Panamá, miércoles 30 de marzo de 2005
 
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legado.

Winston Robles

Guillermo Sánchez Borbón

Cuando, aprovechando el veranillo democrático, empezaron a volver del exilio, solían recalar a prima noche en el Boulevard Balboa, donde me acerqué a saludarlos y a darles la bienvenida a su país, sobre todo a los hermanos Robles, a quienes conocía de vista. A la sazón adelantaban planes, tan nebulosos como los que yo mismo solía improvisar al calor de la tertulia; pero con una gran diferencia: el sentido práctico que los animaba, hasta ahora ausente de mis proyectos alocados, los hacía factibles.

A todo esto, yo ignoraba en qué consistía exactamente el proyecto de los exiliados, tampoco tenía la menor idea de lo que se esperaba de mí.

Hasta que una tarde me citaron a una reunión en la oficina de los Robles. Fui resignado a perder el tiempo. De pronto Bobby Eisenmann dijo que era hora de firmar los cheques. Sammy Levy, viejo amigo mío, hizo un cheque de 5 mil dólares y se lo entregó a Bobby. Como otros lo imitaron, en un estado de pánico pedí la palabra:

-Supongo que ustedes no me habrán citado aquí para pedirme 5 mil dólares. No tengo chequera: tampoco la necesito, porque he tenido una cuenta corriente.

Estos fueron los curiosos comienzos del hoy más importante diario de Panamá. Quedé con el primer director, Fabián Echevers, en escribir un artículo semanal. De ahí salté a corrector de pruebas. Gentes de mucho peso iban todas las noches al periódico a ver en qué podían ayudar. Winston, dueño de una vasta y profunda cultura general (que abarcaba campos muy alejados de su especialidad), solía escribir, de un tirón, los "hoy por hoy". Él fue el que le dio su forma definitiva, elevándolo, de paso, a la altura de un nuevo género literario y periódico. Eran piezas acabadas, a las que no se podía agregar ni quitar, sin dañarlas, una coma. Además, resolvía problemas situados fuera del alcance de todos nosotros. Nadie más sabía tanto de cibernética y de mecánica como él. En esa época estuvimos muy cerca. Todas las noches, terminadas las tareas del día, nos íbamos al café. O salíamos los dos solos en su auto a dar interminables vueltas por la ciudad, mientras discutíamos los problemas del diario y de la nación. Llegamos a conocernos muy bien y a ‘coafinar’ nuestros puntos de vista, a veces situados en las antípodas.

Eran días trágicos para Panamá. Nos angustiaba la falta de previsión de quienes mandaban. Nos angustiaba especialmente la forma irresponsable como los entorchados endeudaban la nación e hipotecaban su porvenir. Bullían en torno de nosotros los gérmenes de futuras crisis. El aire apestaba a ozono.

Después de la renuncia del segundo director, González de la Lastra, Winston asumió la dirección. En calidad de tal, durante 20 años le tocó enfrentar -a menudo solo- uno de los períodos más atroces de historia nacional, jalonado por agresiones policíacas al diario, gravísimas crisis de salud personal, incomprensiones de nuestros aliados, calumnias sin precedentes por su grosería (escritos por seres inferiores, que hoy son grandes personajes de la patria nueva y de la no tan nueva). Hasta que el 7 de junio de 1987 restalló en La Prensa el primer rayo de la formidable tempestad que habría de socavar aquella montaña de inmundicia. Nuestro capitán, experto en abrirse paso por aguas borrascosas y arrecifes traicioneros, llevó -aunque muy maltrecha y hasta desarbolada- nuestra nao a puerto donde los piratas de las Fuerzas de Defensa, que supuestamente estaban cuidándola, la hicieron añicos.

Y volvimos a empezar de cero. Y gracias en primer lugar a Winston, al cabo de no mucho tiempo logramos levantar de nuevo ese grandioso monumento a la libertad que es La Prensa.

El autor es director emérito de La Prensa
Además en opinión

Conciencia de patria: Alvaro Lasso Lokee
El miedo al colapso: Roberto Arosemena Jaén
Winston Robles: Guillermo Sánchez Borbón
La explotación sexual de menores: Astrid Salazar
La democracia bajo fuego: Daniel Franco M.




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