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El miedo al colapso
Roberto Arosemena Jaén
Cuando se tiene algo valioso y se entiende la posibilidad de perderlo, aparece el miedo. El miedo es un consejero maldito que es utilizado por el administrador del poder y de las cosas valiosas. El miedo a quedarse sin patria es aprovechado por los patriotas palestinos, el miedo al terrorismo es aprovechado por Israel, Rusia y Estados Unidos, el miedo a quedarse sin jubilación es el pretexto para reformar la ley de Seguro Social
La visión de un mundo libre del miedo es un hecho consignado por las grandes concepciones del mundo. La fe es la convicción de que llegará el día en que nos liberaremos del miedo y la miseria. Es la convicción que acompaña a las visiones exitosas del mundo. Frente al caos de la naturaleza surge la promesa de un mundo que jamás será destruido por el diluvio y ahora, frente a la ola gigante asiática -el tsunami- surge la promesa de una red internacional de alerta inmediata. El mundo quiere la fe. Así sucedió, cuando el caos produjo la segunda guerra mundial, surgió la promesa de Naciones Unidas y la Declaración de los Derechos Humanos.
Es decir, la fe en el advenimiento de un mundo mejor es la fe en el poder humano que desterrará la miseria y el miedo. No interesa que sea fe en la divinidad, fe en la ciencia o fe en las buenas intenciones de los gobernantes. Si la fe hace desaparecer el miedo, se le quita la garra perversa a los administradores del poder. El poder se distribuye entre los creyentes, entre los científicos y entre los ciudadanos. Cuando esto sucede el gobernante o se hace servidor o desaparece.
No es casual que la virtud más buscada por las sociedades en estado de guerra haya sido la "fortaleza". Aristóteles la interpreta como el hábito de no tener miedo o mejor dicho, el hábito de tomar decisiones sin consideración de los miedos. Platón llegó a decir que la fortaleza es importante, pero por sí sola no basta para establecer una convivencia política. No se puede olvidar que la antigüedad hizo depender la estabilidad y la felicidad de los pueblos de la fortaleza, el temple, la prudencia y la justicia. El problema es que el humano no es un ser progresivo ni una saeta lanzada hacia lo siempre mejor. El humano es un ser cíclico que se mueve entre la regresión y el progreso y esto por su genoma biológico, que le sujeta a su realidad física y por su moral construida en base a decisiones, que lo proyecta a su realidad querida. El mundo nunca será totalmente libre del temor, pero tampoco podrá manejarse con base en el miedo. Los escenarios culturales que se viven y se padecen siempre son oportunidades para decisiones humanas inéditas e inexploradas.
El problema de la seguridad social panameña está siendo tratado bajo la amenaza del colapso. La sensación de vacío futuro, de un Seguro Social sin piso y sin techo, es el mensaje gubernamental sustentado sin matizaciones por el segundo Torrijos que funge actualmente como presidente constitucional de Panamá. Si el Seguro está a punto de colapsar, ¿por qué sus reservas son tan apetecidas? Reservas que por lo demás solo podrían utilizarse como garantías para cubrir pensiones y jubilaciones futuras.
Si el Seguro no tiene piso ni techo ¿por qué no se endeuda para reparar el techo y establece medidas de austeridad presupuestarias para ir pagando sus deudas y llegar a su punto de equilibrio? El Seguro tiene un flujo de dinero fresco y constante y un buen administrador sabrá cómo distribuir sus recursos escasos y cómo cobrar los servicios que le ofrece al Gobierno y a los empresarios deudores.
Las reservas del seguro, mientras que se tengan son un ahorro que debe ser invertido inteligentemente, no especulativamente. Lo que no se puede es pensar en la privatización de esas reservas y mantenerlas, como están, al servicio de las necesidades financieras y operativas del Gobierno Nacional. El seguro social es más importante que el Canal y el Canal tiene un mejor manejo financiero para alegría de los armadores de barcos y tristeza de los asegurados.
Lo que sucede con las reformas del Seguro es que tanto el Presidente de la República como los diputados están a la espera de inversiones millonarias en el territorio nacional y la agenda de la Seguridad Social es un trago amargo que hay que apurar para sanear las finanzas públicas y hacerse sujeto de crédito internacional. Ya es hora de que la Caja de Seguro Social se maneje como lo que es: un seguro médico, hospitalario, prestacional que cubre riesgos profesionales y eventualidades como la maternidad, la muerte, la invalidez y la vejez. Ese seguro multimillonario ni es respaldo crediticio para el gobierno, y menos para aventuras financieras de intermediarios especuladores.
El seguro es el negocio de seguridad social de los asegurados y ni el gobierno, ni un proyecto de los armadores de barco, ni las necesidades politiqueras de los partidos más votados en las últimas elecciones pueden afectarlo. Las reformas del Seguro serán creíbles cuando se realicen con total independencia de la situación financiera del gobierno y después de la fiebre de la ampliación del Canal de esclusas.
El autor es filósofo y abogado
Además en opinión
• Conciencia de patria: Alvaro Lasso Lokee • El miedo al colapso: Roberto Arosemena Jaén • Winston Robles: Guillermo Sánchez Borbón • La explotación sexual de menores: Astrid Salazar • La democracia bajo fuego: Daniel Franco M.
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