Panamá, viernes 15 de abril de 2005
 
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geopolítica.

Perspectiva
La izquierda bananera

Carlos Alberto Montaner

Los militares brasileños están intranquilos con Hugo Chávez. No es nada cómodo convivir con un vecino decidido a crear una milicia dotada con un millón de hombres armados. La hipótesis más benigna es que se trata, en realidad, de una tropa de ocupación que sólo se dedicará al acogotamiento de los venezolanos y al control y patrullaje de una dictadura nacional más o menos calcada del modelo cubano. La más preocupante señala que, además de oprimir a los venezolanos, un aparato militar de esas dimensiones acabará desarrollando operaciones internacionales contra otros países de su entorno. Como sabe cualquiera con un poco de experiencia, es el ‘órgano el que luego crea las funciones. Los brasileños no ignoran que cuando las fuerzas armadas cubanas se convirtieron en el mayor ejército de América Latina, acabaron invadiendo Angola y Etiopía con decenas de miles de soldados que entre 1975 y 1989 riñeron en África la guerra más larga jamás librada por una fuerza extranjera: 14 años.

A los militares chilenos les sucede lo mismo. Presienten que el creciente militarismo de Chávez hará metástasis por el continente y comienzan un costoso proceso de rearme. Nadie se cree el cuento de que ese millón de milicianos ha sido convocado para pelear contra Estados Unidos. La última vez que Washington intervino agresivamente en los asuntos venezolanos fue a principios del siglo XX, a petición del presidente Cipriano Castro, para amenazar a Inglaterra, Alemania e Italia de ir a la guerra si continuaban los ataques navales y la humillante presencia militar de esos países en el litoral caribeño de Venezuela, supuestamente provocados por los incumplimientos económicos internacionales del gobierno de Caracas.

Es curioso que sean dos gobiernos socialistas los que ven con mayor preocupación el surgimiento en América Latina de una izquierda militarista, inevitablemente destinada a agredir a sus vecinos. Este fenómeno ha parido un nuevo vocablo concebido para designar a la vertiente chavista: la izquierda bananera. El Partido del Trabajo de Lula da Silva, que en su último congreso acaba de declarar su voluntad de sostener la austeridad fiscal, el control de la inflación y las mejores relaciones con los centros financieros del planeta, no desea que lo confundan con el chavismo.

Los socialistas de Ricardo Lagos, que hoy se parecen más a Tony Blair que a Salvador Allende, también desean poner distancia del teniente coronel venezolano. Chávez es la quintaesencia de la izquierda bananera. La izquierda bananera, permanentemente crispada y en pie de guerra, es marxista, antioccidental, autoritaria, vociferante, irresponsablemente populista, camorrista, histriónica, dirigista, enemiga del mercado, y se dedica apostólicamente a hacer una revolución fantasmal rescatada de los escombros de la guerra fría. Ni Lula ni Lagos son así. Probablemente, el uruguayo Tabaré Vázquez y el argentino Néstor Kirchner tampoco.

Más aún: la izquierda moderada no ignora que el ala bananera de su propia familia política es un enemigo potencial más peligroso que sus adversarios tradicionales.

En Nicaragua, la izquierda bananera representada por Daniel Ortega se ha dedicado a perseguir con saña al ex alcalde sandinista Herty Lewites, algo que antes hizo con Sergio Ramírez. En El Salvador, como ha denunciado brillantemente el ex comandante guerrillero Joaquín Villalobos, Shafik Handal ha asumido el rol de bananero implacable contra todo aquel que trate de retar su liderazgo desde posiciones democráticas razonables. En México, el pintoresco subcomandante Marcos, con su apoyo a los terroristas vascos de ETA, y sus ataques a la monarquía española, ha pasado de ser un icono de la izquierda a un embarazoso compañero de viaje.

Algo parecido a lo que le sucede a la izquierda en Bolivia, donde el dirigente cocalero Evo Morales ha pulverizado el espacio socialdemócrata, polarizando peligrosamente a la sociedad en dos mitades separadas por un abismo.

Pero todavía existe un peligro adicional. La izquierda bananera no sólo es un espacio ideológico: también es una franquicia política para aventureros ávidos de poder que buscan una etiqueta fácilmente identificable. El inefable "loco" Abdalá Bucaram, cuando regresó a Ecuador tras su prolongado exilio en Panamá, insinuó su condición de born again chavista. Los hermanos Humala, cuando intentaron dar un golpe militar en Perú, vistieron inmediatamente la indumentaria bananera procedente de Venezuela. El bananerismo ya es filosofía y antropología ready made.

Hace varias décadas, en medio de la guerra fría, ex comunistas como Arthur Koestler o el premio Nobel Czeslaw Milosz predijeron que la batalla final sería entre ellos y los que continuaban fieles al estalinismo. En realidad, las cosas sucedieron de otro modo, pero en América Latina hoy es posible vaticinar algo similar: la guerra que el socialismo moderado tiene por delante es contra la izquierda bananera. Ahí crecen y se multiplican los enemigos que le hacen más daño.

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