Panamá, viernes 8 de abril de 2005
 
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ELECCIONES.

Perspectiva
Ortega: ¿primero o tercero?

Carlos F. Chamorro

Ante la amenaza inesperada que representa el ex alcalde de Managua Herty Lewites, Daniel Ortega ha decretado un estado de emergencia en el Frente Sandinista (FSLN).

Nadie duda que el nombramiento precipitado de Ortega como candidato presidencial para las elecciones de noviembre 2006 constituye una respuesta defensiva ante el desafío planteado por el movimiento que encabeza Lewites, un sandinista pragmático que según las encuestas es el político más popular de Nicaragua. Lo llamativo ha sido que Ortega se haya expuesto a tanto desgaste político para imponer su candidatura, eliminando de un tajo la demanda de elecciones primarias en su partido.

Ortega no sólo expulsó a Lewites del FSLN, sino que desplegó toda su influencia a través de los poderes del Estado que controla, cancelando el permiso policial para un acto público y prohibiéndole el uso de los símbolos del partido en sus manifestaciones.

Pero a pesar de la prohibición oficial no logró expropiarle las calles al movimiento de Lewites que continúa organizando concentraciones masivas. Y al atentar contra la libertad de movilización política, Ortega agredió a todos los ciudadanos que ahora se sienten más amenazados por su poder autoritario.

La quinta candidatura presidencial de Ortega después de haber perdido en las últimas tres elecciones conlleva un claro mensaje a la Administración Bush en Estados Unidos. Un llamado a la confrontación con los "veteranos de la contra" de los ochenta, Elliot Abrams, John Negroponte, Roger Noriega, Dan Fisk y Otto Reich, que hoy ejercen importantes cuotas de poder en Washington. No por casualidad durante el acto de proclamación de Ortega se insistió en que el gobierno de Estados Unidos "ha diseñado un plan para asesinar al comandante Ortega".

Ante su militancia, Ortega se declara amenazado de muerte, y ahora espera ansioso la reacción de la Administración Bush que a través del subsecretario de estado para América Latina, Roger Noriega, ya lo ha calificado como un "matón".

Su cálculo político apunta a activar el resorte político emocional más profundo de los sandinistas, llamándolos a cerrar filas contra la "amenaza imperialista". Un expediente que en el pasado ha resultado ser sumamente efectivo para eliminar la disidencia interna en el FSLN.

De manera que la confrontación Ortega-Bush, en un ambiente de polarización, equivale a una profecía autocumplida, y tiende a convertirse en su arma principal para debilitar a los opositores dentro de su propio partido. En su discurso triunfalista, Ortega asegura que su campaña hacia la Presidencia forma parte de una ola victoriosa de la izquierda latinoamericana frente al agotamiento del neoliberalismo en el continente. Como respaldo a esta tesis exhibe los triunfos recientes de Lula da Silva en Brasil, Tabaré Vázquez en Uruguay, Ricardo Lagos en Chile y Nestor Kirchner en Argentina.

Lo que Ortega no explica es que su propia candidatura se asemeja más al fracaso de Schafik Handal en El Salvador, mientras que Vázquez, Lagos, o Kirshner, y hasta el mismo Lula en el poder, se parecen más a lo que hoy simboliza Lewites en Nicaragua.

Ellos representan una izquierda moderna y democrática, socialmente comprometida y a la vez capaz de concertar soluciones nacionales con el capital y de abanderar diferencias profundas con Estados Unidos y el FMI, pero sin colocar al país al borde del abismo. Un pensamiento y una práctica democrática de izquierda que bajo el caudillismo de Ortega ha sido purgada del FSLN bajo cargos de traición, desviación socialdemócrata y agentes del imperialismo.

Por el contrario, en el contexto de la nueva izquierda latinoamericana, a Ortega más bien se le percibe como un mal remedo de Fidel Castro sin los millones del petróleo de Hugo Chávez; pero sin ningún parentesco con la izquierda democrática.

A pesar de todo, si logra mantener unido a su partido y a la vez se divide el mayoritario voto antisandinista, Ortega tiene un chance objetivo de ganar las elecciones del 2006. Irónicamente, su principal aliado en esta aventura sería su antiguo enemigo, el ex presidente Arnoldo Alemán, quien guarda casa por cárcel, sentenciado por sus escándalos de corrupción. Entre Ortega y Alemán, controlan el 90% del parlamento, así como la Corte Suprema de Justicia, y el Poder Electoral, y mantienen en jaque permanente al presidente Enrique Bolaños.

Alemán también enfrenta una rebelión en el Partido Liberal Constitucionalista (PLC), encabezada por el ex ministro de Hacienda Eduardo Montealegre, el presidenciable con mayor popularidad entre los liberales. Si Alemán bloquea la candidatura de Montealegre en el PLC y lo empuja a formar otro polo político, entonces las oportunidades de Ortega aumentan considerablemente.

El capital empresarial que financia las campañas electorales, ya está enfrentado a un dilema complejo: ¿es preferible aliarse con un PLC dominado por el corrupto de Alemán, que apoyar a una nueva fuerza democrática, corriendo el riesgo de facilitarle el triunfo a Ortega?

La pregunta aún pertenece a la dimensión especulativa, pero lo cierto es que una elección a tres bandas representa el mejor mundo para Ortega.

Y por eso el líder del FSLN está comprometido en rehabilitar políticamente a Arnoldo Alemán, pues apuesta a que su excarcelación abona en su propio interés para polarizar al liberalismo y dividir a la derecha.

Sin embargo, en medio de este plan maestro del FSLN, Ortega ahora tiene que enfrentar el desafío de Herty Lewites entre su propio electorado. Si están en lo correcto las encuestas que revelan la preferencia mayoritaria por Lewites entre los sandinistas 72% vs. 18 % para Ortega, y si su movimiento logra articular una organización nacional para mantenerse en las calles, en cuestión de meses podría convertirse en un adversario imbatible para Ortega.

En el inédito escenario de una elección a cuatro bandas el PLC de Alemán, el FSLN de Ortega, Montealegre, y Lewites, una encuesta realizada en enero por Borge y Asociados proyectó que Lewites obtendría el primer lugar, Montealegre el segundo, Ortega el tercero, y Alemán, o su candidato, el cuarto.

Si tales proyecciones se mantienen, Lewites y Montealegre, incluso separados, reúnen el potencial de llevar a la Asamblea Nacional más diputados que el FSLN y el PLC juntos, lo cual tendría un valor estratégico para la democracia en función de sepultar el pacto de los caudillos, con que Alemán y Ortega han mal gobernado el país en los últimos años.

Es cierto que aún es muy prematuro para hacer pronósticos definitivos sobre esta hipótesis, pero basta advertir que en ochos semanas las rebeliones de Lewites y Montealegre han cambiado más el panorama político del país, que en los últimos dos años. Así que nada se puede descartar en esta larga contienda presidencial.

Project Syndicate


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