| liderazgo.
El político de Dios
I.Roberto Eisenmann, Jr.
Me voy a meter en aguas muy profundas con este artículo. El título lo tomo prestado de un artículo que apareció en La Prensa con motivo del fallecimiento del Papa.
Soy fiel creyente en la separación entre el poder del Estado y el de la Iglesia. No hay peor cosa que la fusión del poder religioso con el poder político. Tanto la Historia antigua como la moderna están llenas de eventos en que esta fusión produjo la muerte de millares de inocentes.
Sin embargo, y tal como lo indica Jim Wallis en su reciente libro God’s Politics ("La Política de Dios") con subtítulo ‘Why the right gets it wrong and the left doesn’t get it’ ("Por qué la derecha se equivoca y la izquierda no entiende") el tema real de traer a Dios a la política no es si se trae, sino cómo. Hemos sufrido, escribe Wallis, de espiritualidad privada sin conexión alguna a la vida pública o política secular opuesta a la religión o asuntos espirituales; ambos extremos son poco recomendables. Hay que lograr conectar la espiritualidad a la necesidad urgente de lograr la libertad y la justicia. La mejor contribución de las religiones a las políticas públicas es definitivamente no ser partidarias y no ser ideológicamente predecibles. La política y la espiritualidad, sin embargo, pueden jugar un gran papel en la transformación de la sociedad. Entre los movimientos que han cambiado la Historia para bien, los más fuertes y eficaces han sido aquellos con una base espiritual que produce esperanza. Esperanza frente cinismo es la alternativa política de nuestro tiempo.
En esto el papa Juan Pablo II cambió la Historia para bien. Tocó el corazón de millones de seres en el mundo entero y ayudó a liberarlos. Por eso, ante su agigantada figura, los líderes políticos de países poderosísimos que asistieron a su funeral se veían disminuidos.
Por eso, cristianos de todas las denominaciones, judíos, mahometanos y seres de todas las religiones lloraban abiertamente la muerte del Papa.
Por esta misma razón Martin Luther King, Jr. pasó a la Historia como motivador de un gran cambio político, al igual que lo hizo Mahatma Gandhi.
En los textos bíblicos encontramos a un Dios que habla de política todo el tiempo. ¿A quiénes le hablaban los profetas..? A los que mandan, a reyes, a jueces, a latifundistas, a dueños de propiedad y de riquezas. La audiencia target siempre fue la de los poderosos. Y, ¿a quiénes le daban voz?, ¿a nombre de quiénes hablaban? A nombre de los desposeídos, viudas, huérfanos, hambrientos y desesperanzados.
Dios es personal pero nunca privado. La fe tiene poca importancia si no se traduce en la exigencia de una justicia pública que cambie las cosas, que transforme la sociedad (¿de qué habría servido Martin Luther King si hubiera mantenido su fe en privado?).
Sin embargo, ¡ojo!, que las exigencias y la protesta no se conviertan sólo en la política de la queja perenne y en la imposible búsqueda del "hombre nuevo" para procurar lograr la justicia. No basta la rabia de la protesta sino apuntar positivamente hacia una promesa, una esperanza, una transformación realista y posible con el hombre pecador.
En todo lo dicho está la grandeza de ese Papa, Papá que acabamos de perder. En eso, sin duda, fue el político de Dios que transformó al mundo. Ahora, ojalá que los cardenales escojan a un Papa que transforme a la Iglesia.
El autor es presidente de la Fundación para la Libertad Ciudadana
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