio sus voceros. ¡Nunca supe qué quieren decir con esta gansada!
Pero no contentos con haber metido la pata, la hunden aún más. Hasta el hombro. Nadie ignora la atroz epidemia de sida que azota el África.
Pues bien, Juan Pablo II prohibió terminantemente el uso de preservativos aun a quienes padecen de la enfermedad, están casados y no desean contagiar a sus cónyuges. ¿Para él es más importante evitar la muerte de doscientos millones de espermatozoides (que el organismo de un hombre normal repone en unas cuantas horas) que la de doscientos millones de africanos?
Vivir a la altura de su tiempo. Todos recuerdan el caso de Galileo, a quien, contra todas las evidencias científicas, la Iglesia condenó, a principios del siglo XVI, por haber comprobado que la tierra es efectivamente redonda.
Un día apareció en los diarios la noticia de que la Iglesia iba a revisar el caso, con el fin de rehabilitar a Galileo. No sé si ya lo hizo y yo no me he enterado, pero el anuncio del Vaticano se publicó hará unos veinte años y todavía estoy esperando la resolución absolutoria.
El caso de Galileo tiene gran importancia: un historiador de la ciencia explicó que en tiempos de Galileo la investigación se había concentrado en el sur de Europa; después de su condena, la ciencia emigró al norte, donde los protestantes -en general tan intolerantes como los católicos dejaron que sus practicantes trabajaran libremente. A eso, y a otras cosas, se debió el prolongadísimo atraso del sur.
Vivir a la altura de su tiempo. Entre los muchos problemas que enfrenta hoy la Iglesia, está la deserción en masa en países tradicionalmente católicos. En España cada vez van menos personas a misa; además, se han visto obligados a cerrar conventos y seminarios, porque ya nadie quiere ser monja, monje o cura. Y los ciudadanos de a pie le han vuelto la espalda a su Iglesia. En España y en otros bastiones tradicionales del catolicismo. Y los cardenales responden a estos tremendos retos nombrando Papa a un alemán conservador, consejero teológico de Juan Pablo II.
Un hombre, además, que no goza de la simpatía de sus compatriotas: Según una encuesta de Spiegler, sólo el 23% de los católicos alemanes aprueba la elección. Y un vocero de la Iglesia luterana dijo que el escogimiento era una catástrofe. Y todos los popes de la Iglesia ortodoxa afirmaron que el nombramiento ponía fin a los esfuerzos de unidad entre todas las iglesias, porque un hombre que ha afirmado que la única iglesia verdadera era la católica, rechaza la reconciliación.
El autor es director emérito de La Prensa
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