Panamá, domingo 27 de febrero de 2005
 
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LA ULTIMA PALABRA
LECTORES DE OFICIO
 
Hay quien exterioriza su frustración por el disparate cotidiano y de paso expresa su amor por el idioma; se confiesa estudioso permanente de su estructura; halaga mi aporte cultural dominical, y me felicita, y demanda mi criterio para antes del próximo poniente, pues la consulta es para incluirla en una conferencia que dictará mañana. 
 
mosaico@prensa.com 
RAFAEL CANDANEDO 
 
Fantástico el oficio de lector. El lector completa el mensaje. No hay mensaje sin lector. La verdad periodística –ni pensemos en el abanico de verdades– es más que una mera fidelidad a los hechos. Es un proceso de selección que se desarrolla entre el producto inicial y la interacción de su autor con los lectores.

Verifico que los lectores de La última palabra ejercen su oficio con pasión y rigor. El domingo, el lunes, el martes. Y algunos lo expresan a través de correspondencias electrónicas. Es mi vez de lector de oficio. ¡Hurra! El presente y el futuro de la lengua española y de nuestro ser cultural nos une.

Hay quien exterioriza su frustración por el disparate cotidiano y de paso expresa su amor por el idioma; se confiesa estudioso permanente de su estructura; halaga mi aporte cultural dominical, y me felicita, y demanda mi criterio para antes del próximo poniente, pues la consulta es para incluirla en una conferencia que dictará mañana.

Misión arriesgada: debo confirmar si el ilustre Mario Vargas Llosa conjugó bien un verbo en uno de sus escritos. ¿Y si fue un duendecillo el que enriqueció esa prosa? ¿Qué hice para merecer este encargo?

El oficio de lector no es el de redactor. Ni pensarlo. Me consulta sobre dudas ortográficas, pero de antemano me solicita indulgencia por aquellos errores ortográficos que se pueden haber introducido en la misiva. Lapsus teclis. ¡Esas computadoras…!

La ira es manifiesta contra quienes pisotean el lenguaje. Para algunos incluso es como si unos avionazos fueran disparados contra el corazón del idioma. Se habla con frecuencia de “atentado”. “Denuncio otro atentado contra la lengua”, escribe un furioso lector. Soy receptor de quejas, disgustos y de dudas. Muchas dudas. Debo definirme sobre determinados usos, en uso o en desuso.

“¿Cómo usted ve las cosas?”. ¿Qué debo responder? Nubarrones a la vista. Tsunami, de momento no, por Dios.

De mis lectores sé algo de su condición socioeconómica: suscriptores de La Prensa, los de bolsillo más apretado solo de fin de semana. Son escritores, lectores empedernidos hasta de recetas de médico, hijos o nietos de alguien que les inculcó el amor idiomático (solo conocía el filial, el sentimental y el fraternal) y resentidos con los gramáticos profesionales.

Una doctora en Economía no anda con rodeos ni economías: “No sé si le he contado que busco el Mosaico los domingos solamente para leer su página. Ayer le sentí el tono tristísimo en el homenaje a su director de tesis. Y el consejo al final me pareció encantador”. Comentaba un artículo que escribí a finales de febrero en vísperas del primer aniversario del fallecimiento de don Fernando Lázaro Carreter.

Un lector carga las tintas sobre desaguisados cotidianos –escritos y orales–, aunque prefiere llamarlos “atrocidades”. ¿Crueldad tan grande? ¿Qué adjetivo empleamos entonces para tratar sobre el Holocausto? Otro computa un fallo editorial como un error intolerable y además desea mi adhesión a su opinión. Como si se tratara de la petición de una canción a una radioemisora, otro reclama que insista en escribir sobre el verbo haber, el mismo y el dequeísmo. Recuerdo el interminable cuento macondiano del gallo capón. ¿Aún la sala no está ilustrada? Con perdón: busque las ediciones atrasadas en la biblioteca.

Después de ganar titular en letras de alto puntaje en esta columna, la palabra badulaque es materia de un foro internacional.

Un lector de oficio desatiende el consejo de la manía de leer las publicaciones a partir de la última página, y lo convierte en su rutina dominical. ¡Filolingual!

Escritural. Adjetivo formado por ‘escritura’ más el sufijo ‘al’. Es un sufijo que generalmente significa relación o pertenencia. Cultural, amical, doctoral. ‘Al’ en sustantivos, indica el lugar en que abunda el primitivo: arrozal, cañaveral.

Asolar: en un artículo suscrito por Vargas Llosa y publicado en esta revista se lee: “...la dictadura que asola a la isla”. En el tiempo presente de indicativo, ese verbo (destruir, arruinar, arrasar) se conjuga: asuelo/asuelas/asuela/asolamos/asuelan/asuelan. Solo en la primera persona del plural se mantiene la ‘o’. En las formas restantes se produce la diptongación.

Morador, vecino. Morador es el habitante de un lugar; vecino también es morador, pero además tiene la condición de proximidad. Se puede ser morador de un barrio o de una localidad, pero no ser vecino, pues no existe esa cercanía.

Lo dijo

Asunto de dimensiones. El volumen es una noción quebradiza en el cerebro de muchos compatriotas. País de la superlatividad. Ciertos gestos y decires cotidianos anunciarían a un forastero desavisado que estamos al borde de una guerra civil. En rigor, no se está registrando. En el furor de la microfonomanía una autoridad –contra el lenguaje– afirma: “Hay que evitar al mínimo estas tragedias”. Si es ‘al mínimo’, entonces no hagamos nada. ¡Qué el tsunami nos pille confesados! ¿Por qué afrontar las tragedias con el mínimo de esfuerzos? Mejor: “Hay que evitar al máximo estas tragedias”.
 

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