Panamá, miércoles 6 de abril de 2005
 
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trastRocamiento.

Cuando mueren los principios, muere la justicia

Carlos A. Voloj Pereira
kaovoloj@cableonda.net

Hay hombres que viven como si sus principios fueran, precisamente, ¡no tener principios! Esos hombres enseñan con su ejemplo a sus hijos a no tener principios tampoco. Cuando los hijos de una nación crecen sin principios, con los valores trastrocados, los pueblos se hacen estériles y apáticos, languidece en ellos la conciencia de justicia y el respeto al derecho ajeno que es la paz.

Los principios nacen en la educación que los hijos reciben en su hogares y en las escuelas, en los primeros años escolares. Un padre de sólidos principios civiles y morales, inculcará a sus hijos lo que a su vez aprendió de sus padres y de sus primeros maestros. Es aquí cuando cobran relevancia los valores, las tradiciones y las buenas costumbres.

Hoy, las tradiciones y viejas costumbres se echan de lado porque les parecen cursis y ridículas a los jóvenes, y los que comercian con la vanidad las ven como obstáculo a su tráfico de constantes novedades pasajeras, que buscan complacer y halagar el ego y la soberbia de cada uno y de todos.

En esa búsqueda de uno y otro nuevo placer y diversión, muchos hogares se desunen y pierden el rumbo de la integración familiar. De todos es conocido que Panamá registra uno de los índices más elevados de divorcios en América Latina.

Sin principios ni buenas costumbres los jóvenes olvidan cómo se llamaban sus abuelos y las virtudes que adornaban sus existencias. Algunas de estas nuevas generaciones miran a los viejos como estorbos al presente y amenazas al futuro, y desprecian sus extraordinarias sabidurías, donde cada arruga y cada cana son símbolos de principios que envejecen y que no deben morir con sus desapariciones físicas.

Estos hombres viejos, estos abuelos magníficos anteponían su nombre y su honor a las pecaminosas tentaciones, y el dinero no compraba sus conciencias ni sus dignidades.

Eran aquellos tiempos cuando un hombre valía más por la riqueza de su honrada reputación que por la de su bolsillo. Cuando un hombre hacía valer prioritariamente sus nobles principios por encima de los subterfugios que pudieran enriquecerle a costa de la honra y el bienestar de los demás.

Hoy, todo eso ha cambiado notablemente. Los principios parecen no contar tanto como las conveniencias, oportunidades y ventajas. Ya no se da tanta importancia a la honra como al dinero. Se encumbra con aplausos y sumisiones serviles a los audaces "juega vivo", que logran alcanzar sus fines valiéndose de cualquier medio por inmoral que sea. Estos son los hombres que crecieron sin principios y crían sin ellos a sus hijos e inculcan con ellos a sus cómplices. Estos hombres son los que aniquilan las leyes o las encarcelan porque las leyes les estorban. Son hombres inescrupulosos que conciben sus propias leyes y principios, y que no son otros que los que se acomodan a la pequeñez de su conciencia y al raquitismo de sus pobres espíritus.

Cuando mueren los principios, muere la justicia. De ahí que conviene velar por las tradiciones y las costumbres dignificantes de nuestros padres, de nuestros buenos maestros, guías y orientadores mayores, y mantener vivos los ideales elevados que nos han legado.

El autor es abogado y catedrático universitario
Además en opinión

Cuando mueren los principios, muere la justicia: Carlos A. Voloj Pereira
La ira de los mansos: Ramiro A. Vásquez Chambonett
Los delitos contra el ambiente: Giovanni E. Olmos Espino
Cuando la prudencia es la mejor consejera: Guillermo A. Cochez
Remedios a la criminalidad: Eliécer Augusto Pérez




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