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El papa Juan Pablo II fue llamado ayer a la Casa del Padre y entra en la vida eterna para unirse al Resucitado, a quien consagró su vida, igual que a María, su Santísima Madre. Las campanas de la basílica de San Pedro y las del resto del mundo anunciaron el fin de su peregrinaje por esta tierra, justo en momentos en que se celebra el Tiempo Pascual. Juan Pablo II, el Grande, transformó la Iglesia al tiempo que convirtió muchas vidas; pasarán muchísimos años antes de que podamos apreciar en toda su grandeza y magnitud el legado que deja su pontificado. A pesar de las muestras de profundo dolor, los católicos están ante el gran reto de mantener viva la llama de ese fuego ardiente de fe y esperanza que él encendió, y de hacer germinar la semilla que con tanto ardor sembró con sus frases “Totus Tuus” y “No tengan miedo”. Ha muerto el padre espiritual de millones de personas, el profeta de la paz, pero sus palabras siempre estarán presentes para llevar sin temor a la humanidad por el camino que con tanto amor y tanto dolor dejó trazado.
Sin duda será recordado en el mundo por su liderazgo religioso, por su papel histórico en el colapso del comunismo, por su responsabilidad de defender la cultura de la vida y por hacer llegar a los cinco continentes una voz universal de conciencia para aquellos que padecen tribulación.
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