Panamá, domingo 3 de abril de 2005
 
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deber.

Papa, Papa, ¡Papá!

I. Roberto Eisenmann, Jr.

¡Qué paréntesis más precioso vivimos los panameños el 5 de marzo de 1983 cuando Juan Pablo II vino a Panamá! Juan Pablo II nos regaló un día de emocionada alegría. Fue un día en que, inconscientemente, apartamos todos los sentimientos negativos para vibrar con emoción, con todo lo positivo que llevábamos adentro. ¿Qué tenía este Pastor que era tan especial, tan único, tan fuera de serie? ¿Qué tenía este Pastor que con su sola presencia hizo brotar lágrimas de felicidad al más fornido de los hombres? La respuesta parece fácil y sencilla: ¿era un Papa hombre! Era un hombre que había luchado, que había conocido en carne propia el holocausto más vergonzoso de la humanidad; era un hombre que conocía la opresión del dogmatismo ideológico totalitario; era un hombre que tenía en su cuerpo el rastro del plomo de balas asesinas.

A él nadie le podía echar cuentos; ¡era un Papa hombre! Tenía vigor, sencillez, solidez; sus palabras eran mesuradas y tranquilas, pero seguras, fuertes y contundentes. Su rostro mostraba fuerza y seguridad a la vez que ternura, cariño, humanidad. Por eso es que su peregrinaje de paz impactaba a los hombres: porque la paz que pregonaba brotaba de un pecho que había vivido la guerra, la violencia, la muerte.

Hubo para mí en la visita del Papa, otra experiencia muy personal: hacía 15 años en ese entonces (que aún me parece que fue ayer) había perdido a mi padre, quien para mí era, además de padre, amigo, confidente, confesor y héroe, tronco de apoyo moral. Desde el momento de su prematura muerte yo, como hijo mayor, tuve necesidad de intentar convertirme por fuerza en tronco de familia para atender problemas de todos los míos, sin poder demostrar la debilidad de mis propios sentimientos de profunda tristeza y soledad.

La presencia de Juan Pablo II me devolvió ese tronco de apoyo moral paternal tan añorado. En mi fuero interno, por primera vez desde la muerte de mi padre, pude nuevamente sentirme hijo. Volvieron a mí todos aquellos preciosos sentimientos de cuando vivía ese padre que tanto quise y tanto admiré. Me sentí apoyado, protegido, orientado. Pude volver a llorar...¡qué desahogo!, ¡qué alivio! Fueron lágrimas salidas del alma; fueron lágrimas de felicidad. Felicidad de volver a tener un padre en la tierra, ¡de volver a sentirme hijo!

¡Gracias, padre! ¡Gracias, Papa! Fuiste pescador de hombres y entre los millones de hombres en tus redes estuvo este insignificante ser humano comprometido contigo en la Iglesia de ese otro Hombre clavado en la cruz.

El autor es presidente de la Fundación para la Libertad Ciudadana


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